Burocracia y depuraciones

El análisis de la construcción del socialismo en la URSS se debe emprender de dos maneras diferentes:

— en negativo, desde el punto de las divergencias internas y las discusiones entabladas en el interior del Partido bolchevique acerca de la línea a seguir en la construcción del socialismo

— en positivo, examinando los planes trazados, las medidas adoptadas y las realizaciones económicas y sociales conseguidas.

No existía ninguna experiencia previa que permitiera a los bolcheviques disponer de una referencia de la que poder partir con cierta seguridad. Hasta 1917 el socialismo era sólo una teoría, una utopía; se criticaba el capitalismo y se sabía lo que no se quería reproducir, pero no existían formulaciones positivas sobre el socialismo, salvo algunas ideaciones utópicas carentes de valor práctico. Desde octubre de 1917 ya no valía hablar acerca del socialismo; había que construirlo en la práctica y demostrar -además- que era una sistema social superior al capitalismo.

Pero la práctica estimula la teoría, y las dificultades de la práctica desataron un sinfín de debates ideológicos acerca del socialismo, multitud de líneas divergentes e incluso opuestas. Cuando se profundiza en aquellas discusiones con la perspectiva de las décadas transcurridas, parece claro que muchas de esas líneas no sólo versaban sobre la construcción de una sociedad socialista sino que negaban la posibilidad misma de construirla, que se trataba, en suma, de posiciones liquidacionistas.

En efecto, las dificultades no provenían sólo de la falta de experiencias anteriores sino además:

— era algo común consisderar que tras Rusia, la revolución proletaria estallaría en los países más avanzados de Europa, situación que no se produjo, lo que aisló de la URSS; el imperialismo cercó al país, conspiró para derribarlo y desató mortíferas guerras de agresión y sabotajes

— en 1917 Rusia era un país muy atrasado en comparación con sus enemigos imperialistas y esa situación planteaba no sólo problemas de tipo económico, sino que ligaba la construcción económica a la defensa militar y, en definitiva, al reforzamiento de un Estado del que, en principio, se preconiza su desaparición

— otra situación contradictoria se planteó entre un régimen de dictadura del proletariado en el que el proletariado era una minoría (tres millones) de la población obligada, por tanto, a mantener una alianza con el campesinado (cien millones), un sector social de carácter pequeño burgués, políticamente vacilante y económicamente propenso al capitalismo.

La política económica de todo país que emprende el camino del socialismo está determinada por el estado de la economía en el período de transición y la correlación de las fuerzas de clase, tanto en el interior de su propio país como en el ámbito internacional que le rodea. En la URSS los bolcheviques no pudieron adoptar inicialmente la política económica que hubieran deseado, sino la que las circunstancias les impusieron.

Al menos durante diez años, entre 1917 y 1928, fueron circunstancias ajenas las que dictaron la política económica soviética, que atravesó las dos fases conocidas como comunismo de guerra (1917-1921) y nueva política económica (1921-1928). En ambas etapas se adoptaron medidas tan radicalmente opuestas, que parece increíble que el Partido bolchevique pudiera cambiar de criterio de la forma brusca en que lo hizo, giro que, si de un lado, pone de manifiesto el cúmulo de graves dificultades al que hubieron de enfrentarse, del otro, demuestra también la extraordinaria capacidad de adaptación de los bolcheviques a las circunstancias imperantes, su realismo y su ausencia de dogmatismo. Porque se trató justamente de eso, de la presión del medio heredado, no de líneas de actuación entre las cuales hubieran tenido la posibilidad de elegir. Hasta que el Partido bolchevique tuvo la oportunidad de tomar la iniciativa en materia económica, lo que se produjo hacia 1928, pasaron más de diez años en los cuales la tarea primordial fue la reconstrucción de un país devastado, alcanzar los niveles económicos previos a la guerra.

En la perspectiva actual es fácil comprobar que esas dos etapas -como no podía ser de otra forma- abrieron otras tantas fisuras en el seno del Partido bolchevique:

— un primer grupo de militantes izquierdistas, el más conocido de los cuales fue Trotski, identificó el socialismo con la etapa de comunismo de guerra

— un segundo grupo de militantes derechistas, encabezado por Bujarin, identificó el socialismo con la nueva política económica.

La polémica con ambas líneas se suscitó en tres fases sucesivas. La primera fue con los izquierdistas y se desató hacia el otoño de 1920. La segunda también fue con los izquierdistas y se inició a finales de 1923. Finalmente, la tercera comenzó en 1928 y estuvo dirigida contra los derechistas.

Las fechas de las dos primeras polémicas no son casuales, ya que es precisamente el momento en el que se estaba experimentando el tránsito del comunismo de guerra a la nueva política económica. El primer estallido concentró el debate en torno a la cuestión sindical y el segundo en torno al campesinado o, mejor dicho, en torno a la alianza de los obreros y los campesinos. En sustancia, se trató de un debate en dos fases sobre el mismo problema, el de las reservas políticas y económicas de la revolución; dado el escaso desarrollo de la fuerzas productivas, para construir el socialismo el proletariado tenía que contar con aliados, con otras clases que, en última instancia, no estaban interesadas en el socialismo. Ese fue el difícil equilibrio, el que llevó a pensar a algunos bolcheviques que la tarea era imposible y a asumir posturas liquidacionistas. La mayoría del Partido consideró que sí era posible construir el socialismo, incluso en un país tan atrasdo como Rusia, porque sí existían esas reservas, que radicaban en el campesinado. En consecuencia, la dictadura del proletariado debía adoptar la forma de una alianza entre los obreros y los campesinos.

El debate fue, pues, acerca de esa alianza entre dos clases y, mientras los izquierdistas consideraron, al estilo menchevique, que los campesinos eran una masa amorfa, burguesa y reaccionaria, los derechistas ponían a los campesinos al mismo nivel que la clase obrera, negando el papel dirigente del proletariado urbano. Aparentemente ambas posiciones eran extremas, pero tenían en común algo decisivo: concebían el socialismo no como un sistema de producción sino como un sistema de distribución. Tanto unos como otros proponían que fuera la burguesía quien mantuviera la riendas de las fábricas, las minas y las granjas, mientras que el papel del Estado socialista debía consistir en expropiarles, de una forma u otra, por las buenas o por las malas, con requisas, con impuestos o con precios. Según ellos, el Estado socialista debía coexistir con la economía capitalista y regularla en beneficio propio. Los bolcheviques debían encargarse de la política exclusivamente y dejar los asuntos económicos en manos privadas.

Pero no era éste el criterio de la mayoría del Partido bolchevique que, tanto en la época de Lenin como en la de Stalin, siempre entendieron que tanto el comunismo de guerra como la nueva política económica eran fases transitorias impuestas por las circunstancias, que podían prolongarse más o menos tiempo, pero nunca indefinidamente. Entendían, además, que el socialismo no era sólo un sistema de distribución sino de producción, basado en la propiedad nacionalizada y en la planificación, lo que supone la dirección efectiva del proletariado de los centros de producción, la organización y gestión de las empresas, las haciendas, etc. Una cosa es quitar las fábricas a los burgueses y otra distinta ser capaz de hacerlas funcionar. Por supuesto, el socialismo quitaba la fábricas a los burgueses; aún estaba por comprobar si era capaz de ponerlas en funcionamiento, si era capaz de producir sin explotar. El comunismo de guerra expropió y la nueva política económica comenzó a producir, pero bajo formas capitalistas. Realmente el socialismo no se puso en marcha hasta 1928.

El comunismo de guerra se impone a partir de la primavera de 1918 debido a la intervención, la guerra civil y la ruina económica, supeditando toda la retaguardia a las necesidades del frente. Era una política económica puramente expropiatoria. Se nacionalizó toda la industria, comprendida la media y pequeña, se prohibió el comercio privado y se implantó el sistema de contingentación de víveres, lo que significó la entrega obligatoria de los excedentes de productos agrícolas por parte de los campesinos para abastecer al ejército y a los obreros. Debido a las difíciles condiciones de la guerra civil y de la intervención armada extranjera, el Gobierno soviético instauró las cartillas de racionamiento y el trabajo obligatorio general para todas las clases.

Pero el decreto más importante fue el de la tierra. Se expropiaron la tierras de los latifundistas, se nacionalizaron y se entregaron a los campesinos para que las cultivasen por sí mismos, sin recurrir a mano de obra ajena.

Fue una medida forzosa y temporal. Su objetivo principal consistió en asegurar la victoria del Estado soviético en las penosas condiciones de la guerra civil y la intervención armada extranjera.

El comunismo de guerra, indudablemente, fue un paso gigantesco hacia el socialismo, incluso demasiado gigantesco y rápido. La burguesía recibió un golpe (militar, político y económico) brutal. Pero la dura lucha dejó importantes secuelas. Primero un país devastado, con las fábricas destruidas y los transportes impracticables. Segundo, una militarización del Partido bolchevique, de los sindicatos y de todas las organizaciones de masas, lo que significó un peso aplastante del Estado y de su burocracia.

La polémica sobre la burocracia en la Unión Soviética tuvo también dos fases. La primera comenzó en 1920 y se centró en la discusión sobre el papel de los sindicatos. La segunda comenzó en 1923 y versó sobre la propia burocratización del Partido bolchevique. Sin embargo, ambas discusiones, en definitiva, versaron sobre la propia manera de construir el socialismo, aunque lo que apareciera en el debate fueran únicamente sus manifestaciones externas.

Los trotskistas han hecho siempre de este debate el núcleo de sus ataques al socialismo, pero su postura no puede ser más hipócrita. En noviembe de 1920 Trotski suscitó el debate sobre los sindicatos en el momento más inoportuno defendiendo su militarización (su burocratización), la imposición en su seno de un régimen despótico, al estilo del que había puesto en marcha dentro del Ejército Rojo y que había desatado tanto malestar. Tres años después provocó también el debate sobre la burocracia en un sentido completamente opuesto: lamentando que el Partido bolchevique estuviera burocratizado. El Partido estaba burocratizado, según él, porque sus tesis no tenían acogida; lo que pretendía no era acabar con la burocracia sino acabar con la dirección e imponer su propia línea. Esa fue la esencia del debate para él.

