De la guerrilla al Ejército Rojo

Los soviets no sólo tuvieron que enfrentarse a las viejas clases explotadoras sino también a las potencias imperialistas. Si en un primer momento la resistencia más fuerte provino de dentro, a ella se sumó luego la fuerza de los ejércitos extranjeros.

Los extranjeros también tenían poderosas razones para enfrentarse a la revolución y no resulta precisamente cierta la excusa que adujeron de impedir la caída de los arsenales en manos de los alemanes. En una sociedad capitalista ese tipo de reazones hay que buscarlas en el lucro. Una de las primeras medidas del nuevo gobierno de los soviets fue la anulación de las deudas contraídas por la Rusia zarista con las potencias imperialistas, que superaban los 16.000 millones de rublos. Esto amenazaba con llevar a la ruina a muchos banqueros, rentistas y especuladores, justamente aquellos que manejaban las cancillerías de Londres, París, Berlín, Roma, Nueva York y otras plazas financieras. Era lógico que trataran de utilizar la fuerza de su Estado para salvaguardar sus bolsillos.

Además, en diciembre de 1917 los imperialistas franceses e ingleses habían acordado repartirse la Rusia meridional en zonas de influencia; la parte francesa comprendía Besarabia, Ucrania, Crimea y la cuenca del Donetz; la parte inglesa, el norte del Cáucaso, Transcaucasia y Asia Central.

Por su lado, las viejas fuerzas reaccionarias de Rusia se reorganizaron pronto para atacar al nuevo poder obrero y campesino; los capitalistas, terratenientes, generales zaristas, todos ellos comenzaron a conspirar contra los soviets en alianza con la reacción exterior. La contrarrevolución en Rusia tenía cuadros militares y reservas humanas, sobre todo entre las capas superiores de los cosacos y entre los kulaks. Pero no tenía ni armas ni dinero. Los imperialistas extranjeros por su parte tenían dinero y armas, pero no podían utilizar en la intervención fuerzas militares suficientes, no solamente porque estas fuerzas eran necesarias para la guerra contra Alemania y Austria, sino también porque podían resultar poco seguras en la lucha contra el poder soviético. Todas las fuerzas reaccionarias se agruparon bajo la bandera del anticomunismo. Era una aglomeración bastante heterogénea, pero tenía un objetivo común: demoler el poder de los soviets y restaurar el capitalismo en Rusia.

Esta fue la base de la intervención exterior contra el poder de los Soviets y el origen de la guerra civil. Desde el punto de vista militar, representaba una amenaza seria porque la correlación de fuerzas era muy desigual. Tomaron parte en la intervención los Estados capitalistas más importantes de Europa y también Estados Unidos y Japón, hasta un total de catorce países. El imperialismo armó y pertrechó de todo lo necesario a los ejércitos de Kolchak y Denikin, cuyos efectivos en algún momento alcanzaron a 400.000 y 110.000 mercenarios respectivamente. En mayo de 1918 las tropas invasoras sumaban por lo menos 700.000 hombres, mientras que el Ejército Rojo contaba entonces con poco más de 300.000 combatientes. En 1918, en Siberia y el Extremo Oriente, más de 150.000 hombres integraban las tropas intervencionistas; en el sur de Ucrania, en Crimea y Transcaucasia, los imperialistas de la Entente desembarcaron casi 130.000 soldados; en el norte, el ejército de guardias blancos de Miller contaba con el apoyo de más de 31.000 invasores.

El poder soviético sólo regía en 28 provincias de la parte europea de Rusia, pobladas por 64.500.000 habitantes; las otras 30 provincias del país estaban bajo el poder de los intervencionistas y guardias blancos. Los territorios ocupados por los intervencionistas se convertían en bases logísticas de los guardias blancos.

En la primavera de 1918, la ofensiva de las tropas de Alemania fue seguida por la intervención de los imperialistas de la Entente. Esta intervención comenzó a principios de marzo con un desembarco de tropas anglo-francesas en el norte para ocupar el territorio de Murmansk e imponer un gobierno de guardias blancos, la dictadura del general Miller. A mediados del mismo mes, la Conferencia londinense de primeros ministros y ministros de asuntos exteriores de Inglaterra, Francia e Italia adoptó una resolución sobre la intervención de los aliados en Rusia oriental, con la participación de Japón.

El 30 de diciembre de 1917 (12 de enero de 1918), buques de guerra japoneses habían penetrado por sorpresa en el puerto de Vladivostok. El 5 de abril desembarcaron y, en colaboración con los rusos blancos, ocuparon Vladivostok restaurando el poder de la burguesía.

Al tiempo, el 25 de mayo estalló la sublevación contrarrevolucionaria del cuerpo de ejército checoslovaco que se había formado en la zona del medio Volga durante la guerra imperialista con los prisioneros de aquella nacionalidad que manifestaron su deseo de combatir contra Alemania. De un total de unos 200.000 presos, en el verano de 1918 habían reclutado a más de 60.000 hombres. Después de la instauración del poder soviético las potencias de la Entente tomaron a su cargo la financiación de esta tropa declarándola parte del ejército francés y plantearon su evacuación a aquel país. El 26 de marzo de 1918 el gobierno soviético aceptó la evacuación a condición de que regresaran los soldados rusos que se encontraban en Francia, de que entregaran las armas y de que viajaran en pequeños grupos. El cuerpo checoslovaco fue autorizado a salir de Rusia por Vladivostok pero el mando no entregó las armas y provocó un motín, que Estados Unidos, Inglaterra y Francia apoyaron incondicionalmente. Los checos blancos, actuando en estrecho contacto con las tropas zaristas y los kulaks, ocuparon Samara y una parte considerable de los Urales, la región del Volga y Siberia. En todas partes restauraron el poder de la burguesía y, con participación de los mencheviques y eseristas, formaron gobiernos de guardias blancos.

Los ingleses invadieron Transcaucasia y Turkestán, en colaboración con la burguesía autóctona y el viejo ejército zarista. Los generales Denikin y Kornilov, apoyados por oficiales cosacos se adueñaron del norte del Cáucaso con el apoyo de los imperialistas anglo-franceses. Kolchak reunió 400.000 mercenarios, ocupando vastas regiones de Siberia y los Urales. Desde el sur avanzó Denikin, que llegó muy cerca de Moscú, mientras por el norte atacaba Yúdenich.

La situación se fue agravando notablemente porque los imperialistas alemanes no podían permanecer con los brazos cruzados con su acuerdo de paz de Brest-Litovsk, mientras sus rivales imperialistas se estaban apoderando de la mitad del territorio ruso. A pesar de haber firmado el acuerdo de paz, decidieron apoyar a los generales Krasnov y Mamontov, que se adueñaron de Crimea y de la región del Don. Los alemanes apuntaban en su ofensiva en dirección al Cáucaso y, junto a los turcos, ocuparon Tiflis y Bakú.

A finales de 1918 los soviets estaban completamente cercados. Las ciudades sufrían hambre y la producción se encontraba paralizada por falta de materias primas. La situación era desesperada. La prensa imperialista hablaba de que los soviets estaban a punto de derrumbarse ante el poderío exultante de sus adversarios y la pobreza de sus recursos.

Para rechazar la invasión el Estado soviético se vio obligado a movilizar, además de los recursos materiales existentes, toda la energía revolucionaria de las masas. El país se convirtió en un campamento militar que reorganizaba su vida según las exigencias de la guerra. Pero la industria, la agricultura y el transporte estaban agotados por cuatro años de guerra imperialista. A pesar de la desorganización del aparato productivo, el poder soviético tuvo que reforzar la industria de guerra. La guerra civil exigía armas que solamente la industria podía producir. A su vez, la industria necesitaba materias primas y las ciudades necesitaban trigo. Pero la contrarrevolución controlaba las zonas más ricas en recursos, los principales centros abastecedores de trigo, carbón y petróleo. En la periferia -decía Stalin- estaban los suministros y los lugares más importantes desde el punto de vista estratégico militar.

Se creó un Consejo de Defensa Obrera, dirigido personalmente por Lenin, para resolver el problema de los abastecimientos (militares y civiles), que era dramático.

Otra de las tareas fue la creación de un ejército de nuevo tipo, revolucionario: el Ejército Rojo. El Partido bolchevique tuvo que crear el nuevo ejército y dirigir sus combates en condiciones extremadamente duras: bajo el embate enemigo, en plazos muy breves, asistiendo a la descomposición del viejo ejército y no teniendo experiencia en la organización militar. Los combatientes soviéticos, en una situación increíblemente penosa, con con un elevado espíritu revolucionario, lucharon abnegadamente contra las tropas de los intervencionistas y los guardias blancos bien armados, pertrechados y adiestrados. En los dos primeros meses después de la Revolución de Octubre, 100.000 hombres (esencialmente obreros revolucionarios) se habían incorporado voluntariamente al nuevo Ejército. Las primeras operaciones militares en defensa del nuevo poder revolucionario se habían realizado inmediatamente después de la insurrección. Se trataba de acciones aisladas, realizadas por destacamentos que, integrados por obreros y soldados voluntarios, se desplazaban desde los centros urbanos hacia las provincias a fin de extender el poder de los soviets y hacer frente a los primeros intentos contrarrevolucionarios que en esa fase aún tenían un carácter aislado y no coordinado. Estas unidades utilizaron ampliamente la guerra de guerrillas y se basaban para su acción en las masas.