Comenzaremos con la polémica sobre los sindicatos.

El 3 de noviembre de 1920 Trotski pronunció un discurso en la V Conferencia sindical llamando a seguir con la disciplina militar dentro de los sindicatos. Los bolcheviques tenían intención de discutir la cuestión dentro del Comité Central, pero el asunto se agravó hasta tal punto que desbordó el marco de la dirección comunista porque, a finales de diciembre de 1920, Trotski insistió en sus tesis ante los sindicatos y en el VIII Congreso de los soviets. Además tuvo el atrevimiento de publicar un folleto al respecto, promoviendo otra de sus facciones.

Lenin no quería tratar esta cuestión porque pensaba que las tareas prácticas planteadas por la nueva política económica eran primordiales. Cuando todos estaban tratando de poner en práctica la nueva orientación, Trotski promovió una discusión sobre una cuestión que el IX Congreso del Partido ya había dejado resuelto. Pero Trotski se empeñaba en retroceder planteando el problema como una cuestión de principios cuando se trataba de pasar de los principios a la práctica. Ya se había discutido bastante; ya se habían aprobado todos los decretos necesarios. Lo que verdaderamente hacía falta era llevarlos a la práctica.

Pero la confusión creada no dejó otro remedio que volver a hablar de principios. La discusión se prolongó durante más de dos meses. Lenin tuvo que pasar al ataque, centrando sus críticas en la facción trotskista y en sus propuestas sindicales como ejemplo de lo que jamás podía promover el Partido bolchevique.

El VIII Congreso del Partido había reconocido que el Ejército era una masa heterogénea de personas que se componía fundamentalmente de campesinos y que éstos no lucharían por el socialismo, por lo que se imponía la disciplina en su seno. Pero los sindicatos los forman los obreros, la médula misma del socialismo. En ellos había que desplegar campañas de explicación y de agitación, nunca la imposición. Cuando la guerra civil había terminado, confundir al ejército con los sindicatos era una error gravísimo.

Para salir del caos de la guerra civil y de la situación extrema de comunismo de guerra era imprescindible pasar del frente de la guerra al frente del trabajo, como decía Lenin. Esto, a su vez, exigía el concurso de la clase obrera. Había que desplegar una poderosa campaña de movilización y reconstruir los sindicatos de trabajadores, que se encontraban en una situación lamentable como consecuencia de la etapa anterior. Era imprescindible impulsar una campaña de persuasión entre los trabajadores a fin de que prestaran todo su apoyo para cumplir los objetivos de la nueva etapa. Hasta entonces los sindicatos habían estado prácticamente militarizados por imposición de la guerra civil, pero en la nueva etapa no podía continuar esa misma política, que había sido puramente temporal y transitoria.

Pero Trotski se mostró partidario de los métodos despóticos de dirección en los sindicatos, de la mano dura, de sacudir desde arriba y de apretar los tornillos a los obreros, como él mismo decía. Y pasaron de las palabras a los hechos. Aquel año los trotskistas se habían apoderado de la dirección del Tsektran, el Comité Central del Sindicato Ferroviario y de los trabajadores del Transporte Fluvial y Martítimo. En su sindicato los trotskistas habían comenzado a hacer de las suyas, aplicando métodos coercitivos contra los obreros, provocando una oleada de protestas y una polémica en la que los trotskistas pretendían hacer pasar sus propios métodos como los métodos bolcheviques adecuados para relacionarse con las masas.

Al desatar el debate sobre la cuestión sindical, máxime en la forma y en el momento en que lo hizo, Trotski puso en grave peligro al Partido. La discusión dio paso a que, además de la fracción trotskista, se alzaran también otras plataformas: oposición obrera, centralismo democrático, el grupo de tope, ignatovistas, etc. Se puso en peligro su unidad y su capacidad de dirección política e ideológica. Entre las distintas facciones destacaba el llamado grupo de tope que encabezaba Bujarin. Su postura era aparentemente conciliadora, tratando de presentarse como intermediario entre Lenin y Trotski. En realidad se produjo una grave fractura interna y así, mientras la organización de Petrogrado llamó a defender las tesis sindicales leninistas, la organización de Moscú, influida por Bujarin, replicó con otro llamamiento a favor de las tesis trotskistas. Lenin decía que, lejos de apaciguar el conflicto, Bujarin estaba echando más leña al fuego y que en realidad colaboraba con Trotski en su labor faccional. Calificó las tesis de Bujarin como el colmo de la descomposición ideológica. Muy poco después Bujarin se quitó la careta, abandonó al grupo de tope y se pasó enteramente a las posiciones de Trotski.

La importancia de este debate radica en que deja al descubierto, por un lado, la falacia de Trotski como crítico de la burocracia soviética, pues él fue quien promovió de la idea de apretar los tornillos a los obreros y de imponer una burocracia sindical que los sometiese por la fuerza. Además, las tesis trotskistas de apretar los tornillos significaban la continuación pura y simple del comunismo de guerra que los bolcheviques estaban tratando de superar. Finalmente, Lenin advertía que el sólo hecho de plantear la NEP modificaba la actitud del proletariado ante el campesinado y la discusión sobre los sindicatos demostró, una vez más, que las concepciones de Trotski sobre el campesinado seguían siendo ajenas a las de los bolcheviques. En esta discusión se decidía, en el fondo, la cuestión sobre la actitud del campesinado, que se alzaba contra el comunismo de guerra, sobre la actitud ante la masa de obreros sin partido; en general, sobre el modo en que el Partido debía abordar a las masas en el periodo en el que la guerra civil estaba terminando.

Fue entonces cuando las divergencias entre Trotski y los bolcheviques aparecieron en todo su abismal significado: mientras Trotski era partidario de imponer una disciplina militar sobre los sindicatos, Lenin era partidario de que se organizaran de manera democrática; Trotski, que preconizaba la libertad de crítica dentro del Partido, no la admitía para el trabajo entre las masas sin partido.

Frente a las tesis trotskistas, Lenin pasó al contrataque el 30 de diciembre de 1920 con un discurso ante los soviets y los sindicatos que se tituló Sobre los sindicatos, el momento actual y los errores del camarada Trotski (1). En su discurso Lenin reconocía que los sindicatos eran una organización obrera imprescindible aún bajo la dictadura del proletariado y que además aglutina a casi toda la clase. Por tanto es una organización de la clase dirigente pero no es una organización del Estado y, en consecuencia, no tiene naturaleza coercitiva: Es una organización educadora, una organización que atrae e instruye; es una escuela, escuela de gobierno, escuela de administración, escuela de comunismo. Los sindicatos están situados entre el Partido y el Estado; sin ellos no puede haber dictadura del proletariado porque ellos crean el vínculo de la vanguardia con las masas y son una fuente de poder estatal.

La dictadura del proletariado -añade Lenin- no se puede realizar a través de los sindicatos aunque éstos abarquen casi a la totalidad de la clase dominante, debido a las lacras en las que el capitalismo deja a los obreros: La dictadura sólo puede ejercerla la vanguardia, que concentra en sus filas la energía revolucionaria de la clase. Lenin equipara la dictadura del proletariado a un sistema de ruedas dentadas: para su funcionamiento son imprescindible varias correas de transmisión que van de la vanguardia a las masas de la clase avanzada y de ésta a otras masas trabajadoras, como los campesinos. Lenin concebía los sindicatos como organizaciones sociales sin partido, sin las cuales es imposible incorporar a las amplias masas populares a la dirección del Estado y la edificación del socialismo. Los errores de Trotski, en consecuencia, eran errores que afectaban a los propios mecanismos de funcionamiento de la dictadura del proletariado.

La reunión del Comité Central de comienzos de diciembre de 1920 en la que se debatió sobre los sindicatos resultó un embrollo y eso es peligroso, decía Lenin: se produjo una división y el grupo de tope que encabezaba Bujarin es el que más daño ha causado. El Partido estaba enfermo y los imperialistas tratarán de aprovechar la situación para una nueva invasión. Había crecido numéricamente y no por eso era más fuerte; la discusión daba muestras evidentes de una extraordinaria fragilidad, de falta de cohesión. Pudo observarse ya entonces lo que con el transcurso del tiempo y las dificultades de la construcción del socialismo, aparecería con toda su crudeza: que la llegada en aluvión de gran número de militantes procedentes de otras organizaciones había sembrado la confusión; no eran bolcheviques templados y experimentados, sino personas que transmitían al Partido todas sus viejas concepciones. En la cuestión de los sindicatos pudo apreciarse con claridad que esas posiciones -todas ellas extrañas al comunismo- iban desde el anorcosindicalismo hasta el militarismo, desde negar la dirección comunista dentro de los sindicatos, hasta tratar de imponerla a toda costa.

En marzo de 1921 el X Congreso del Partido analizó esta situación y condenó las tesis trotskistas, afirmando categóricamente que no se podían imponer métodos militaristas en los sindicatos.

Inmediatamente después, los trotskistas fueron expulsados del Tsektran, eligieron una nueva dirección y modificaron en profundidad los métodos de trabajo y de dirección, eliminando las imposiciones.

En el debate sobre la cuestión sindical contra ambos extremos, una vez más Stalin adoptó una postura de principios alineada con las tesis leninistas. Apareció en Pravda el 19 de enero de 1921 su artículo Nuestras divergencias, en el que, tratando de suavizar la discusión y calmar los ánimos, sostiene que la discusión no versaba sobre una cuestión de principios, sino de método, lo que no era cierto.

La posición de Stalin sobre la organización de los sindicatos era la siguiente: El democratismo consciente, el método de democracia proletaria en el interior de los sindicatos es el único método que conviene a los sindicatos industriales. Pero el democratismo impuesto no tiene nada en común con ese democratismo. Y respecto a la posición de Trotski añade lo siguiente: Cuando uno lee el folleto de Trotski ‘El papel y las tareas de los sindicatos’ se podría creer que en el fondo Trotski también está por el método democrático. Es porque ciertos camaradas estiman que nuestras divergencias no versan sobre la cuestión de los métodos de trabajo de los sindicatos. Pero esta opinión es absolutamente falsa. Porque el democratismo de Trotski es un democratismo impostado, bastardo, sin principios y, como tal, no es más que un complemento del método burocrático-militar, que no conviene a los sindicatos. Según Stalin, la democracia en los sindicatos presupone la conciencia de que es necesario elevar la iniciativa, la conciencia y la actividad de las amplias masas, es preciso convencerlas con hechos concretos de que la ruina económica representa un peligro tan real y tan mortal como ayer lo era el peligro militar, es necesario incorporar a los millones de obreros al resurgimiento de la producción a través de sindicatos democráticamente estructurados. Sólo de esa manera es posible convertir en causa vital para toda la clase obrera la lucha de los organismos económicos contra la ruina de la economía. De no hacerlo así es imposible vencer en el frente económico. En los sindicatos debía haber debates y discusiones en los que debían intervenir todos los obreros.

Cuando en marzo de 1921 se zanjó la discusión, casi simultáneamente estalló la sublevación Cronstadt, que revelaba los verdaderos problemas a los que se estaba enfrentando la revolución. En Cronstadt no eran los reaccionarios los que se habían levantado, sino las masas hambrientas. Mientras Trotski entretenía la atención con debates ya resueltos, las masas estaban exigiendo pasar a la práctica, resolver los problemas de abastecimientos, combatir el frío, en suma, pasar a la nueva política económica. El espectáculo calamitoso de disensiones y falta de unidad en una situación crítica que exigía otro tipo de premuras, no pudo dejar en peor lugar a los bolcheviques. El debate se calmó pero sólo aparentemente; en realidad las espadas seguían en alto y sólo esperaban el momento propicio para volver a las andadas.

Es lo que sucedió tres años después con la discusión sobre la burocracia, que continuó la de los sindicatos, aunque esta vez con los papeles cambiados. En noviembre de 1923, Trotski desata otra ofensiva de las suyas, pero esta vez tratando de hacerse pasar por el campeón de la lucha contra la burocracia. Este nuevo debate es también un debate falso porque en el fondo, lo que se trataba de debatir era, una vez más, sobre la construcción del socialismo. Ambas cuestiones aparecieron unidas, pero aquí separaremos esta cuestión para entrar más adelante en el asunto económico porque entendemos que la falacia del problema burocrático no se puede separar de la posiciones anteriores sobre la cuestión sindical, ni tampoco es comprensible la acentuación tan extrema de la lucha ideológica en torno al problema de la burocracia sin tener en cuenta que la cuestión sindical se había cerrado en falso, que las facciones seguían agazapadas y las heridas sin cicatrizar. El problema sindical se había podido superar rápidamente por la autoridad incontestable de Lenin pero, tres años después, Lenin agonizaba y sólo entonces quedó al descubierto lo que latía en esos debates: un intento de modificar la línea política y la naturaleza del Partido bolchevique.

En efecto, ahora el debate ya no versaba sobre el ejército ni sobre los sindicatos sino sobre el burocratismo interno del Partido, esto es, sobre la misma vanguardia revolucionaria, sobre su supuesta falta de democracia y las supuestas limitaciones impuestas a la discusión dentro de sus filas.

A su vez, en este punto hay tres asuntos diferentes que conviene tratar por separado:

— el viejo debate iniciado en 1903 con los mencheviques durante el II Congreso acerca de la naturaleza misma del Partido y la prohibición de las fracciones

— a la situación impuesta dentro del Partido por el comunismo de guerra, que había conducido a su práctica militarización, se añadía ahora la nueva política económica, que también había influido, corrompiendo a numerosos cuadros e introduciendo a elementos indeseables en su seno.

— la necesidad de depurar las filas del Partido a fin de fortalecerlo y vincularlo más estrechamente a las masas.

Si pudiera ofrecerse un resumen del debate sobre este punto, cabría decir que los intentos de la oposición van a tratar de aprovecharse de un estado cierto, como es el punto segundo relativo a la burocratización, para atacar al primero y tratar de imponer la libertad de fracciones dentro del Partido. La posición de Stalin y de la mayoría del Partido consistirá, por un lado, en combatir la burocratización y la corrupción, y depurar al Partido; por el otro, en impedir las fracciones y mantener su unidad interna.

El debate sobre la burocracia se desató no porque nadie negara que existía un problema real de burocratismo, sino acerca de los medios para combatirla. No fue, pues, la oposición, sino la dirección quien primero reconoció las deficiencias y los fallos democráticos en el funcionamiento interno y, cuando estalló la polémica, ya se habían empezado a tomar medidas para corregir esas desviaciones. Por tanto, Trotski y la oposición ni tienen la exclusiva ni tienen siquiera la iniciativa en la lucha contra la corrupción interna del Partido. Su función consistió en exagerar el problema hasta desfigurarlo, aumentar la confusión existente entre los militantes y aprovecharse de su malestar para imponer una nueva línea política acorde con sus tesis.

La oposición se lamentaba del burocratismo pero tampoco quería poner remedio a la situación con el método leninista, que no es otro que su depuración interna. Por el contrario, para ellos, como para la burguesía, las depuraciones eran precisamente la demostración de la falta de democracia interna dentro del Partido bolchevique. En suma, en todas las discusiones con los trotskistas y demás opositores internos del bolchevismo acerca del burocratismo, lo que subyace son dos concepciones distintas de lo que es un Partido realmente bolchevique. Por sí mismo esto demuestra que, en realidad, los opositores no eran realmente leninistas.

Las acusaciones acerca del burocratismo de los bolcheviques provenían ya de los mencheviques; no eran, por tanto, nada novedoso y Lenin tuvo oportunidad de rechazarlas en su momento. A los efectos que aquí interesan, basta ahora añadir que en los Fundamentos del leninismo, es decir, en abril de 1924, Stalin vuelve a recordar esos principios que inspiran la actividad del Partido, reafirmando que no es un fín en sí mismo sino un instrumento del proletariado para el cumplimiento de sus fines como clase. En esa obra Stalin reitera que el Partido se basa en la unidad de voluntad, lo que exige la cohesión y una disciplina férrea, lo cual no excluye, sino que presupone la crítica y la lucha de opiniones. La disciplina no es ciega sino algo mucho más fuerte: es una disciplina voluntaria y consciente.

Pero la unidad de voluntad no lo es todo, afirma Stalin. Además está la unidad de acción: Una vez terminada la lucha de opiniones, agotada la crítica y adoptado un acuerdo, la unidad de voluntad y la unidad de acción de todos los miembros del Partido es condición indispensable sin la cual no se concibe ni un Partido unido ni una disciplina férrea dentro del Partido. Por eso es tan frecuente entre los intelectuales burgueses menospreciar a Stalin, a quien relegan como torpe, frente a las brillantes personalidades que hablaban y escribían tan magníficamente, como Trotski, Bujarin, Preobrajenski, etc. Lo que gusta a los académicos es la verborrea inagotable y encubrir su esterilidad en frases cuanto más oscuras mejor.

Como en la historiografía burguesa no aparecen las clases sociales sino las grandes personalidades, también la lucha emprendida por el Partido bolchevique contra el trotskismo se presenta en como un conflicto personal de Stalin, una pugna de dos ambiciones que en plena agonía de Lenin rivalizan por hacerse con el poder. Como si en ella ninguna participación hubieran tenido, ya no solamente las masas, sino hasta los mismos militantes del Partido, que aparecen todos ellos reducidos a la pasividad más completa. En los medios académicos burgueses no aparece la larga lucha en el seno del movimiento obrero ruso iniciada por el mismo Lenin y seguida por Stalin y la totalidad del Partido. Sin embargo, en su libro El comunismo soviético dicen Sidney y Beatriz Webb lo siguiente sobre la lucha ideológica contra el trotskismo: Se sucedieron tres años de controversias públicas ininterrumpidas, aunque pueda parecer sorprendente a los que creen que la Unión Soviética yace bajo una dictadora implacable. Se discutía constantemente en las principales asambleas legislativas, tales como el Comité Central ejecutivo, el Congreso panruso de los soviets, el Comité Central del Partido bolchevique.

Es, pues, falso aludir a una problemática personal de Stalin contra ninguno de los otros militantes del Partido, a una ambición de poder o a una astuta maniobra para eliminar a unos apoyándose en los otros para, finalmente, eliminarlos a todos. Stalin adoptó siempre una actitud de principios, la fundamentó y esa actitud, a lo largo del tiempo, fue siempre la misma. Cabe añadir además, que esa actitud fue ampliamente -muy ampliamente- discutida y aprobada por la gran mayoría del Partido, a quien Stalin representó fielmente como Secretario General.

Lejos de ser una cuestión personal se trató de un largo y profundo debate que duró más de 25 años en el que participaron no sólo militantes del Partido, sino también miembros de los sindicatos, del Ejército y de los Soviets en asambleas públicas donde se abordaban los problemas más candentes del país. Dentro del Partido bolchevique se desató una lucha abierta para decidir sobre la actividad fraccional de los trotskistas en la que participaron absolutamente todos los militanes. Un acta de 1927 deja constancia de las discusiones celebradas antes del XV Congreso: las tesis del Comité Central han sido debatidas en 10.711 reuniones de las células; han asistido a las reuniones 730.862 militantes; han votado a favor de la línea del Comité Central 724.066 de los asistentes; en contra, 4.120 (el 0'5 por ciento) y se han abstenido 2.676 (el 0'3 por ciento). Esas fueron las cifras que logró la oposición unificada, después de que dispusieran de tiempo, dinero y posibilidades de exponer en cuantas reuniones quisieron sus puntos de vista y sus críticas, así como publicar libros y folletos que fueron editados y distribuidos por la imprenta del Estado. En su autobiografía Trotski reconoce que llegó a intervenir hasta en cuatro concentraciones en un mismo día para tratrar de convencer a los militantes del acierto de sus puntos de vista.