En mayo de 1918 se estableció el servicio militar obligatorio. De esta forma se logró con bastante rapidez que el Ejército Rojo alcanzara el millón de combatientes. Pero a partir de la intervención imperialista eso era insuficiente. Las milicias de voluntarios se encontraron frente a ejércitos centralizados, pertrechados con armamento moderno y dirigidos por militares profesionales. La acción de los destacamentos aislados de voluntarios ya no servían. Había que superar la etapa de la guerrilla porque era imposible enfrentarse a los ejércitos imperialistas con las milicias de obreros revolucionarios que existían entonces. Se necesitaba un ejército regular revolucionario, fundir en un único ejército a los viejos destacamentos guerrilleros.

Al frente del Ejército Rojo se designó a Trotski, quien había reconoció su error al oponerse a la postura de Lenin sobre la paz de Brest-Litovsk y ofreció al Partido bolchevique su colaboración sin reservas. El Partido bolchevique aceptó la autocrítica y le nombró esta vez comisario de Guerra.

La reconversión de los destacamentos guerrilleros en un poderoso ejército revolucionario tropezó con no pocas dificultades, por dos motivos:

— la mentalidad de muchos de los cuadros de los destacamentos se había amoldado a un método de combate de tipo independiente y no les resultó fácil acostumbrarse a la rigidez y la centralización que son imprescindibles en todo ejército

— el nuevo ejército requería, además de cuadros políticos y la dirección del Partido bolchevique, la intervención de profesionales de las armas, de especialistas militares que sólo podían llegar del viejo ejército zarista; estos oficiales zaristas reconvertidos fueron recibidos con gran descofianza entre los obreros y campesinos.

Esas dificultades abrieron dentro del Partido bolchevique tres líneas distintas:

— una línea, que se denominó oposición militar, vinculada a los comunistas de izquierda, negaba la necesidad de crear un ejército centralizado, sosteniendo que para la lucha contra los blancos bastaba con los destacamentos guerrilleros. La oposición militar estaba radicalmente en contra de la utilización de los especialistas militares.

— la posición de Trotski, que era partidario del ejército centralizado pero estructurado en torno a los antiguos profesionales del ejército zarista, lo que significaba una reedición del antiguo ejército blanco

— la posición del conjunto del Partido bolchevique, y de Stalin en particular, preconizando la creación de un ejército profesional de nuevo tipo, bajo la dirección del Partido bolchevique, lo que significaba promover a los guerrilleros a los puestos dirigentes y reforzar el papel de los comisarios políticos.

La oposición militar, además de los comunistas de izquierda, comprendía también a militantes que, sin haber jamás participado en ninguna oposición, estaban sin embargo descontentos con la dirección de Trotski en el Ejército Rojo. Cuando Trotski alude a los viejos guerrilleros del Partido, a los combatientes de los primeros destacamentos, lo hace siempre con desprecio y utilizando expresiones vejatorias. En varias ocasiones el Comité Central tuvo que intervenir directamente para impedir que fusilara a los delegados bolcheviques que le transmitían las órdenes de la dirección. En el VIII Congreso se planteó abiertamente la cuestión del fusilamiento por parte de Trotski de muchos comunistas, acusados de infracciones secundarias o que se oponían a su línea. En el Congreso se criticó a Trotski por su actuación al margen de las directrices de las células del Partido en el Ejército. La política militar de Trotski favorecía las tendencias que pretendía combatir. Su servilismo hacia los militares profesionales y su hostilidad hacia los cuadros militares comunistas, reforzó dentro del Partido la animosidad hacia la idea de un ejército regular: menoscabó el prestigio del Estado Mayor y atizó entre algunos cuadros la mentalidad guerrillera, el desprecio por el ejército regular y la indisciplina. La mayoría de los delegados militares que participaron en el VIII Congreso del Partido estaba muy indignada contra Trotski, contra sus reverencias ante los especialistas castrenses del viejo ejército zarista, una parte de los cuales había traicionado la revolución, así como contra su actitud hostil hacia los viejos militantes bolcheviques en el ejército.

Uno de esos colaboradores de los que se rodeó Trotski era Blumkin, un antiguo socialista revolucionario que asesinó al conde Mirbach, el embajador alemán en Moscú en plena negociación de la paz de Brest-Litovsk para sabotearla. También estuvo Tujachevski entre los oficiales zaristas promovidos por Trotski durante la guerra contra Polonia.

Sin embargo, aún luchando contra la deformación de la política militar del Partido efectuada por Trotski, la oposición militar defendía sin embargo posiciones erróneas sobre varias cuestiones relativas a la formación del Ejército.

Las divergencias entre Trotski y Stalin no versaban sobre la necesidad de un ejército regular y de un mando militar centralizado sino sobre la forma de concebirlo. Para Trotski la centralización debía articularse en torno a los especialistas militares del antiguo ejército zarista. Stalin nunca estuvo en contra de la utilización de oficiales zaristas por el Ejército Rojo, pero concibió el reforzamiento de la disciplina del Ejército Rojo, no como una promoción de los especialistas en los organismos de mando, sino como un reforzamiento de la dirección del Partido en el Ejército Rojo. Había, evidentemente, que integrar a todos los antiguos oficiales zaristas dispuestos a colaborar con la revolución, pero, sobre todo, había que crear cuadros militares comunistas, reforzar los poderes de los comisarios políticos, no dejarse deslumbrar por los oficiales zaristas y promover a puestos de dirección militar a obreros y campesinos que demostraran tener las capacidades y conocimientos adecuados, y destituir a los profesionales zaristas incapaces.

Trotski afirma que Stalin fue el promotor de la oposición militar. En sus escritos hay incesantes referencias a los guerrilleros de Stalin, a los zaritsinistas, forma despectiva en la que Trotski define a la dirección militar que Stalin formó en Zaritsin, en particular a Vorochilov, a que Stalin no luchaba con suficiente firmeza contra la autonomía local, las guerrillas locales y la insubordinación. Esto es falso. En todos los escritos, discursos y actuaciones de Stalin de esa época encontramos una defensa y una aplicación práctica de la necesidad de un ejército regular, de una férrea disciplina, de una dirección centralizada y de la superación del localismo y de los métodos guerrilleros. En sus obras no se encuentra una exposición sistemática de sus puntos de vista militares en la etapa de la guerra civil. Sus ideas tienen un carácter eminentemente práctico y están dispersas en una serie de informes, cartas, telegramas y discursos en los que defiende la creación de un ejército disciplinado, centralizado y rojo, es decir, integrado por elementos proletarios y campesinos, y dirigido por el Partido Comunista. Luchó al mismo tiempo en contra de preservar los destacamentos guerrilleros propugnada por la oposición militar. Por lo demás, las ideas de Stalin al respecto no eran originales y coincidían plenamente con las del Partido bolchevique. En realidad no hacía más que cumplir sobre el terreno las órdenes recibidas, si bien éstas no provenían del ministro de la Guerra (Trotski) sino directamente de Lenin. Por eso se creó una fuerte resentimiento de Trotski hacia Stalin.

En el VIII Congreso del Partido fue precisamente Stalin quien pronunció el discurso sobre la cuestión militar. Por tanto, era Stalin quien expresaba el punto de vista del Partido sobre esta cuestión, y no el ministro de la Guerra. No puede resultar más significativo que, en un momento de guerra civil, fuera precisamente Stalin quien asumiera esa función dentro del Partido bolchevique en una materia que no estaba bajo su responsabilidad. El mito de Trotski como organizador el Ejército Rojo que ha propagado el imperialismo, carece, pues, de fundamento histórico.

En este Congreso los planteamientos de la oposición fueron defendidos por Smirnov, mientras en su intervención Stalin dijo: Hace medio año, después de desmoronarse el viejo ejército zarista, teníamos un ejército nuevo, voluntario, mal organizado, con una dirección colectiva, un ejército que no siempre acataba las órdenes [...] La composición del ejército era principalmente obrera, si no exclusivamente obrera. Debido a la falta de disciplina en este ejército voluntario, debido a que las órdenes no siempre se cumplían, debido a la desorganización en el mando del ejército, sufrimos derrotas [...] Los hechos demuestran que el ejército voluntario no resiste la crítica, que no podemos defender la república si no creamos otro ejército: un ejército regular, penetrado del espíritu de disciplina, con una sección política bien organizada [...] O creamos un verdadero ejército regular, obrero y campesino, con una severa disciplina, y defendemos la República, o no hacemos ésto, y entonces nuestra causa estará perdida [...] El proyecto presentado por Smirnov es inaceptable, ya que sólo contribuiría a minar la disciplina en el ejército y excluye la posibilidad de formar un ejército regular.

Es claro, por tanto, que Stalin no sólo no formó parte, en ningún momento, de la oposición militar sino que combatió abiertamente sus posiciones. Trotski lamenta el trato brutal empleado por Stalin contra los oficiales zaristas, y es cierto que Stalin prefirió a los viejos combatientes obreros y campesinos frente a esos militares profesionales, aún entendiendo que debían esforzarse para amoldarse a las nuevas exigencias del ejército regular.

El año 1918 fue para el Ejército Rojo un año de combates encarnizados. El Partido bolchevique, al tiempo que construía el Ejército Rojo, dirigía el combate en los diversos frentes. Tomó medidas encaminadas a robustecer los cuadros de mando y políticos del Ejército Rojo y creó el cuerpo de comisarios políticos para elevar la moral de los combatientes, educarlos políticamente y establecer la dirección del Partido.

Krasnov y Denikin intentaron agrupar los ejércitos de guardias blancos del este y del norte del Cáucaso en una campaña contra Moscú. De esta forma podrían lanzar una ofensiva contra Moscú, aislar a la capital de los suministros de trigo y de petróleo, y unificar el frente este, controlado por las unidades checoslovacas, con el meridional, controlado por Krasnov. Pero tenían que tomar Zaritsin (que en 1925 pasará a llamarse Stalingrado), una ciudad con una gran importancia estratégica porque conectaba a la Rusia soviética con el bajo Volga y con el Cáucaso del norte. No lo lograron. La heroica defensa de Zaritsin por las unidades del Ejército Rojo, los destacamentos proletarios de la ciudad y los mineros del Donbas, con sus acciones abnegadas, paralizaron el grueso del ejército de Denikin y evitaron el golpe que quería asestar a Moscú.

El 6 de junio de 1918 Stalin llegó a Zaritsin enviado por el Consejo de Defensa Obrera. Hacía su primera aparición en un frente de guerra para resolver un problema de abastecimientos, pero su misión adquirió pronto un carácter militar. En los tres años de guerra, se trasladará incesantemente de un frente a otro en las situaciones de mayor peligro, resolverá las cuestiones militares más acuciantes y asumirá importantes tareas de dirección militar. Kaganovitch escribirá más tarde: Allí donde el Ejército Rojo flaqueaba, cuando las fuerzas contrarrevolucionarias acrecentaban sus éxitos, cuando la agitación y el pánico podían convertirse a cada instante en catástrofe, allí se presentaba Stalin. Se pasaba las noches sin dormir, organizaba, empuñaba el mando, rompía resistencias, insistía y pasaba la curva, resolvía la situación.

Al día siguiente de su llegada, Stalin escribe a Lenin informándole de que la ciudad está sumida en un caos increíble; merodeaban los contrarrevolucionarios envalentonados por el avance enemigo; la administración soviética y el Partido estaban en plena disgregación; muchos mandos militares, compuestos por ex-oficiales del ejército zarista, resultaron ser unos traidores, dispuestos a pasarse con armas y bagajes al enemigo. Tampoco la tropa era muy segura. Se había producido un viraje en el mujik -que en octubre luchó por el poder soviético- contra el poder soviético (odia con toda su alma el monopolio cerealista, los precios fijos, las requisas, la lucha contra la especulación). Algunas unidades eran de composición cosaca y muchos elementos se habían unido a ellas para recibir armas, informarse del dispositivo de nuestras unidades y después desertar al campo de Krasnov, llevándose a regimientos enteros.

En su informe Stalin añade: Expulso y amonesto a cuantos es preciso [...] Puedes estar seguro de que seremos implacables con todos, con nosotros mismos y con los demás, y que enviaremos cereales a toda costa. Si nuestros ‘especialistas’ militares (¡chapuceros!) no se hubieran dormido, ni hecho el vago, no habría quedado cortada la línea, y si se restablece, no será gracias a los militares, sino a pesar de ellos.

Tres días después Stalin vuelve a escribir a Lenin: Métele en la cabeza [a Trotski] que, sin el conocimiento de la gente local, no se deben hacer nombramientos, que de otro modo se desprestigia al Poder soviético. Y más adelante: En el sur hay muchos cereales, pero, para conseguirlos se necesita un aparato bien organizado, que no tropiece con obstáculos por parte de los convoyes, de los jefes de los ejércitos, etc. Aún más: es preciso que los militares ayuden a los agentes de abastos. La cuestión de los abastos, lógicamente se entrelaza con la militar. En interés del trabajo, necesito atribuciones militares. He escrito ya a este respecto, sin recibir contestación. Muy bien. En tal caso, yo mismo destituiré, sin más formalidades, a los jefes de ejército y comisarios que lo echan todo a perder. Así me lo dictan los intereses de la causa y, naturalmente, la falta de un pedazo de papel firmado por Trotski no me detendrá.

Se trataba de una explícita petición de poderes en el plano militar, poderes que Stalin obtuvo a través de un telegrama del Consejo de Guerra Revolucionario de la República firmado por Lenin, en el cual se le encargaba restablecer el orden, transformar los destacamentos guerrilleros en un ejército regular, nombrar una dirección justa y expulsar a los insubordinados. Aquí radica el choque con Trotski. Éste era el ministro de Guerra y, en las cuestiones militares, Stalin hubiera debido subordinársele. No solamente no era así sino que Stalin recibió plenos poderes, situándose fuera del mando del ministro de la Guerra. El telegrama de Lenin saltaba por encima de sus competencias, lo que en absoluto debió agradar a Trotski, máxime cuando las competencias de Stalin eran la propias de su cargo de ministro de la Nacionalidades, bien alejadas de la guerra.

Cuando este telegrama llegó, la situación era aún más grave porque los restos del Ejército Rojo de Ucrania habían llegado a Zaritsin, retrocediendo ante el avance alemán. Stalin creó un Consejo Militar Revolucionario y comenzó a limpiar el Estado Mayor, las unidades militares y la retaguardia de elementos contrarrevolucionarios, vacilantes o inseguros. Reforzó el mando y las unidades con comunistas probados y las agrupó bajo una única dirección militar.

Pocos días después de haber recibido plenos poderes en Zaritsin, en una carta a Lenin de 4 de agosto Stalin mencionaba, como uno de los aspectos positivos de la nueva situación que se había creado con la creación del Consejo Militar Revolucionario, la supresión total del caos originado por los destacamentos. Este hecho había permitido establecer en las unidades militares una férrea disciplina.

Además, Stalin menciona también, como otro factor positivo, la destitución de los especialistas, tras lo cual pudo anunciar en su carta a Lenin, que esta medida había permitido ganar la predisposición de las unidades militares.

Esos especialistas eran el verdadero escollo del debate sobre la cuestión militar. Según Trotski, la brutal agresividad frente a los especialistas militares no era, naturalmente, lo más propicio para ganar la voluntad de estos últimos y hacerlos leales servidores del nuevo régimen. Pero ¿qué clase de especialistas había en Zaritsin? El mismo Trotski reconoce: La clase de especialistas de Zaritsin se había reclutado entre la hez de la oficialidad: alcohólicos desprovistos de todo vestigio de dignidad humana, hombres sin estimación propia, dispuestos a arrastrarse ante el nuevo amo, a adularle y abstenerse de toda contradicción. El jefe de Estado Mayor era un hombre entregado sin remedio al alcohol. Estos son los hombres que Stalin destituyó porque no podía utilizar a ninguno de ellos para aplastar a la contrarrevolución; sustituyó a esos oficiales por cuadros comunistas, por militantes que aunque no tuvieran gran experiencia militar, aunque aún tuvieran mentalidad guerrillera, su entrega, moralidad y fidelidad estaba por encima de toda duda.

En Zaritsin Stalin empleó mano dura contra la burguesía y los traidores: La vida de toda la ciudad fue sometida a la presión de una dictadura inflexible, dice Trotski, pero añadiendo también que no pasaba día sin que descubriera toda suerte de conspiraciones en los sitios que parecían de más seguridad y respeto. Así, el 3 de febrero de 1919 la organización contrarrevolucionaria local se había fortalecido mucho y con dinero llegado de Moscú se preparaba una intervención activa para ayudar a los cosacos del Don a entrar en Zaritsin. La conspiración fue abortada por Stalin, el cual mandó detener al jefe de la conspiración, un ingeniero, y le mandó fusilar junto a otros cómplices. Pero Trotski presenta los hechos en un tono que da a entender que se trataba de la rudeza de Stalin, de su manía de tratar brutalmente a los oficiales zaristas y que esa dictadura no estaba justificada.