Por lo demás, no aparecen por ninguna parte enemistades personales o esos odios tremendos que pretenden los panfletos burgueses. Todo lo contrario; en muchas ocasiones las disputas son fuertes, pero es siempre la oposición la que saca a relucir cuestiones personales y malos modos. Es ilustrativo el comienzo del Informe de Stalin al Comité Central en 1929:

No voy a referirme al factor personal, aunque en los discursos de ciertos camaradas del grupo de Bujarin es cosa que ha jugado un papel bastante impresionante. No me referiré a él, porque el factor personal es una minucia y las minucias no merecen la pena de que nos paremos en ellas. Bujarin hablaba de su correspondencia personal conmigo. Ha leido varias cartas, de las que se desprende que nosotros, ayer todavía amigos personales, discrepamos ahora en política. Las mismas notas han sonado en los discursos de Uglanov y Tomski. Cómo es eso, vienen a decir: somos viejos bolcheviques y de repente nos hablan de discrepancias entre nosotros; no sabemos respetarnos.

Creo que todas estas jeremiadas y lamentaciones no valen un comino. No somos una tertulia familiar, no somos una peña de amigos personales, sino el partido político de la clase obrera. No se debe permitir que los intereses de la amistad personal se coloquen por encima de los intereses de la causa.

Si por lo único que nos llamamos viejos bolcheviques es por ser viejos, mal van nuestras cosas, camaradas. Los viejos bolcheviques no gozan de respeto por ser viejos, sino porque, al mismo tiempo son revolucionarios siempre nuevos, que nunca envejecen. Si el viejo bolchevique se desvía de la revolución o se abandona y se apaga en el sentido político, podrá tener aunque sea cien años, pero no estará autorizado a llamarse viejo bolchevique, no tendrá derecho a decir al Partido que se le respete.

Además, los problemas de la amistad personal no pueden colocarse en un mismo plano con los problemas de la política; pues, como suele decirse, una cosa es la amistad y otra cosa es el deber. Todos nosotros estamos al servicio de la clase obrera, y si los intereses de la amistad personal divergen de los intereses de la revolución, la amistad personal debe pasar a una segundo plano. De otro modo no podemos plantear el problema como bolcheviques.

No me referiré tampoco a las alusiones y acusaciones embozadas de carácter personal que salpican los discursos de los camaradas de la oposición bujarinista. Al parecer, estos camaradas quieren encubrir con insidias y equívocos las razones políticas de nuestras discrepancias. Quieren suplantar la política por la politiquería (2).

Un partido comunista no tiene nada que ver, en su forma interna de organización, con ningún otro partido político, asociación, sindicato o colectivo. No es una organización de masas sino una vanguardia reducida que tiene como misión dirigir a la clase obrera y, a través de ella, a las masas del pueblo. Que un partido comunista se fortalece depurándose, es un principio general que Lenin había tomado de Lasalle. Y éste es justamente el principio fundamental del que la oposición huía como la peste. Ellos se lamentaban de la enfermedad (el burocratismo) pero renegaban del remedio (la depuración) porque, en definitiva, preconizaban que dentro del Partido tenían que coexistir todas las corrientes. Pero la teoría leninista era muy distinta: frente a las desviaciones no sólo hay que emplear la lucha ideológica sino expulsarlas de las filas si no se corrigen.

La burguesía interpreta esto como si se tratara de una especie de defensa de una pureza ortodoxa, en la que no caben discrepancias. Nada más lejos de la realidad. No se trataba de defender unas tesis frente a otras, sino de una línea política. La experiencia del movimiento obrero demuestra repetidas veces que esas pequeñas divergencias teóricas conducen primero a tácticas diversas que degeneran rápidamente en una estretegia de defensa en toda línea del capitalismo. Se trataba, pues, de algo bien práctico y concreto; se trataba -nada menos- que de saber si el país caminaba hacia el socialismo o hacia el capitalismo. Y no había existido en la historia ninguna experiencia semejante, por lo que todo debía improvisarse. Así que nada más normal que los continuos debates que se suscitaron a cada paso.

En el aspecto formal, los oposicionistas tuvieron todas las oportunidades de defender sus criterios en las reuniones y en la prensa, hasta el punto que algunas de las actas de la discusiones habidas en la células de base ponen de manifiesto la saturación de artículos y escritos con que les bombardean los trotskistas. Por otro lado, las decisiones disciplinarias eran adoptadas por la Comisión Central de Control, un organismo independiente del Partido.

Hay además que consignar otro dato importante confirmado por la historiografía contemporánea, a saber, que las depuraciones no tenían por objeto primordial la defensa de las posiciones ideológicas y políticas de la mayoría, sino aspectos mucho más rutinarios y alejados de las disputas sobre la línea o la estrategia. La mayor parte de los depurados en los años veinte no son por simpatías con la oposición sino por razones tales como el alcoholismo, la indisciplina, el desinterés o a falta de formación política. Los motivos de las depuraciones se conocen gracias a que la de 1929 consignó con exactitud los motivos de la expulsiones, y sólo el uno por ciento de ellas tiene una causa política. Si tenemos en cuenta que fue ese año cuando se liquidó a la oposición de derechas encabezada por Bujarin, el dato parece muy concluyente de la falsedad propagandística.

En los años veinte la experiencia del Partido bolchevique demostró no solamente que la oposición no tenía razón, sino que como consecuencia de no expulsar a los oposicionistas, por mantener las disputas en el interior, los problemas se reproducían periódicamente. No solamente los debates sino incluso los protagonistas, eran siempre los mismos porque ni ellos se habían enmendado ni el Partido los había depurado. Las discusiones volvían una y otra vez sobre los mismos temas; no se acababan de zanjar porque las distintas plataformas de oposición nunca quedaban satisfechas y volvían a tratar de intimidar a la dirección con continuas acusaciones de burocratismo.

Las purgas ya fueron iniciadas por Lenin en 1921 de una forma sistemática, en asambleas públicas en las que incluso intervenían obreros no afiliados al Partido. Aproximadamente una cuarta parte de los militantes fueron expulsados, unos 170.000 en total, para reforzar la confianza de las masas obreras en su vanguardia dirigente. Su cohesión y su disciplina se reforzaron, a pesar del descenso en el número de militantes:

añocongresomilitantes
1921X Congreso732.521
1922XI Congreso532.000
1923XII Congreso386.000
1924XIII Congreso735.881

Aunque los disidentes pretendieron aparecer como los campeones de la lucha contra la burocracia, éste era un fenómeno conocido y reconocido por todos los militantes. Numerosas resoluciones al más alto nivel hablan de ello y de la necesidad de atajar el fenómeno. Así se expresaba Lenin en la polémica sobre los sindicatos:

La lucha contra el burocratismo se llevará decenios. Es una lucha difícil, y el que les diga que podemos liberarnos de golpe de las prácticas burocráticas adoptando plataformas antiburocráticas, no es más que un charlatán con inclinación a las palabras altisonantes. Los excesos burocráticos deben corregirse enseguida. Debemos descubrirlos y corregirlos sin llamar bueno a lo malo o blanco a lo negro. Los obreros y los campesinos comprenden que aún tienen que aprender a gobernar, pero comprenden perfectamente que existen excesos burocráticos, y si alguien no quiere corregirlos su culpabilidad es redoblada. Hay que corregirlos a tiempo, como cuando lo señalaron los trabajadores del transporte naviero y no cuando otros lo hacen ver también (3).
La etapa de comunismo de guerra y la guerra civil habían conducido en la práctica a la militarización del Partido bolchevique. Todo el peso del aparato del Estado descansaba sobre las filas bolcheviques y lo impregnaba. Con la nueva política económica no acabó el problema y se vio ingresar en el Partido a muchos de aquellos nuevos ricos, por completo ajenos a la clase obrera. Por tanto las purgas eran imprescindibles para eliminar del interior del Partido a los arribistas sin escrúpulos, así como a todos aquellos advenedizos provenientes de otras organizaciones que sólo pensaban en hacer carrera, en trepar. Había que eliminar las facciones que trataban de sembrar la discordia e introducir la ideología burguesa dentro de las filas de la vanguardia revolucionaria.

El historiador norteamericano Getty ha demostrado en una obra publicada en 1993 (4) que frente a las depuraciones de la época leninista, las que se llevaron a cabo en tiempos de Stalin fueron mucho menos numerosas y apenas alcanzaron a un cinco por ciento de los militantes. Las depuraciones perdieron intensidad con el transcurso del tiempo.

Lo que es importante consignar es que ninguna de las purgas tuvo un objetivo político; nunca se utilizaron las purgas para imponer una determinada línea política, ni para consolidar las posiciones de la mayoría en contra de los disidentes. Y lo que es aún más significativo: ningún miembro destacado de la oposición fue expulsado de las filas del Partido una vez cerrado el debate y votadas la propuestas. Todos ellos permanecieron en sus puestos durante bastante tiempo después y sólo fueron expulsados por razones que nada tuvieron que ver con una discusión que se había zanjado ya tiempo atrás. Ese es el caso de Trotski, de Zinoviev, de Kamenev, de Bujarin, de Radek y de muchos otros. En el caso de Zinoviev y Kamenev fueron redmitidos en el Partido después de su expulsión, para volver a ser expulsados nuevamente, readmitidos y expulsados una tercera.

Estamos, pues, muy lejos de la pretendidas medidas draconianas que nos presenta la propaganda burguesa. Los oposicionistas no sólo tuvieron ocasión de exponer sus puntos de vista, sino que, ante la falta de apoyo entre los militantes, rectificaron sus opiniones originarias varias veces, lo que dio lugar a una inexplicable confluencia entre ellos, cuando habían mantenido posiciones enfrentadas entre sí. Es fácil deducir que, por encima de sus posicionamientos coyunturales, sólo estaban unidos por su lucha contra la mayoría.

En contraposición al supuesto militarismo imperante en el interior del Partido, cabe destacar que por entonces sus Congresos se celebraban cada año, y que además se celebraron importantes Conferencias, hasta el punto de que, como se quejaba Maiakovski, no se podía localizar a un comunista porque estaban reunidos todos los días:

fechareunióndelegados
agosto de 1917VI Congreso157 de pleno derecho
más 128 sin voto
marzo de 1918VII Congreso46 de pleno derecho
más 58 sin voto
marzo de 1919VIII Congreso301 de pleno derecho
más 102 sin voto
marzo de 1920IX Congreso554 de pleno derecho
más 162 sin voto
marzo de 1921X Congreso694 de pleno derecho
más 296 sin voto
marzo de 1922XI Congreso522 de pleno derecho
más 165 sin voto
abril de 1923XII Congreso408 de pleno derecho
más 417 sin voto
enero de 1924XIII Conferencia128 de pleno derecho
más 222 sin voto
mayo de 1924XIII Congreso748 de pleno derecho
más 416 sin voto
abril de 1925XIV Conferencia
diciembre de 1925XIV Congreso665 de pleno derecho
más 641 sin voto
noviembre de 1926XV Conferencia194 de pleno derecho
más 640 sin voto
diciembre de 1927XV Congreso898 de pleno derecho
más 771 sin voto

Además de este cúmulo de Congresos y Conferencias, el Comité Central se reunía cada dos meses y mantenía reuniones conjuntas con la Comisión Central de Control en materia disciplinaria. En sus sesiones intervenían muchas veces delegados de las mayores organizaciones del Partido, como las de Leningrado o Moscú, por lo cual era fácil que reunieran en torno a unos 100 dirigentes del Partido. En un país tan vasto como Rusia; en las condiciones metereológicas de su duro clima; y con la lentitud de los transportes de la época, no se puede hacer una acusación de ausencia de democracia interna sin mucha mala fe o nulo rigor histórico.

Por lo demás, las tesis de la oposición fueron debatidas igualmente en el seno de la Internacional Comunista, donde fueron también ampliamente rechazadas. En consecuencia, si algo se puede decir de los debates y discusiones mantenidos en los años veinte con las disintas plataformas de oposición en el interior del Partido bolchevique, es precisamente que no se podía discutir más, ni más intensamente. Todos los participantes tuvieron las más amplias posibilidades de exponer sus criterios, pero el socialismo no se podía construir sólo con debates sino con medidas económicas y políticas precisas para las que no existían experiencias previas. En cierta medida, por tanto, era lógico el debate por la ausencia de antecedentes históricos. Se conocía cómo se había desarrollado el capitalismo, pero no el socialismo, que era algo completamente nuevo. Naturalmente, los bolcheviques no sólo no contaban con ningun forma de ayuda exterior, sino que los imperialistas venían poniendo toda clase de obstáculos a la revolución. Tampoco podían contar con el expolio de las colonias, como los países capitalistas más desarrollados.

Todo esto demuestra la inconsistencia de sus acusaciones dirigidas contra la mayoría que Stalin encabezaba, y es fácil deducir que la oposición pretenía paralizar la actividad del Partido, que lo conducían hacia un conglomerado de tertulianos. Por tanto, más bien existía el riesgo contrario del que denunciaba la oposición: el riesgo de burocratismo se había convertido en el riesgo de democratismo. No cabe calificar de otra manera lo sucedido en el XV Congreso cuando, además del Informe Político presentado por Stalin, Zinoviev presentó, en nombre de la oposición, su propio contra-informe. La situación era insostenible; se había creado un partido dentro de otro partido.

Secretario General del Partido bolchevique

En marzo de 1922 el XI Congreso del Partido bolchevique decidió crear el cargo de Secretario General y en la primera reunión del Comité Central posterior a dicho Congreso, celebrada un mes después, a propuesta de Zinoviev, designaron a Stalin para el cargo, a pesar de que aún vivía Lenin. Hasta entonces las funciones las había desempeñado Sverdlov pero éste había fallecido en 1919 y nadie se ocupaba de esas funciones desde entonces. Ninguno de los 559 periódicos existentes en la Unión Soviética publicó la noticia, ni siquiera el Pravda. Esto demuestra que nunca existió ninguna forma de culto a la personalidad, a pesar del enorme reconocimiento que tenía el georgiano entre sus camaradas. Desde la Secretaría General, de la que también formaban parte Molotov y Kuibichev, desplegó un metódico trabajo de organización y dedicación a las tareas administrativas del mismo en una etapa muy difícil por la incorporación masiva de miles de nuevos militantes revolucionarios sin experiencia política.

La necesidad de una función de esas caracterísitcas provenía de las fuertes discusiones mantenidas en su seno sobre la cuestión sindical, que había supuesto un serio riesgo de división, y cuyas heridas aún no habían cicatrizado. Todos los militantes eran conscientes del malestar interno y, como dice Trotski, la lucha en las alturas duraba ya cerca de dos años tan en secreto que el Partido en conjunto nada sabía de ella (5). La situación era aún más grave porque Lenin daba síntomas claros de su enfermedad desde hacía algún tiempo y no había nadie con su autoridad para zanjar los debates. Las razones por las cuales fue designado Stalin radicaban ahí precisamente: era necesario un dirigente capaz de preservar la unidad del Partido y con personalidad para no dejarse envolver por las discusiones fraccionales. Eran las mismas razones por las cuales fue elegido para dirigir la Rabkrin, la Inspección Obrera y Campesina, que tenía rango ministerial: iniciativa para dirigir, firmeza, dedicación y capacidad organizativa.

En el XI Congreso Preobrajenki protestó porque Stalin asumía dos ministerios simultáneamente y Lenin, depués de afirmar que no había otro como Stalin para el cargo, replicó: Es una empresa gigantesca. Es necesario que esté dirigida por un hombre que tenga autoridad. De lo contrario nos veremos ahogados en pequeñas intrigas. También desde el puesto de Secretario General Stalin debía combatir esas pequeñas intrigas dentro del Partido que pronto, apenas dos meses después, con la enfermedad de Lenin, iban a convertirse en gigantescas.

En mayo de 1922 Lenin sufrió la primera hemorragia cerebral. Los médicos le aconsejaron un reposo total, así que salió de Moscú hacia Gorki, aunque a los dos días su estado se agravó y quedó paralizado. Luego su salud mejoró un poco y en octubre pudo regresar a Moscú, reanudando su actividad hasta que el 16 de diciembre sufrió un fuerte ataque; en los días siguientes su estado se agravó, quedando inmovilizados el brazo derecho y la pierna derecha. El 23 de diciembre Lenin logró permiso de los médicos para dictar a una de sus taquígrafas, Volodicheva, durante cinco minutos. Así expuso la primera parte de la Carta al Congreso. Al día siguiente lanzó un ultimátum a los médicos: o se le permitía dictar unos pocos minutos todos los días o se negaba a curarse. Por eso se le permitió dictar de 5 a 10 minutos cada día. Los días 24, 25 y 26 de diciembre de 1922 Lenin siguió dictando a sus secretarias Volodicheva y Fotieva su Carta al Congreso.

En lo sucesivo la salud de Lenin fue mejorando poco a poco y los médicos le permitieron dictar de 30 a 40 minutos por día. Muy enfermo, físicamente debilitado, Lenin siguió dictando apuntes hasta el 6 de marzo, cuando sobrevino un empeoramiento repentino de su estado de salud.

En este capítulo de la biografía de Stalin, los tergiversadores de la historia han supuesto que los últimos artículos de Lenin, dictados durante su enfermedad, constituían un verdadero testamento enfilado contra Stalin que demostraría un deterioro de las relaciones personales y políticas entre ambos. En contra de lo que replicó a Preobrajenski en el Congreso de marzo, Lenin se habría apercibido tardíamente de que Stalin asumía un cúmulo importante de funciones en el Partido y en el nuevo Estado, y no era el más capacitado para los tres cargos que ocupaba: ministro de las Nacionalidades, ministro de la Inspección Obrera y Campesina y Secretario General del Partido. Habría tratado de prevenir a sus camaradas de ello para que desplazaran a Stalin de sus funciones.

La veracidad de esas Cartas, así como de los escritos de Lenin elaborados durante su enfermedad, ha sido puesta en duda recientemente por Sajarov en el periódico ruso Molnia, afirmando que se trata de otras tantas falsificaciones fabricadas por la oposición minoritaria dentro del Partido. El cúmulo de extrañezas que rodean esta última etapa de la vida de Lenin, que en definitiva ponen de manifiesto la intensa lucha política e ideológica en que estaba sumido el Partido bolchevique, exige como mínimo analizar pormenorizadamente todos y cada uno de esos escritos que, con reservas, tenemos aquí por auténticos.

Pero por más que esos últimos escritos de Lenin no sean falsos, tampoco se los puede considerar como un testamento porque es impropio de comunistas dejar expuesto lo que otros camaradas deban hacer en circunstancias que es imposible prever de antemano. Resulta de todo punto inaceptable que Lenin, como si de una monarquía se tratara, dejara dispuesto para después de su muerte lo que los militantes del Partido debían acordar en su ausencia. Lenin no obró de ese modo ni siquiera en vida. Además, nadie transmite lo que no tiene, y Lenin no podía designar sustituto para la Secretaría General del Partido porque él no lo era; a su muerte no quedó vacante esa función sino la de miembro del Buró Político, en el que fue sustituido por Bujarin. La otra función que Lenin tuvo en la Rusia soviética fue la de Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo y, ya durante su enfermedad, le sustituyeron Tsurupa y Rikov. Stalin jamás ocupó ese cargo hasta la II Guerra Mundial y parece ocioso recordar que por más que dirigiera dos ministerios, en ese puesto no era más que un subordinado del Presidente del Consejo. Si en algún momento Lenin consideró que Stalin no era la persona más adecuada para desempeñar el papel de Secretario General del Partido bolchevique, los militantes tuvieron ocasión de conocer su criterio y, a pesar de ello, mantuvieron su decisión de que continuara al frente del Partido.

Naturalmente hay otro papel mucho más trascendental que Lenin cumplía: el de dirigente comunista del Partido y del proletariado. Salvo el de miembro del Comité Central, Lenin no necesitó ningún cargo dentro del Partido para que sus directrices fueran seguidas por todos los demás militantes. Para eso no había ningún sustituto. No hubo más que un Lenin, un dirigente respetado y reconocido que nunca necesitó imponerse por la via disciplinaria. No sólo los bolcheviques sino todos los revolucionarios del mundo quedaron huérfanos cuando él falleció. No había testamento capaz de suplir ese hueco. En todas las entrevistas que concedió, cuando a Stalin le preguntaban si se consideraba el heredero de Lenin, respondió negativamente: él no era Lenin, sólo era un alumno de Lenin.