No obstante, la actuación de Stalin en Zaritsin fue coronada por el éxito y la amenaza contrarrevolucionaria sobre la ciudad se vio momentáneamente alejada. Trotski lo interpreta de la manera opuesta afirmando que fue un completo fracaso, que eso se sabía entonces dentro del Partido, que había una opinión unánime al respecto y que la expresión zaritsinista por aquel entonces se pronunciaba con desprecio en los medios del Ejército Rojo. Pero a las pocas semanas de producirse el estrepitoso fracaso de Stalin, ante la noticia de un grave desastre militar en Perm, en el frente oriental, Lenin telegrafió a Trotski: Hay varios informes del Partido de los alrededores de Perm sobre el estado catastrófico del Ejército y sobre embriaguez. Te lo transmito. Piden que vayas allí. Pensé en enviar a Stalin. Temo que Smilga sea demasiado blando con Lashevich, que al parecer bebe con exceso y no es capaz de restablecer el orden. Trotski contestaba al día siguiente: De acuerdo con enviar a Stalin con poderes del Partido y del Consejo Revolucionario de Guerra para restablecer el orden, depurar la plantilla de comisarios y castigar severamente a los culpables.

No parece que la opinión del Partido fuera tan contraria a la actuación de Stalin en Zaritsin si a las pocas semanas se le enviaba con plenos poderes para resolver una situación en apariencia semejante.

Cuando Stalin y Dzerzhinski llegan a Viatka (Perm ya se había perdido) la situación que encontraron era gravísima. El Ejército Rojo había huido desordenadamente, abandonando armas, equipos e instalaciones en manos del enemigo. Con este motivo Stalin envía un largo informe a Lenin analizando las causas de la caída de Perm (1) que ilustra claramente acerca sus puntos de vista sobre los asuntos militares. Trotski dice que casi todos los extremos de este informe constituían un golpe contra él, lo cual es cierto. Pero lo dice para dar a entender que se trataba de la consabida conspiración de la oposición militar, de la oposición de Stalin a un ejército regular, de la anarquía, etc. Es completamente falso.

Las principales causas de la caída de Perm, según Stalin, fueron:

— el mal trabajo político del Partido en la región. En el frente del este -expone Stalin- la retaguardia mantenía una actitud hostil hacia la revolución debido a un mal trabajo político del Partido, especialmente entre los campesinos: Las organizaciones del Partido son débiles, de poca confianza y desligados del centro. Se ha consentido que el impuesto extraordinario, creado por las necesidades de la guerra, se repartiera por cabeza y no por censo, lo cual ha permitido a los kulaks realizar una eficaz agitación entre los campesinos pobres en contra del poder soviético. La reacción del Partido ha sido recurrir a la Cheka, sin complementar las medidas represivas con un trabajo paralelo positivo, de agitación y de organización; de ese modo los organismos del Partido y de los Soviets, cayeron en una situación de completo aislamiento. Todo ello por basarse en los viejos funcionarios, sin renovar con nuevos cuadros el aparato del Estado.

— la traición de los especialistas, que se pasaban al enemigo. Trotski dice que los casos de deserción eran aislados pero en su informe Stalin cita un buen número de ellos.

— la falta de disciplina y de centralización de las fuerzas: Sólo así se puede asegurar el enlace del Estado Mayor con el Ejército, acabar con la autonomía, que de hecho existe, de las divisiones y brigadas y establecer una verdadera centralización en el ejército. Stalin continúa observando que es necesario establecer en los frentes [...] un régimen de estricta centralización de las operaciones de los distintos ejércitos en el cumplimiento de una directiva concreta y seriamente meditada.

— el sistema de reclutamiento: Hasta fines de mayo, la formación de unidades del Ejército Rojo [...] se efectuaba según el principio de la voluntariedad, sobre la base de incorporar al Ejército a los obreros y a los campesinos que no exploten trabajo ajeno [...] Es posible que a ésta, entre otras razones, se deba la firmeza de las unidades del periodo voluntario. A partir de finales de mayo, al ser disuelta la Junta y al encomendar la formación de unidades al Estado Mayor Central de toda Rusia, la situación ha ido empeorando. El Estado Mayor Central ha calcado íntegramente el sistema de formación del período zarista, incorporando al servicio en las filas del Ejercito Rojo a todos los movilizados sin distinción de bienes de fortuna. Stalin observa que ésta es la razón principal de que, como fruto del trabajo de nuestros organismos de formación de unidades, resultara, más que un Ejército Rojo un ‘ejército nacional’. Insiste, por tanto, en la necesidad de un ejército centralizado, regular, basado en el servicio militar obligatorio, pero que sea un verdadero Ejército Rojo, formado por obreros y campesinos según criterios de clase. La crítica a Trotski no es por organizar un ejército regular sino por imitar al ejército zarista. La despreocupación por el factor clasista y por la cuestión de la dirección del Partido, hacía que Trotski no dedicara la necesaria atención a la formación de los comisarios políticos. Estos, por lo general, eran unos mozalbetes incapaces en absoluto de organizar el trabajo político de modo más o menos satisfactorio. Stalin observaba que en este ejército nacional la palabra comisario se había convertido en un insulto.

Después del VIII Congreso del Partido, a partir de la primavera de 1919, comenzó la segunda parte de la guerra civil. La derrota de Alemania en la guerra mundial y la subsiguiente revolución, modificó profundamente la situación de los soviets:

— el poder soviético pudo denunciar inmediatamente la paz de Brest-Litovsk y recuperar algunos territorios

— la revolución perdió uno de sus enemigos más fuertes

— el fin del conflicto interimperialista significó que las potencias de la Entente podían concentrar sus fuerzas contra la revolución.

Las primeras victorias del Ejército Rojo tuvieron una gran importancia política y militar. Desconcertaron a los contrarrevolucionarios e intervencionistas, sembrando el pánico entre ellos. Creció por el contrario la confianza de los obreros, campesinos, soldados y marineros, en la firmeza del poder soviético y en su capacidad para vencer a enemigos tan poderosos. Esto ayudó a que pasaran al lado de la revolución sectores populares cada vez más amplios, sobre todo el campesinado, y permitió engrosar las filas del ejército con numerosos defensores del poder soviético. En octubre de 1918 Lenin dijo: Se necesitaron cerca de seis meses para que se produjera un viraje. Este viraje ha llegado; él modifica la fuerza de la revolución... ha ingresado al ejército gente nueva, millares de hombres que ofrendan su vida.

Los cosacos blancos contrarrevolucionarios de los Urales y Astrakán no pudieron unirse a Denikin. A finales de 1918, casi todos los ocupantes alemanes fueron expulsados de Ucrania, Bielorrusia y de las regiones del Báltico.

Las victorias del Ejército Rojo y el continuo aumento de su combatividad no podían dejar de influir en la política de los imperialistas, que comenzaron a prepararse para una intervención aún más vasta y para prestar mayor apoyo a los guardias blancos.

La Entente comenzó su nueva campaña en noviembre de 1918, introduciendo en el Mar Negro los buques de guerra franceses e ingleses y desembarcando tropas en los puertos de Novorosisk, Odesa y Sebastopol. Las tropas griegas, rumanas y otras, a la par que las francesas e inglesas, reemplazaron a los ocupantes alemanes expulsados. A los guardias blancos rusos se les suministraron gran cantidad de piezas de artillería, infantería, armas, municiones y equipos.

La segunda parte de la guerra civil desatada en la primavera de 1919 se compuso de tres grandes ofensivas de la Entente simultáneamente en tres frentes distintos que en total alcanzaban los 8.000 kilómetros de longitud:

— Yúdenich en el norte, en la región del Báltico, amenazando Petrogrado
— Kolchak en Siberia, donde se proclamó Jefe Supremo de toda Rusia
— Denikin en el sur, considerado como el frente principal, que tenía como objetivo a Moscú.

Aprovechando su flota del mar Negro, los imperialistas podían hacer llegar en plazos relativamente breves refuerzos al ejército de Denikin. Para impedirlo, el Comité Central del Partido tomó la decisión de aplastar, en primer término, al ejército de Denikin y las tropas intervencionistas en el sur del país, antes de que fueran reforzados por la Entente, y luego emprender el ataque en los demás frentes.

La determinación acertada del frente decisivo de lucha y la concentración en él de los esfuerzos principales, cambiaron la situación. Durante enero y febrero de 1919 el Ejército Rojo aplastó a las tropas de Denikin y liberó de enemigos el territorio ucraniano al este del Dnieper.

El frente principal se trasladó entonces hacia el este, hacia Siberia, donde Kolchak atacó y su ofensiva fue acompañada en mayo de 1919 por otra de Yúdenich desde el norte. Esta ofensiva sobre Petrogrado estuvo acompañada de la traición de las guarniciones que rodeaban a la antigua capital. Muy pronto ésta se vio amenazada y Lenin envió a Stalin para restablecer la situación. Stalin actuó con la acostumbrada energía y tras la toma del fuerte de Krasnaia Gorka, que había caído en manos de los desertores, el peligro se vio alejado. A los pocos días de su estancia en Petrogrado, Stalin comunicaba que el Ejército Rojo había pasado a la ofensiva.

De Petrogrado Stalin fue enviado al frente del este. En realidad el ataque sobre Petrogrado no era más que una estratagema para favorecer la ofensiva de Kolchak en el frente oriental. Stalin escribió a Lenin: Kolchak es el enemigo más serio, pues tiene bastante espacio para retroceder, bastante material humano para el ejército y una retaguardia rica en cereales. Sólo Estados Unidos suministró a este ejército, en el primer semestre de 1919, más de 250.000 fusiles, centenares de piezas de artillería, miles de ametralladoras y gran cantidad de municiones y equipos.

El frente oriental fue completado por nuevas unidades de refresco del Ejército Rojo, equipos y municiones. Se llevaron a cabo movilizaciones de miembros del Partido, jóvenes comunistas y sindicalistas. El Partido envió en calidad de comisarios, mandos y soldados a más de 15.000 comunistas, el Komsomol destinó al frente más de 3.000 militantes y los sindicatos movilizaron a más de 60.000 obreros. En las tropas, agotadas por los ininterrumpidos combates, los comunistas infundieron entusiasmo revolucionario, la organización propia de los bolcheviques y el espíritu de disciplina proletaria.

En abril de 1919 Kolchak sufrió una grave derrota, comenzaba a retirarse y las tropas del Ejército Rojo avanzaban sobre Ufá para aplastarle. Entonces se abrió dentro del Partido otra discusión sobre la línea estratégica a seguir a partir de entonces, proponiéndose dos opciones: la de Trotski y la de los demás. La dirección del Partido bolchevique era partidaria de continuar la ofensiva contra Kolchak para liquidarle definitivamente. Si se dejaba a Kolchak el dominio de los Urales, era tanto como cederle toda el Asia soviética. Con la ayuda de ingleses y japoneses podría reponerse fácilmente, reagrupar sus efectivos, equiparse y volver a la ofensiva. De esa misma opinión era Stalin, que declaró entonces al respecto: Los Urales, con sus fábricas, con su red de ferrocarriles, no debe quedar en manos de Kolchak que podría fácilmente reagrupar en torno suyo a los grandes terratenientes y avanzar sobre el Volga. Existía además la posibilidad de liquidar definitivamente la contrarrevolución en el oriente. Ésta era también la opinión del jefe del frente oriental Sergio S. Kamenev (que no se debe confundir con León Kamenev, el homónimo dirigente del Partido bolchevique).

Por su parte, Trotski defendía la postura del comandante en jefe del Ejército, Vicetis, uno de sus especialistas, según el cual había que detener la ofensiva en los Urales. Siguiendo su criterio, Trotski estimaba que Kolchak ya no constituía una amenaza para los soviets en los Urales, y proponía al Comité Central detener la ofensiva en el río Bielaia y enviar sus fuerzas contra Deninkin en el sur.

Según el criterio de la dirección bolchevique, y de Stalin en particular, Sergio Kamenev debía sustituir a Vicetis al frente del Ejército. Trotski presenta esta cuestión como una simple apreciación diferente de las cualidades militares de uno y otro militar, y apunta que Stalin sacaba provecho de esa cuestión técnica. Según Trotski ambos militares eran sin duda estrategas de primer urden, con amplia experiencia de la guerra mundial, y decididamente optimistas, cosa indispensable para ejercer el mando. Vicetis era el más obstinado y quisquilloso, e indudablemente el más propio a ceder a la influencia de elementos hostiles a la revolución. Kamenev era más tratable, y se allanaba con más facilidad a la influencia de los comunistas que trabajaban con él.

En realidad se trataba de una forma opuesta de valorar a los cuadros del Ejército. El coronel Vicetis era uno de aquellos viejos oficiales zaristas de los que se rodeó Trotski, sumamente inseguro. En julio del mismo año fue apartado del Ejército Rojo y detenido por sospechas de traición y conspiración contra el alto mando. Sin embargo, en su autobiografía, Trotski siguió defendiendo a su antiguo subordinado, a pesar de que reconoce que actuaba sin tener en cuenta las instrucciones del Comité Central ni del gobierno: Fue acusado -dice Trotski- de proyectos y de relaciones dudosas y tuvo que apartarse, pero en realidad no había nada de serio en esas acusaciones. Puede que antes de ir a acostarse leyera la biografía de Napoleón y que confiara sus sueños ambiciosos a dos o tres jóvenes oficiales. No es por casualidad que el Partido se inclinara por S.S. Kamenev: era uno de los poquísimos altos oficiales del antiguo ejército zarista que se identificaba con la Revolución de Octubre.

Cuando Vicetis, apoyado por Trotski decidió detener la ofensiva hacia el este, en los Urales, el Comité Central no vaciló: en la sesión del 3 de julio fue destituido y S.S. Kamenev fue nombrado comandante en jefe. El Comité Central ordenó expulsar a Kolchak hacia Siberia. Trotski, que defendió hasta el último momento el plan de su protegido, dimitió del Consejo Revolucionario de Guerra. Vicetis también dimitió. Aunque la de Trotski fue rechazada, se le obligó a abandonar el frente oriental, en la que ya no volvió a tener ninguna responsabilidad.

La ofensiva en el este significó la victoria total contra la primera campaña de la Entente. Kolchak fue perseguido hasta Siberia. Su ejército fue completamente destruido y el mismo Kolchak fue detenido y fusilado.

Pero el fracaso de Kolchak no paralizó a los enemigos del poder soviético. Los imperialistas jugaron otra vez a una carta perdida: desde el sur Denikin desató su segunda ofensiva y durante el verano y el otoño de 1919 sus tropas ocuparon un inmenso territorio, apoderándose de Zaritsin, Voronez, Oriol, Chernigov y Kiev. El peligro se cernía sobre las regiones centrales de Rusia y Denikin amenazaba con entrar en Moscú. El Partido bolchevique levantó a todo el pueblo para liquidar la nueva amenaza: había que derrotar a Denikin sin suspender la ofensiva en los Urales y Siberia. Las mejores unidades unidades fueron trasladadas al frente sur: 30.000 comunistas, 10.000 komsomoles y decenas de miles de sindicalistas engrosaron las filas de los regimientos del frente sur. Stalin fue uno de aquellos cuadros dirigentes que el Partido envió al frente sur.

Para rechazar a Denikin, el plan de Trotski preveía un ataque por las estepas del Don, en medio de poblaciones hostiles, en una zona sin vías de comunicación y ocupada por bandas contrarrevolucionarias de cosacos. Pero Stalin elaboró un plan distinto para el Ejército Rojo, proponiendo que avanzara por la cuenca del Donetz, que disponía de una densa red de ferrocarriles y reservas de carbón. Preveía asestar el golpe principal sobre Rostov: Aquí no nos rodearía un medio hostil -informaba Stalin- sino, al contrario, un medio simpatizante, cosa que facilitaría nuestro avance. En segundo lugar dispondríamos de una importantísima red ferroviaria.

El Comité Central apoyó el plan de Stalin; Trotski fue apartado del frente sur y recibió la orden expresa de no intervenir en el curso de las operaciones militares. Tras dos victorias decisivas en Oriol y Voronez, siguiendo este plan, Denikin fue definitivamente derrotado a finales de 1919 y el Ejército Rojo salió al mar Negro.

A propuesta de Lenin, el 27 de noviembre de 1919 Stalin fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja por su actuación durante la guerra civil.

La tregua resultó efímera. En abril de 1920, los militaristas polacos, estimulados por la Entente, invadieron Ucrania. En junio les apoyó Wrangel que comenzó a avanzar desde Crimea hacia el Donetz.

Entonces el Ejército Rojo contaba ya con más de tres millones de soldados muy experimentados. Sin embargo, sus tropas se hallaban dispersas en dilatados frentes, cuando las circunstancias imponían la necesidad de concentrar rápidamente los esfuerzos principales en el frente oeste, empresa difícil de realizar dadas las lamentables condiciones del transporte. Para superar todas estas dificultades, el 3 de agosto Stalin creó el Consejo Militrar Revolucionario. En poco tiempo las tropas del Ejército Rojo que combatían a los polacos contrarrevolucionarios y las huestes de Wrangel recibieron considerables refuerzos. Después de una rápida reagrupación pasaron a la ofensiva y derrotaron a las tropas de la Polonia señorial y luego a Wrangel.

De este modo, a fines de 1920, fueron arrolladas las últimas huestes de la Entente. Prácticamente con eso terminó la guerra civil en los frentes principales. Tres años estuvo el país en dura contienda, aunque en las regiones periféricas el Ejército Rojo durante algún tiempo más tuvo que seguir aplastando los restos de las fuerzas contrarrevolucionarias. En algunas regiones, como Siberia, Extremo Oriente y el Cáucaso, la derrota de los intervencionistas japoneses y los guardias blancos se prolongó hasta finales de 1922. La liquidación de los basmaches (bandas contrarrevolucionarias nacionalistas) de Asia Central, no se logró hasta principios de 1923.