El asunto, tal y como ha quedado planteado por el trotskismo y la burguesía, es aún más absurdo, habida cuenta de que en el Partido bolchevique el Secretario General no era un dirigente al que todos debieran ninguna clase de obediencia. La dirección era colectiva y las pautas las marcaba el Comité Central, tanto en la época en la que Lenin vivía como después de su muerte. Pueden ponerse numerosos ejemplos en los que el voto de Lenin y Stalin quedó en minoría y fueron otras las decisiones adoptadas contra su criterio.

Ahora bien, Trotski tenía otra concepción del Partido. Creía que si él era nombrado heredero de Lenin, podría por fin imponer sus criterios y todos los demás estarían obligados a cumplir sus órdenes. Esa presunción de ocupar el vacío de Lenin estaba en Trotski y en ningún otro militante bolchevique, como lo prueba ampliamente en su biografía de Stalin. Por eso habla de un forma verdaderamente aberrante y despreciativa de sus propios camaradas como segundones y testaferros. Por encima de ellos, en el lenguaje de Trotski, estaban los jefes que, a espaldas de los demás, conspiraban y se apuñalaban por la espalda para quedarse con la herencia. Trotski trató de aprovechar aquellos difíciles momentos en que Lenin estaba incapacitado para modificar la línea del Partido. Pretendió hablar en nombre de Lenin, exponer las auténticas ideas de Lenin que, según él, comenzaban a ser tergiversadas. Él había ingresado en el Partido bolchevique, pero no había modificado ni un ápice sus viejos principios mencheviques, no había rectificado y únicamente pretendía introducirlos en el seno del Partido. Para ello había que falsificar el leninismo y sustituirlo por el trotskismo. Trotski sabía que, por sí misma, su línea no podía cuajar, así que había que poner en boca de la máxima autoridad bolchevique sus propias tesis.

La trascendencia que Trotski y Jruschov (y tras ellos toda la burguesía imperialista) dieron a los últimos escritos de Lenin es lo único que justifica un análisis algo pormenorizado de ellos. Esos escritos se divulgaron -a diferencia de otros que fueron acallados- porque el trotstkista estadounidense Max Eastman vendió el texto de Lenin al New York Times a cambio de una buena cantidad de dólares. No deja de resultar curioso que este mismo periódico, portavoz de los imperialistas estadounidenses, fuera el primero en publicar tanto el testamento como el Informe secreto de Jruschov. Sin embargo, en aquellos primeros momentos Trotski no reconoció la existencia de ningún testamento e incluso desmintió públicamente a Eastman en una carta dirigida al New York Daily Worker el 8 de agosto de 1925, al igual que Krupskaia. Pero luego, en su biografía de Stalin, no sólo alude al testamento sino que se lo inventa y, siempre a su sombra, los revisionistas y los imperialistas han continuado manteniendo esa falsificación histórica, como tantas otras. Finalmente esas cartas fueron difundidas por Jruschov en su Informe secreto ante el XX Congreso celebrado en 1956 para justificar su golpe de Estado bajo la coartada de la crítica del culto a la personalidad y tratando de separar a Lenin de Stalin, como antes había ensayado Trotski.

En esos últimos escritos aparecen afirmaciones nada habituales de Lenin e incluso contradictorias entre sí, por lo que deben tomarse en cualquier caso con suma cautela. Es sabido que Lenin elaboraba meticulosamente todos y cada uno de sus textos, que los corregía y pulía incansablemente hasta encontrar la redacción más precisa y clara. Nada de eso pudo hacer con aquellos escritos, no sólo porque la enfermedad limitaba su capacidad de trabajo sino porque no tuvo ocasión de revisar su dictado. Ninguno de esos artículos está firmado por él, lo cual no significa que no los dictara a sus taquígrafas. Normalmente Lenin recibía la transcripción de sus dictados, los corregía y los firmaba, pero con estos últimos escritos no pudo hacerlo. Por ello mismo, esos artículos y cartas deben ser examinados con especial atención. Aquí analizaremos exclusivamente aquellos que conciernen a la leyenda creada en torno a Stalin.

El texto más conocido es la Carta al Congreso, consistente en varios fragmentos dispersos de un mensaje dirigido al Congreso del Partido cuyo dictado Lenin inició el 23 de diciembre de 1922 y terminó el 4 de enero del año siguiente. En ella se abordan dos cuestiones distintas. Una primera es el aumento del número de miembros del Comité Central y Lenin la dictó el 23, 24, 25, 26 y 29 de diciembre de 1922. La segunda parte de la Carta al Congreso comprende las notas del 24 y 25 de diciembre de 1922 y el 4 de enero de 1923, conteniendo una caracterización subjetiva de algunos miembros del Comité Central.

El mensaje estaba promovido por el temor de Lenin a una escisión y a las pequeñas intrigas, por lo que el Comité Central ganaría en estabilidad ampliándose de 27 a 100 miembros. El mayor peligro de escisión proviene, según dice Lenin, de Stalin y Trotski, de los cuales hace la siguiente caracterización, que citaremos íntegra y literalmente:

El camarada Stalin, llegado a secretario general, ha concentrado en sus manos un poder inmenso y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia. Por otra parte, el camarada Trotski, según ha probado ya su lucha contra el CC con motivo del problema del Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, no se distingue únicamente por dotes relevantes. Personalmente, quizá sea el hombre más capaz del actual CC, pero está demasiado ensoberbecido y se deja llevar demasiado por el aspecto puramente administrativo de los asuntos [...]

Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una pequeñez insignificante, pero creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y de lo que he escrito antes de las relaciones entre Stalin y Trotski, no es una pequeñez o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva.

Además, conviene citar otro párrafo en el que caracteriza a Bujarin, ya que la opinión de Lenin sobre él también se ha manipulado al citarlo parcialmente:
Bujarin no sólo es un valiosísimo y notable teórico del Partido, sino que, además, se le considera legítimamente el favorito de todo el Partido; pero sus concepciones pueden calificarse de enteramente marxistas con muchas dudas, pues hay en él algo escolástico (jamás ha estudiado y creo que jamás ha comprendido del todo la dialéctica).
De entrada, el examen de esta Carta causa una perplejidad inicial por el tono personal y subjetivo que Lenin adopta hacia unos cuantos dirigentes del Partido, algo absolutamente inhabitual en él. Además, en la Carta, como no podía ser de otra manera, Lenin no ordena nada a sus camaradas; hace una propuesta que éstos debían considerar. En cualquier caso, lo que deja bien claro es que no había ninguna clase de divergencias políticas entre Lenin y Stalin, que el primero apunta una serie de rasgos subjetivos de la personalidad de Stalin y el temor de que no sea precisamente el dirigente más adecuado para ocupar el cargo de Secretario General en un momento en el que está en riesgo la unidad del Partido y es necesario actuar con tacto y prudencia. Lenin hablaba de una hipotética situación futura, no del pasado y, en contradicción con lo que había manifestado en el XI Congreso, ahora opina lo mismo que Preobrajenski: que Stalin había concentrado en sus manos un poder inmenso. Es justamente ésto lo que promueve la sospecha acerca de la falsificación del texto, ya que no es probable que Lenin hubiera cambiado de opinión tan rápidamente. Ahí hay una contradicción y esa contradicción se duplica si comparamos este texto con otro muy próximo en el tiempo: el artículo Cómo tenemos que reorganizar la Inspección Obrera y Campesina en el que Lenin propone fusionar la Comisión Central de Control con la Inspección Obrera y Campesina, un órgano del Partido con un órgano del Estado, y todo ello bajo la dirección de Stalin. Eso significaba que Stalin, como dirigente de la Inspección Obrera y Campesina seguía acumulando más competencias adicionales, porque se encargaba también de la Comisión Central de Control del Partido, es decir, que acumulaba ya cuatro cargos. Parece que Lenin había vuelto a cambiar de opinión por segunda vez, de modo que no cabe más que aceptar alguna de estas tres hipótesis: admitir un carácter vacilante y dubitativo en Lenin, afirmar que la Carta al Congreso está falsificada o reconocer que la enfermedad le había privado del uso de sus facultades mentales (con lo cual tampoco cabría atribuir validez a dicha Carta). Cualquiera de la tres opciones aumenta sospechas acerca de esta Carta, de su elaboración y su recorrido posterior.

La leyenda continúa afirmando que Stalin ocultó al Congreso esta Carta de Lenin porque le perjudicaba. Esto sí es plenamente falso. La primera parte de la Carta al Congreso sobre la ampliación del Comité Central fue enviada el mismo día a Stalin, pero no se menciona en ninguna de las actas de las reuniones del Buró Político y ni de los Plenos del Comité Central. Por eso se dice que la ocultó. Ahora bien, no es en esa parte de la Carta donde se alude a Stalin y, aunque no se leyera la Carta, el problema que en ella se aborda, la ampliación del Comité Central, no solamente fue discutido sino que sus propuestas se aprobaron.

Otra cosa sucedió con la segunda parte de la Carta, la que caracteriza a algunos dirigentes del Partido. Este fragmento tardó en llegar a la Secretaría General, esto es, a manos de Stalin, pero no por responsabilidad suya. Fue Krupskaia, la mujer de Lenin, que la tenía en su poder, la que no la entregó al Secretariado ni al Buró Político, como era su obligación, sino a Zinoviev. A su vez, éste se quedó con ella un tiempo sin darla a conocer, como también era su obligación. Hasta el 18 de mayo de 1924, unos pocos días antes de inaugurarse el XIII Congreso del Partido, Zinoviev y Bujarin no informaron a Stalin de la existencia de ese escrito. Tres días después el Comité Central, tras escuchar el informe de la comisión encargada de recoger los papeles de Lenin, adoptó el siguiente acuerdo: Se dará lectura a los documentos, de acuerdo con la voluntad de Vladimir Ilich, en el Congreso, leyéndose en cada delegación y estableciendo que no se reproducirán. Les darán lectura en las delegaciones miembros de la comisión encargada de recoger los papeles de Ilich. Por tanto, quedan muy claros varios hechos que importa consignar para restablecer la verdad histórica. Primero, que los militantes asistentes al Congreso escucharon las opiniones de Lenin sobre los miembros de la dirección. Segundo, que, a pesar del contenido del mensaje, confirmaron a Stalin en el cargo de Secretario General. Tercero, que alguien, violando los acuerdos de no reproducir el mensaje, hicieron copias del mismo que llegaron a manos de los imperialistas.