La victoria del Ejército Rojo en la guerra civil no tiene explicación desde el punto de vista militar, dada la enorme superioridad de fuerzas de la contrarrevolución aliada al imperialismo. Sólo se explica por la acertada dirección política y militar del Partido bolchevique que supo crear una fuerza armada de nuevo tipo, en la que predominaban los factores ideológicos y morales por encima de los puramente bélicos. Aunque la dirección de la guerra recayó en los bolcheviques y en los obreros, fueron los campesinos pobres quienes agrupaban la mayoría de las tropas del nuevo ejército, que defendía sus tierras frente a los terratenientes. La política del Partido bolchevique de alianza de la clase obrera con los campesinos tuvo una importancia decisiva para cohesionar todas las fuerzas revolucionarias.

Unos 22 millones de rusos murieron a consecuencia de la criminal intervención imperialista y de la vieja burguesía reaccionaria; 8 millones de niños quedaron huérfanos, sin hogar y vagabundeaban por las calles y los campos; las fábricas quedaron destruidas y los cultivos arrasados. En 1920 la sequía causó un hambre terrible en la que los cálculos hablan de 7 millones de muertos, además del tifus y otras epidemias. Los obreros huían de las ciudades hacia el campo, donde era más fácil encontrar comida. Abandonaban las fábricas para ejercer labores artesanales con las que poder mantenerse. A no ser por la ayuda de los intervencionistas extranjeros y su participación directa en las operaciones contra la República Soviética, la contrarrevolución interna no hubiera podido mantenerse tanto tiempo. Cuando los imperialistas hablan con tanta profusión de los crímenes soviéticos, semejan al ladrón que señala a otro para enfilar la ira de la población hacia terceras personas ajenas al robo. Pero fueron la propia oligarquía rusa y sus aliados imperialistas los únicos responsables de dejar un país extenuado, con la producción al 14 por ciento del nivel de preguerra, la producción industrial a un tercio, y la siderurgia y el transporte ferroviario apenas llegaban a un quinto del volumen anterior.

Ministro de las Nacionalidades

Tras el triunfo de la Revolución de Octubre, Stalin formó parte desde el principio del gobierno revolucionario como comisario (ministro) de las nacionalidades. Los primeros órganos del nuevo poder revolucionario tuvieron que desenvolverse en unas extraordinarias condiciones de precariedad y de falta de medios porque el Estado proletario tenía que edificarse sobre la base de la destrucción del viejo poder estatal. Casi ninguno de los viejos funcionarios estaba dispuesto a colaborar; no había dinero; los cuadros del Partido no tenían ninguna experiencia en asuntos de gobierno; la contrarrevolución aún no había sido aplastada y el país estaba sumido en el caos. Pestkovsky, que fue su colaborador en aquel periodo, encontró en una habitación del Smolny una mesa y dos sillas vacías. Las arrimó a la pared y colgó un cartel: Comisariado del Pueblo para Asuntos de las Nacionalidades. Así nació el Ministerio.

En 1917 Rusia era un continente en sí mismo, un gigantesco imperio entre Europa y Asia que agrupaba la sexta parte de las tierras emergidas del planeta. La cuestión de las nacionalidades era uno de los problemas más delicados que legó el zarismo, definido como una prisión de los pueblos. Convivían más de 100 naciones, con más de 100 lenguas diferentes, con múltiples religiones diversas, desde el catolicismo al budismo pasando por la ortodoxia o el islam. De una población total de cerca de 140 millones de habitantes, unos 65 millones no eran rusos sino de otros pueblos. El zarismo mantuvo a esos pueblos en un considerable atraso cultural y político. De esos 65 millones sólo Ucrania, Bielorrusia, una parte insignificante del Azerbaián y Armenia, habían pasado por el capitalismo industrial. Quedaban cerca de 25 millones, en su mayoría turcos (Turkestán, la mayor parte de Azerbaián, Daguestán, los montañeses, los tártaros, los bashkires, los kirguises, etc.), que no conocían el capitalismo y, por tanto, carecían de un proletariado industrial propio, dedicándose al pastoreo y conservando un modo de vida patriarcal-gentilicio (Kirguizia, Bashkiria, el Cáucaso del norte) o que no habían ido más allá de las primitivas formas semipatriarcales y semifeudales (Azerbaián, Crimea, etc.)

Pero el problema nacional no se agotaba con las relaciones de dominación de los rusos sobre las demás nacionalidades; a ellas hay que agregar los mortíferos enfrentamientos entre estas mismas nacionalidades, muchas de las cuales cohabitaban en los mismos territorios, se degollaban mutuamente e incendiaban unos las granjas de los otros. El zarismo fomentaba estas rivalidades para detentar una función arbitral suprema sobre todas ellas.

La Revolución de Febrero tuvo un profundo eco en las naciones de la periferia que, oprimidas durante siglos por el viejo régimen, se sintieron fuertes por primera vez y se lanzaron al combate. La burguesía nacional de aquellas regiones quería tomar el poder y aprovecharse de la Revolución para crear sus propios Estados nacionales. La Revolución llevó la desintegración a la nueva República. Los bolcheviques apoyaron estos movimientos nacionalistas contra el poder central. Entonces se demostró la extraordinaria importancia que tenía el programa mínimo del Partido, donde la reivindicación de los derechos de las nacionalidades oprimidas permitió que éstas se fueran agrupando en torno al proletariado.

La nacionalidades de la periferia encontraron una resistencia insuperable por parte del nuevo gobierno central, que tenía un carácter imperialista y perseguía una política de expansión y conquista. Lejos de romper con la política de opresión nacional, el gobierno central organizó una nueva campaña contra Finlandia (disolución de la Dieta en el verano de 1917) y Ucrania (supresión total de las instituciones culturales ucranianas). Este gobierno imperialista llamó a la población a proseguir la guerra para someter nuevos territorios, nuevas colonias y nacionalidades y ampliar su esfera de influencia.

Pero en aquellas regiones no sólo existía la burguesía nacionalista sino también obreros y campesinos, organizados ya antes de la Revolución de Octubre en soviets. También ellos luchaban por el triunfo del socialismo en sus respectivos países. La burguesía creó sus Estados nacionales pero, naturalmente, permaneció ajena a los intereses de sus obreros y campesinos, y provocó su descontento, por lo que nada se solucionó. La lucha de clases continuó y la contradicción con las burguesías nacionales respectivas creció de día en día: En sustitución del zarismo -dijo Stalin en una entrevista a Pravda- venía un imperialismo desnudo y descarado, que este imperialismo es un enemigo de las nacionalidades más fuerte y más peligroso, la base de una nueva opresión nacional. La burguesía de las nacionalidades era impotente contra el peligro de arriba, el nuevo gobierno central, y en cuanto al peligro de abajo, los obreros y campesinos, no hacía más que acentuarlo y ahondarlo (2).

La pujanza del nacionalismo creó un serio problema dentro del Partido bolchevique, ya que en sus secciones locales aparecieron corrientes nacionalistas que se arrastraban detrás de su propia burguesía. En las naciones periféricas el proletariado era muy débil a causa de su atraso económico. Tras los éxitos obtenidos en la guerra civil, sobre todo después de la liquidación de Wrangel, en las regiones atrasadas de la periferia, que casi no tenían proletariado industrial, ingresaron en el Partido elementos nacionalistas pequeño burgueses para hacer carrera, aportando su espíritu chovinista. Las organizaciones bolcheviques en la periferia, débiles en general, estaban tentadas de admitir el ingreso de elementos de esas caraterísticas. Stalin, al frente del Comisariado para las Nacionalidades, tuvo que abordar la tarea de evitar que las masas populares de las nacionalidades fueran arrastradas por sus sentimientos patrióticos a remolque de sus propias burguesías reaccionarias. El Partido apoyaba el derecho de autodeterminación, pero era la clase obrera quien debía asumir la dirección de esa lucha y mantener su independencia de clase. La vieja interpretación democrático-burguesa del principio de autodeterminación había perdido su sentido revolucionario. La liberación de las masas trabajadoras de las nacionalidades oprimidas y la destrucción de la opresión nacional eran inconcebibles sin la ruptura con el imperialismo, sin el derrocamiento de la propia burguesía nacional y la toma del poder por las mismas masas trabajadoras.

La Revolución de Octubre se inició en el centro, pero no podía mantenerse mucho tiempo en el marco de su reducido territorio; tenía que extenderse inevitablemente a las naciones de la periferia. Partiendo de allí, la ola revolucionaria avanzó por toda Rusia, ganando una región de la periferia tras otra, donde chocó con los gobiernos nacionales constituídos ya antes de Octubre que no querían ni oir hablar de revolución socialista. Burgueses por naturaleza, consideraban que su deber era fortalecer el capitalismo y, basándose en el sentimiento nacional, trataron de levantar un dique frente al avance de la Revolución. No querían romper con el imperialismo y pensaban anexionarse partes de los territorios de nacionalidades ajenas. El imperialismo y la reacción acabaron concentrándose en aquellas regiones que, por ser las de menor presencia obrera y por la fuerza del nacionalismo, eran las más débiles del régimen soviético. Se convirtieron en focos de reacción que concentraron a su alrededor todo cuanto de contrarrarevolucionario había en Rusia. Todos confluían allí y allí se organizaban los guardias blancos para el contrataque.

Esto explica la situación política y militar de la guerra civil, con un poder bolchevique sólidamente asentado en el centro y una periferia que a menudo se escapaba a su control, en manos de los guardias blancos, del imperialismo extranjero, de los mencheviques o de los nacionalistas. A pesar de la revolución, el programa mínimo, la bandera de la autodeterminación, seguió siendo trascendental durante la guerra civil para derrotar a los blancos, para ganarse la confianza de los pueblos oprimidos en que el proletariado ruso les liberaría del pesado yugo gran ruso. Junto al campesinado, la lucha de las nacionalidades oprimidas fue otra de las reservas de que dispuso el proletariado frente a los zaristas.

La guerra de los gobiernos nacionales contra el poder soviético llevó el conflicto de las masas nacionales con estos gobiernos hasta la completa ruptura con ellos, hasta la insurrección abierta. Así se forjó una alianza indisoluble entre el proletariado ruso y el campesinado de la periferia, basada en el internacionalismo.

La burguesía presenta la lucha de los gobiernos periféricos como una lucha por la liberación nacional contra el centralismo del poder soviético. Pero eso es completamente falso. Stalin dejó claro que el Poder soviético no podía, sin hacer violencia a su naturaleza, mantener la unidad con los métodos del imperialismo ruso. Los bolcheviques siempre defendieron el principio de la autodeterminación y admitían el derecho a la separación de las distintas nacionalidades:

Aquí no se trata de los derechos de las naciones, que son indiscutibles, sino de los intereses de las masas populares, tanto del centro como de las regiones periféricas; se trata del carácter -determinado por estos intereses- de la agitación que está obligado a desplegar nuestro Partido, si no quiere renegar de sí mismo, si quiere influir en determinado sentido sobre la voluntad de las masas trabajadoras de las nacionalidades. Y los intreses de las masas populares dicen que la exigencia de la separación de las regiones periféricas es, en esta etapa de la revolución, algo profundamente contrarrevolucionario (3).
Hubo que compaginar el respeto del principio de la autodeterminación con la lucha a muerte contra tales burguesías. Para lograrlo se dedicó un gran esfuerzo a impulsar el movimiento obrero y campesino sobre todo en las regiones más atrasadas del país para deslindar los campos en las nacionalidades sobre la base de la lucha de clases.

La lucha de los gobiernos nacionales resultó desigual porque se aislaron de sus propios trabajadores. Atacados por dos lados -desde fuera, por el poder soviético, y desde dentro, por sus propios obreros y campesinos- no tuvieron más remedio que batirse en retirada después de los primeros combates. Se vieron obligados a pedir ayuda a los imperialistas contra sus propios obreros y campesinos.

Así comenzó la etapa de injerencia extranjera en la periferia que descubrió su carácter contrarrevolucíonario. Entonces resultó evidente que la burguesia nacional no aspiraba a liberar a su pueblo del yugo nacional, que la liberación de las nacionalidades era inconcebible sin romper con el imperialismo, sin derrocar a la burguesía de las nacionalidades oprimidas, sin que el poder pasara a las masas trabajadoras de estas nacionalidades.

La misma marcha de la revolución se encargó de descartar la vieja interpretación burguesa del principio de la autodeterminación, con su consigna de todo el poder a la burguesía nacional en favor de la interpretación socialista del principio de la autodeterminación, con su consigna de todo el poder a las masas trabajadoras de las nacionalidades oprimidas. La Revolución de Octubre, al acabar con el viejo movimiento burgués de liberación nacional, inauguró un nuevo movimiento socialista de los obreros y de los campesinos de las nacionalidades oprimidas, dirigido contra el imperialismo en general. No bastaba sólo con reconocer la autodeterminación y la igualdad de derechos de las nacionalidades oprimidas sino que el atraso de éstas exigía una actuación positiva que las sacara de su postración secular, sin lo cual todos los derechos eran ilusorios. Antes la cuestión nacional afectaba únicamente a las naciones cultas y avanzadas, mientras que a partir de 1917 perdía su carácter aislado, fundiéndose con la cuestión general de las colonias y los países atrasados. La cuestión nacional pasaba de ser una cuestión interna a ser una cuestión internacional de lucha contra el imperialismo que sólo el proletariado podía resolver. No bastaba con escuelas y con idioma; eran necesarias también medidas económicas, superar el atraso, desarrollar la industria local. El poder soviético ayudó, pues, a las naciones oprimidas a alcanzar a Rusia, más adelantada, en múltiples esferas:

— fortaleciendo en su territorio la organización estatal soviética bajo formas en consonancia con su fisonomía nacional

— organizando los tribunales, la administración, los organismos económicos y los órganos del poder, para que funcionaran en su lengua materna y estuvieran integrados por naturales del país que conozcieran el modo de vida y la psicología de la población local

— desarrollando la prensa, la escuela, el teatro, las asociaciones y, en general, las instituciones educativo-culturales en la lengua materna.

En algunos casos había que liquidar también las supervivencias de las relaciones patriarcal-feudales e incorporar a estos países a la edificación del socialismo, sin trasplantar mecánicamente -decía Stalin- las medidas económicas de Rusia central, aplicables únicamente a otro grado, más elevado, de desarrollo económico. Un proceso tan complejo no estaba exento de dificultades, decía Stalin:

Por un lado, no es raro que los comunistas grandes rusos que trabajan en las regiones de la periferia y que se formaron en las condiciones de existencia de una nación dominante y desconocían la opresión nacional, disminuyan la importancia de las particularidades nacionales en el trabajo del Partido o bien las desprecien por completo, no tengan en cuenta en su trabajo las particularidades de la estructura de clase, de la cultura, del modo de vida y de la historia de la nacionalidad de que se trate, envileciendo así y tergiversando la política del Partido en la cuestión nacional. Esta circunstancia lleva a desviarse del comunismo hacia el espíritu de Gran Potencia, hacia el colonialismo y el chovinismo gran ruso. Por otra parte, los comunistas naturales del país, que han atravesado el duro periodo de la opresión nacional y que todavía no se han liberado totalmente de este fantasma del pasado, exageran con frecuencia la importancia de las particularidales nacionales en el trabajo del Partido, dejando en la penumbra los intereses de clase de los trabajadores o confundiendo simplemente los intereses de los trabajadores de la nación de que se trate con los intereses comunes a toda la nación, sin saber separar los primeros de los segundos y cimentar sobre aquellos la labor del Partido. Esta circunstancia lleva, a su vez, a desviarse del comunismo hacia el nacionalismo democrático-burgués (4).
Por eso, a pesar de la revolución proletaria, en Rusia seguía existiendo un grave problema nacional que, como decía Stalin, no se podía resolver rápidamente, y ponía un ejemplo realmente grotesco de ignorancia de las condiciones locales: el comisariado de abastecimientos había exigido en Kirguisia la entrega de una determinada cuota de cerdos, cuando en las poblaciones musulmanas no se crian esos animales. El problema principal, por tanto, seguía siendo el chovinismo ruso; el otro problema, el nacionalismo periférico, no sólo era menos importante sino que era consecuencia del anterior. Ahí estaba realmente el problema a atajar.

El nacionalismo periférico se manifestó con fuerza en el Congreso de Bakú celebrado en setiembre de 1920 y, además de constituir una reacción al chovinismo ruso, había causas más concretas que lo promovían. Entre ellas, el propio atraso de esas nacionalidades y el predominio del campesinado. Esa situación desarrolló una corriente que se ceñía al programa mínimo, cayendo en el nacionalismo y en el tercermundismo y limitando la lucha contra el capitalismo a la lucha contra el imperialismo. Posteriormente Bujarin pasaría a divulgar estas mismas tesis.

Entre 1918 y 1920 Stalin dirige la nueva delimitación administrativa de Rusia, creando 22 regiones autónomas e impulsa políticas específicas para cada una de ellas, diseñando un variado mapa, creando instituciones autóctonas y reviviendo pequeños pueblos que estaban en vías de extinción física por falta de tierras. En contra de algunas tesis propuestas por militantes bolcheviques, Stalin defendió el carácter nacional de países como Ucrania o Bielorrusia, y añadió: Es claro que si hasta ahora aún predominan en las ciudades de Ucrania los elementos rusos, con el tiempo estas ciudades se ucranianizarán inevitablemente.