Por ello, y para terminar con la leyenda, dado que los imperialistas conocían el texto, había que darlo a conocer también a las masas, por lo que, en diciembre de 1927, el XV Congreso del Partido agregó el segundo fragmento a las actas y acordó publicar todos estos apuntes en las Recopilaciones Leninistas. Así que la Carta al Congreso no sólo se conoció sino que se publicó y difundió. En este punto el Informe secreto de Jruschov no era ninguna novedad. Que en manos de los revisionistas, como en las de los imperialistas, la Carta al Congreso haya ganado tanto aprecio sólo explica por su previa manipulación, de la que pretenden extraer falsas conclusiones.

Otro de los últimos escritos de Lenin es su Contribución al problema de las naciones o sobre la autonomización, un artículo dictado el 30 y 31 de diciembre de 1922 en el que Lenin responde al grave problema planteado en Georgia entre dos posiciones divergentes que surgieron con motivo de la formación de la URSS entre Ordjonikidze y Mdivani. La discusión versaba sobre si Georgia debía adherirse a la URSS directamente, como República independiente, o a través de la República de Transcaucasia de la que formaba parte. La política del Partido bolchevique en la región consistía en reforzar la cohesión de las repúblicas de Transcaucasia y prevenir posibles choques entre ellas, mientras que Mdivani -que tenía mayoría en la dirección del Partido Comunista de Georgia- frenaba, de hecho, la agrupación económica y política de las repúblicas de Transcaucasia y procuraba preservar el particularismo de Georgia, haciéndole el juego al nacionalismo burgués, a los mencheviques georgianos.

Lenin criticó las concepciones de Mdivani pero dijo que también Ordjonikidze había mostrado poca flexibilidad en la aplicación de la política nacional del Partido en Georgia. Había cometido errores de mera administración, había emprendido acciones precipitadas en la aplicación de la línea y no siempre contaba con la opinión de la dirección del Partido Comunista de Georgia. No había dado pruebas de cautela en las relaciones con el grupo de Mdivani, hasta el punto de que, al sentirse ofendido por uno de los adeptos del grupo de Mdivani, le dio un golpe. Entonces los partidarios de Mdivani dimitieron de la dirección y dirigieron una queja al Comité Central del Partido bolchevique. El 25 de noviembre de 1922 el Buró Político adoptó el acuerdo de enviar a Georgia una comisión encabezada por Dzherzhinski para que examinara aquella queja.

El 12 de diciembre Dzherzhinski regresó a Moscú y ese mismo día Lenin tuvo una larga entrevista con él. Lenin relacionaba el problema georgiano con el problema general de la formación de la URSS y se mostraba preocupado por la aplicación consecuente de los principios del internacionalismo proletario en la formación de un Estado federal como la URSS. En la carta Contribución al problema de las naciones o sobre la autonomización Lenin criticó a Ordjonikidze y estimó también que la comisión de Dzherzhinski no había sido imparcial en la investigación del conflicto georgiano. Pero atribuía la responsabilidad política de todo eso a Stalin y a Dzherzhinski: Me temo que en esto han tenido un efecto fatal la precipitación y las aficiones administrativas de Stalin, así como su enconamiento contra el decantado socialnacionalismo. Lenin no respaldaba a Mdivani, defendió la Federación de Transcaucasia así como la formación de la URSS pero estimaba que el peligro principal radicaba en el chovinismo ruso de gran potencia y opinaba que la lucha contra este último recaía sobre los hombros de los comunistas de la nación dominante. Por eso, aún defendiendo la misma posición, Lenin centró la crítica en los errores de Stalin, Dzherzhinski y Ordjonikidze, curiosamente, dos georgianos y un polaco a quienes exige un cuidado exquisito en el tratamiento del problema nacional para superar los recelos y los agravios del pasado. A pesar de que no había más que una falta de tacto, Lenin propone sancionar ejemplarmente a Ordjonikidze y se plantea retroceder en la formación de la URSS, limitándola a los aspectos militar y diplomático para dejar a los Estados federados todas las demás competencias.

El 16 de abril de 1923 la taquígrafa Fotieva envió la carta de Lenin al Buró Político, que fue leída en el XII Congreso del Partido. En consonancia con sus indicaciones, se introdujeron varias modificaciones al proyecto de acuerdo del Congreso sobre el problema nacional.

Un tercer texto dictado por Lenin en sus últimos días es el artículo Cómo tenemos que reorganizar la Inspección Obrera y Campesina (Propuesta al XII Congreso del Partido), asunto estrechamente relacionado con la Carta al Congreso. Lenin dictó el guión a principios de enero de 1923 y luego, el 9 y el 13 de enero, su primera variante bajo el título ¿Qué debemos hacer con la Inspección Obrera y Campesina?. Los días 19, 20, 22 y 23 de enero dictó la segunda variante, la definitiva. Continuación directa y desarrollo de este artículo fue otro: Más vale poco y bueno.

En estos artículos Lenin declara que Stalin puede y debe ser mantenido en su cargo y que los miembros de la Comisión Central de Control, un órgano del Partido, que debían ser incluidos en la Inspección, un ministerio, le deben acatamiento. Esto significaba que, en contra de lo expuesto en la Carta al Congreso, las atribuciones de Stalin se iban a ampliar.

Sobre la base de las indicaciones de Lenin, el Comité Central celebrado del 21 al 24 de febrero aprobó con varias enmiendas las tesis para el mejoramiento de la dirección del Partido y adoptó el acuerdo de poner el problema de organización como punto especial de la agenda del XII Congreso. Las tesis preveían el aumento del número de miembros del Comité Central de las 27 personas elegidas en el XI Congreso a 40. Se establecía la presencia de miembros del Presidium de la Comisión Central de Control en el Comité Central y tres de ellos en el Buró Político. Se señalaba que debían someterse a discusión del Comité Central todos los problemas cardinales. El Buró Político debía presentar a cada Pleno del Comité Central un informe sobre su labor durante el período transcurrido.

Trotski se pronunció contra el plan de reorganización de la dirección del Partido. Dijo que la ampliación del Comité Central privaría a este último de las indispensables formalización y estabilidad y supondría el peligro de causar excepcional daño a la precisión y eficiencia de los trabajos del Comité Central y propuso crear, en contrapeso al Comité Central, un Consejo del Partido integrado por miembros y suplentes del Comité Central, miembros de la Comisión Central de Control y dos o tres decenas de representantes de las regiones y organizaciones locales también elegidos en el Congreso del Partido, con poderes de dar directrices al Comité Central y controlar su labor. El Comité Central rechazó las objeciones de Trotski a la ampliación del Comité Central y su idea de crear en el Partido, de hecho, una dualidad de centros, que se contradecía de raíz con las normas leninistas de organización de Partido.

Posteriormente el XII Congreso del Partido aprobó las resoluciones presentadas por el Comité Central: amplió el Comité Central y la Comisión Central de Control y creó un organismo unificado: la Comisión Central de Control-Inspección Obrera y Campesina, todo ello bajo la dirección de Stalin.

Finalmente, hay que consignar un incidente de tipo personal suscitado por aquellas mismas fechas entre Stalin y Krupskaia, que motivó a Lenin a dirigir una última carta a aquel el 5 de marzo de 1923. Por consejo médico, el Partido había ordenado que sólo las personas más próximas a Lenin pudieran vistarle y que bajo ningún concepto se trataran con él cuestiones políticas a fin de que pudiera descansar. Por tanto, únicamente tenían acceso al enfermo su esposa Krupskaia, su hermana María Ulianova y, además, el Partido nombró a Stalin como único militante que podía vistarle y entrevistarse con él. A su manera Trotski presenta esta decisión como si Stalin tratara de mantener aislado a Lenin para engañarle con informaciones falsas: Se instituyeron medidas de aislamiento contra personas de la intimidad de Lenin. Kruspkaia hizo cuanto pudo por sustraer al enfermo de las jugarretas hostiles de la Secretaría. También esto es completamente falso.

Incumpliendo las instrucciones recibidas, en una de sus visitas Krupskaia planteó a Lenin diversas cuestiones políticas. Stalin se enteró de ello y le recriminó por teléfono su comportamiento, no solamente en su condición de esposa, sino también de militante del Partido. El tono de Stalin debió ser grave y severo, e incluso amenazó a Krupskaia con plantear la cuestión a la Comisión Central de Control, es decir, con medidas disciplinarias. Kruspakaia debió sentirse verdaderamente contrariada, ya que como militante del Partido y compañera de Lenin, estaba habituada a charlar con él de cuestiones políticas; no podía contenerse y demostró ser incapaz de separar la vida privada de la política. El caso es que tras la reprimenda de Stalin, Krupskaia acudió nuevamente a su marido y le refirió el reproche que le había dirigido, seguramente inflando la contundencia de la respuesta. También contó a Zinoviev y Kamenev su conversación telefónica con Stalin.

Cualquiera que sea la versión que Kruspakaia le transmitió, Lenin reaccionó enviándo un carta a Stalin el 5 de marzo en la que no plantea ninguna cuestión política sino que le exige que se disculpe con Krupskaia, ya que de lo contrario cortaría la relación personal entre ambos. Volodicheva, la taquígrafa, asevera que Lenin le dijo que la carta era confidencial, y le ordenó entregársela a Stalin y guardar una copia. Es impensable que una divergencia de tipo político se mantuviera en secreto para los demás militantes. Si Lenin lo dispuso de esa forma era precisamente porque sus diferencias personales no debían interferir en el funcionamiento del Partido. Por lo demás, tampoco hubo ruptura entre ambos, sino una amenaza de ruptura provocada por Krupskaia y en base a una información sesgada por parte de ella.