Como ministro de las Nacionalidades, a Stalin le correspondió diseñar la arquitectura interior del nuevo Estado, y los principios básicos que él estableció se reveleron sólidos y firmes. Por aquellas mismas fechas la desintegración del Imperio Austro-Húngaro o del Imperio Otomano demostraba la fragilidad de los Estados capitalistas multinacionales, y fueron muchos los que vaticinaron que sucedería otro tanto con la nueva Rusia. La siguiente guerra mundial, en la que la Alemania nazi trató de desmembrar a la URSS, demostró hasta qué punto esos cálculos eran equivocados. Rusia había sido una prisión de los pueblos pero de una manera definitiva los bolcheviques habían encontrado la llave que abría las puertas, haciendo realidad lo que hasta entonces era sólo una consigna: ¡proletarios de todos los países, uníos!

El 10 de agosto de 1922 Stalin formó parte de la comisión encargada de redactar la Constitución de la Federación y la Declaración de los derechos de los pueblos de Rusia, texto que preludiaba la organización interna del Estado soviético. Esta Declaración suponía un giro en las concepciones de los bolcheviques sobre la cuestión nacional, al adoptar el federalismo como forma de organización del nuevo Estado. Él y todo el Partido bolchevique tuvieron que rectificar sobre este punto y sobre el bicameralismo. Stalin, que en marzo de 1917 había escrito un artículo titulado Contra el federalismo, explicó siete años después las razones de este giro:

— tras la Revolución las nacionalidades se encontraban completamente aisladas, por lo que la Federación era un paso adelante en su reagrupamiento

— en la práctica el federalismo no era, como habían supuesto los bolcheviques, un obstáculo a la aproximación económica de las masas trabajadoras de las diferentes nacionalidades

— el movimiento nacional tenía una importancia mucho mayor de lo que los bolcheviques habían supuesto y, por tanto, la unión entre las diferentes nacionalidades era un proceso más complejo del que cabía esperar antes de la Revolución.

En diciembre de 1922 se celebró el X Congreso de los soviets con intervención de 2.215 delegados de todas las nacionalidades en el que Stalin propuso la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre la base de la igualdad y la libre adhesión de todas las naciones. Su informe fue aprobado por unanimidad; se firmó un Tratado Internacional entre todas las nacionalidades que se unieron voluntariamente al nuevo Estado Federal: había nacido la URSS. A partir de entonces en todos los pasaportes figuraba una ciudadanía, la soviética, junto a la nacionalidad correspondiente del titular. Según el informe, las circunstancias que promovieron la creación del nuevo Estado federal fueron:

— económicas: la escasez de recursos, la división del trabajo existente con anterioridad y el desarrollo de los transportes

— internacionales y militares: relaciones diplomáticas para romper el aislamiento, inversiones extranjeras en el marco de la Nueva Política Económica y defensa común frente a la agresión imperialista

— políticas: la naturaleza de clase del poder soviético que elimina las diferencias nacionales entre los obreros y los impulsa hacia una unidad más estrecha.

En el XII Congreso del Partido bolchevique, celebrado en abril de 1923 Stalin da un paso más y, ante la evidencia de que sobreviven aún residuos de chovinismo ruso que menosprecia los derechos de las nacionalidades, propone la creación de un órgano político superior en la URSS para impedir esas situaciones abusivas. Era ésta otra faceta en la que Stalin desandaba sus viejas críticas al bicameralismo.

A partir de entonces muchos pueblos de la URSS salieron de un ocaso secular. El mundo conoció uno de los esfuerzos más vastos y más audaces de promoción de numerosas lenguas y culturas en trance de desaparición que, en la durísima situación de penuria económica del momento, es todavía más admirable. Los lingüistas soviéticos desplegaron un esfuerzo tenaz por elevar lenguas que desconocían la escritura en libros y periódicos; comenzaron a estudiarse sistemáticamente esos idiomas, a los que se proporcionó un alfabeto y se consolidó su gramática. Se registró su tradición oral; relatos y canciones pudieron difundirse y conocerse ampliamente. La universidad, la radio, los magnetófonos y las editoriales dieron a conocer todo un universo cultural desconocido hasta entonces; aquellos pueblos sometidos y abandonados se dotaron de sus propias instituciones, asumidas por sus propios nacionales, que hablaban el idioma de los ciudadanos. Todo este esfuerzo fue coronado por la alfabetización de las masas, un proceso largo en el que la educación en la lengua materna se impuso. La Constitución de la URSS no otorgaba preferencia a ningún idioma, y reconocía el derecho a utilizar la lengua materna y las lenguas de los demás pueblos de la URSS, esto es, un mosaico de 130 idiomas con sus publicaciones, sus escuelas y sus universidades.

Notas:

  Jacobo Blumkin era militante de los eseristas de izquierda y entró en la Cheka junto con otros muchos militantes de su Partido, llegando a ser jefe de su sección secreta. Aprovechando esa situación, el 6 de julio de 1918 penetró en la embajada alemana y disparó contra su máximo responsable, el conde Mirbach para sabotear la firma del Tratado de Brest-Litovsk. La mayor parte de los eseristas de la Cheka formaban parte de esa conspiración, incluido su vicepresidente A. Alexandrovich, en la que detuvieron a Dzerzhinski y a su sustituto M. Lacis, así como al Presidente del Soviet de Moscú P.Smidovich. Alexandrovich y otros 12 chekistas fueron fusilados pero Blumkin fue amnistiado y llegó más tarde a ser el jefe de los guardaespaldas de otro enemigo de Brest-Litovsk, Trotski, y siguió a su protegido hasta el exilio. A finales de 1930 Trotski le envió en misión secreta al interior de la Unión Soviética, pero fue detectado por el GPU, detenido y luego ejecutado.

(1) José V. Stalin: Informe de la Comisión del Comité Central del Partido y del Consejo de Defensa al camarada Lenin sobre las causas de la caída de Perm, en diciembre de 1918, en Oeuvres, tomo IV, Nouveau Bureau d'Edition, 1978, pgs. 179 a 200.

(2) José V. Stalin: La Revolución de Octubre y la cuestión nacional, en Obras Esogidas, Madrid, 1977, tomo 3, pgs.137 y stes.

(3) José V. Stalin: La política del poder soviético respecto a la cuestión nacional en Rusia, en Obras Esogidas, Madrid, 1977, tomo 3, pg.154.

(4) José V. Stalin: Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional. Tesis para el X Congreso del Partido aprobadas por el Comité Central, en Obras Escogidas, Madrid, 1977, tomo 3, pg.184.

Evgeni Karlovich Miller nació el 7 de octubre de 1867 y estudió en la Escuela de Caballería y en la Academia de Estado Mayor del ejército zarista, aunque siempre trabajó como agregado militar de varias embajadas en el extranjero y luego en la coordinación de todas ellas desde Moscú. En la I Guerra Mundial fue Jefe de Estado Mayor y luego en el frente de los Cárpatos. Tras su fracaso en atacar desde el norte durante la guerra civil, en 1920 se convirtió en el representante del general Wrangel en París, donde participa en la fundación de la ROVS en 1923, la organización que agrupa a los viejos oficiales zaristas en el exilio, dirigida por el gran Duque Nicolás y en donde Miller se encargaba de las finanzas. Tras la muerte del gran Duque Nicolás en 1929, la ROVS pasó a estar dirigida por general Alexander Kutiepov, apresado y ejecutado en París por agentes soviéticos en 1930. Miller le sucedió en el cargo y, a su vez, fue apresado y ejecutado en 1937 también en la capital francesa.

Piotr Nikolaievich Wrangel (1878-1928) participó en la guerra ruso-japonesa de 1905, luego en la I Guerra Mundial y, finalmente, en la guerra civil a las órdenes de Denikin. Pero las relaciones con éste no eran buenas, por lo que dimitió y no asumió la dirección de las fuerzas contrarrevolucionarias hasta la derrota de Denikin en marzo de 1920. Para ganarse a los campesinos, trató de llevar a cabo una reforma agraria pero la firma del armisticio entre el Ejército Rojo y Polonia acabó en muy poco tiempo con los restos de sus tropas. En noviembre de 1920 evacuó sus fuerzas (150.000 mercenarios) a Constantinopla. Pero no fueron desarmadas por los imperialistas franceses, que le permitieron preservar su organización militar para volver a utilizarlas contra la Revolución. Esas fuerzas se dispersaron luego por Turquía y los países balcánicos, donde acabaron formando parte de organizaciones fascistas. Algunos de ellos (100 aproximadamente) combatieron en nuestra guerra civil bajo mando franquista. Al acabar la guerra se les reconoció el grado de oficiales españoles con derecho a pensión. Para entonces, Wrangel había muerto en el exilio en Bruselas donde creó la Unión Social Rusa, opuesta a la ROVS. Su última esposa fue quien financió la llegada de los voluntarios zaristas a España.

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