De las manifestaciones expresadas por escrito por María Ulianova, la hermana de Lenin, durante aquella época, se desprende que en aquellas fechas la relación entre Lenin y Stalin no era sólo política, sino personal; Lenin sólo quería hablar con Stalin durante su enfermedad y dio repetidas instrucciones de que fuera precisamente Stalin quien cumpliera determinados encargos que consideraba de interés trascendental. En un mensaje dirigido al Comité Central y fechado el 26 de julio de 1926, María Ulianova dice que Lenin encargaba a Stalin el cumplimiento de ese tipo de encargos que sólo se encomiendan a una persona con la que se comparte una confianza total. Con esta afirmación quizá Ulianova se refería a la petición que Lenin hizo a Stalin, por dos veces, para que, si quedaba completamente paralizado, le suministrara un veneno con el fin de no alargar su agonía. Naturalmente, como en toda relación de amistad, existieron roces entre ambos, que son en los que se apoya la burguesía para suponer una ruptura. Es sin embargo importante poner de manifiesto que esos incidentes fueron de tipo personal, y no político. No hubo ninguna divergencia ideológica de verdadera impotancia entre ambos. Para ser más exactos podemos añadir que hubo dos discrepancias de tipo menor. Una concernía a una petición de Lenin que, habiéndose enterado de que el dirigente menchevique Martov estaba enfermo en Berlin y atravesaba dificultades, le pidió a Stalin que le enviara dinero, a lo que Stalin se negó diciendo que Martov era un enemigo de la clase obrera y que se buscara a otro para ese encargo. El segundo, era el tratamiento de Stalin como ministro de las Nacionalidades hacia Georgia, que ya ha quedado expuesto. Quizá pueda añadirse una tercera divergencia: Stalin se negó a suministrar a Lenin el veneno que éste le pidió.

En su carta a Stalin Lenin decía que las ofensas dirigidas contra su esposa, las consideraba dirigidas contra él mismo. María Ulianova escribió que si Lenin no hubiera estado tan enfermo, hubiera reaccionado de manera distinta a como lo hizo en este incidente porque, según ella, Lenin era una persona que se caracterizaba precisamente por no dejar que las cuestiones personales interfirieran en las políticas. La misma Kruspakia escribió poco después de la muerte de su marido que esto era uno de los rasgos característicos de su personalidad:

El afecto a las personas no influyó nunca en su posición política [...]

La honradez política -en el verdadero, en el profundo sentido de la palabra-, la honradez que consiste en saber renunciar a cualesquiera simpatías o antipatías personales en los enjuiciamientos y acciones políticas propias, no es inherente a todo el mundo y no es fácil poseerla (6).

Por todo ello, es normal que estos últimos escritos de Lenin hayan motivado suspicacias acerca de su falsificación. El tono personalista que enturbia los mensajes es particularmente extraño en alguien como Lenin, reacio a dejarse dominar por el subjetivismo y el personalismo. Pero se trata justamente de eso, de asuntos personales a los que no se les puede conceder mayor importancia. Que los burgueses se dejen atraer por esos asuntos, que concentren en ellos su atención, e incluso que los manipulen para extraer sus propias conclusiones, entra dentro de su visión de la historia. Pero para los comunistas no merecería más allá de unas pocas líneas.

La respuesta de Stalin a Lenin con las disculpas que éste pedía, es aún más confusa por múltiples razones. Primero esa respuesta la redacta Stalin cinco semanas después del incidente, de donde se desprende que hasta entonces no sabía que el altercado había llegado a oidos de Lenin. Segundo, según Sajarov, hay dos versiones de la misma y, lo que resulta aún más sospechoso, ambas aparecen firmadas. Sin embargo, ninguna de las dos respuestas llegó nunca a su destinatario, es decir, a Lenin. Es posible que eso se hiciera por consejo de los médicos, pero la respuesta la redactó Stalin el 7 de marzo y Lenin no quedó definitivamente impedido hasta el 10 de marzo por lo que hubo tiempo suficiente para trasmitirle su contenido. Nunca se ha publicado en castellano, aunque el contenido literal de una de ellas era el siguiente:

Al camarada Lenin de Stalin. Personal

¡Camarada Lenin!

Hace cinco semanas tuve una discusión con Nadesha Konstantinovna, a la que considero no solamente su mujer, sino también una veterana camarada del partido. Le he dicho por teléfono alguna cosa muy parecida a la siguiente:

‘Los doctores han prohibido proporcionar ninguna información política a Ilich. Consideran este método como la forma más ficaz de tratamiento, mientras que usted Nadesha Konstantinovna incumple este método. No está permitido jugar con la vida de Ilich’.

No pienso que se pueda apreciar en esas palabras ninguna grosería o prohibición ‘contra’ usted, ni que yo haya procedido con otros fines que su rápido restablecimiento. Además, pienso que es mi deber comprobar que ese método se observe. Mi explicación a Nadesha Konstantinovna confirma que no ha habido nada salvo un malentendido.

Si usted piensa que para mantener ‘nuestra relación’ tengo que ‘retirar’ las palabras arriba mencionadas, puedo retirarlas pero no comprendo dónde está mi ‘falta’ y qué es exactamente lo que se pretende de mí.

J. Stalin

Trotski jamás aludió al origen del incidente entre ambos y, además, mintió afirmando que se produjo entre ambos una ruptura de tipo político. La oposición, y especialmente Trotski, utilizaron este incidente personal como instrumento en su batalla contra la mayoría del Partido y contra Stalin, con un estilo bastante característico de su manera de obrar. No fue la única vez que Zinoviev manipuló a Krupskaia, que durante esta fase desempeñó un papel bastante negativo, hasta el punto de integrarase en la oposición contra la mayoría del Partido bolchevique. En el momento en que se produce este cruce de cartas, está fraguándose la oposición trotskista. Desde el debate sindical el Partido es un hervidero de discusiones; la Nueva Política Económica está en marcha pero era difícil entonces precisar hacia dónde conducía aquel cúmulo de medidas, algunas de ellas abiertamente capitalistas. Lenin no puede ya asumir la dirección y no hay nadie con autoridad para determinar la línea a seguir.

30 años después en su Informe secreto Jruschov, pese a que sí refiere el incidente, no aclara, sino que, para crear el engaño, encubre que era en realidad Kruspskaia quien había desobedecido las órdenes de los médicos de no molestar a su marido y, por tanto, la causante del incidente.

A los comunistas nos interesa bien poco el testamento de Lenin; por el contrario nos interesa mucho más su herencia, y la verdadera herencia de Lenin no es otra que el leninismo. A su vez, el leninismo es algo que interesa bien poco a la burguesía, como tampoco al trotskismo ni al revisionismo porque nunca defendieron ese legado. Pero dentro del Partido bolchevique pronto se comenzó a debatir qué había significado el leninismo, cuál había sido su aportación al acervo marxista. Zinoviev escribió un folleto con su versión del leninismo, Bujarin hizo otra, la suya y, finalmente, Stalin escribió Los Fundamentos del leninismo, que nada tenía que ver con ninguna de la dos anteriores.

Notas:

  La oposición obrera fue un grupo faccional encabezado por A. Shliapnikov, S. Medvedev, A. Kolontai, I. Kutuzov, Y. Lutovinov y otros, que comenzaron a actuar por primera vez con este nombre en setiembre de 1920 en la IX Conferencia del Partido. Sus tesis eran de tipo anarcosindicalista y preconizaban que la dirección de la economía pasara a los sindicatos, a los que reputaban como una forma superior de organización de la clase obrera, contraponiéndolos al Estado y al Partido. El X Congreso criticó estas posturas y la mayor parte de los miembros de la facción la abandonaron, a excepción de Shliapnikov y Medvedev, que siguieron actuando contra el Partido y haciendo propaganda ultraizquierdista. Así, en febrero de 1922 enviaron a la Internacional la Declaración de los 22.

  El grupo del centralismo democrático era una facción encabezada por M. Boguslavski, A. Kamenski, V. Maximov, N. Osinski y otros que criticaron las tesis leninistas sobre la organización del Partido y de los soviets en el VIII Congreso. En el siguiente Congreso prsentaron tesis propias sobre la economía. Esta facción no admitía el papel dirigente del Partido en los soviets y en los sindicatos, se oponían a la dirección unipersonal y a la responsabilidad individual de los dirigentes de las empresas. Preconizaban la libertad para crear facciones dentro del Partido, la fusión del gobierno con los soviets y la autonomía de los órganos soviéticos locales frente a los centrales. En Ucrania se opusieron también a la creación de comités de campesinos pobres como instrumento de la dictadura del proletariado. Aunque carecían de respaldo popular, contaban con el apoyo de los mencheviques. Desde que fueron derrotados en el X Congreso, sólo continuaron los dirigentes, que en 1923 se unieron a los trotskistas y tres años después formaron el grupo de los 15 dirigido por Sapronov y Smirnov, que fue expulsado en el XV Congreso del Partido.

  Los ignatovistas eran una facción constituida en 1920 en la organización de Moscú del Partido con motivo de la discusión sobre la cuestión sindical, dirigida por E. Ignatov. Al igual que la oposición obrera sus tesis eran anarcosindicalistas y preconizaban que la dirección de la economía fuese entregada a los sindicatos. Negaban el papel dirigente del Partido en la edificación del socialismo, defendían el faccionalismo y también enfrentaban a los sindicatos con el Estado. Desaparecieron después del X Congreso del Partido en el que Ignatov defendió algunas de las tesis de la oposición obrera.

  El llamado grupo de tope era una de las facciones constituidas dentro del Partido en torno a la cuestión sindical a finales de 1920 y comienzos de 1921. Además de N. Bujarin, formaban parte del mismo E. Preobrajenski, Y. Larin, L. Srebriakov, G. Sokolnikov y V. Yakovleva.

(1) V. I. Lenin, Obras, 4 ed. en ruso, t. 32, pág. 434.

(2) J.V.Stalin: «Sobre la desviación derechista en el PC (b) de la URSS», en Cuestiones del leninismo, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1977, pgs.328 y 329.

(3) V.I. Lenin: Obras Completas, tomo 42, pgs. 202 y stes.

(4) J. A. Getty, R. T. Manning: Stalinist Terror. New Perspectives, Cambridge UP, 1993

(4) José V. Stalin: Oeuvres, tomo V, Nouveau Bureau d'Edition, 1980, pgs. 17 a 25.

(5) L.D.Trotski: Stalin, Plaza y Janés, Barcelona, 1967, pg.483.

(6) Nadiezhda Kruspakia: Lenin y el Partido, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pg.24.

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