La guerra fría

Tras su victoria en la guerra, la Unión Soviética se convirtió en uno de los países de mayor peso en la diplomacia internacional y en punto de referencia de todos los pueblos oprimidos del mundo. El prestigio de la Unión Soviética era enorme en aquella época y la militancia de todos los partidos comunistas había aumentado hasta límites insospechados. En un país como Estados Unidos se cifraba en casi un millón. En otros tan dispares como Francia o Chile, formaban parte activa de los gobiernos, sus representaciones parlamentarias eran fuertes e influyentes de manera que se podía decir que eran los únicos Partidos que habían logrado resistir la tremenda represión desencadenada durante la ocupación fascista. La burguesía, por el contrario, se hallaba fragmentada en numerosas facciones desorganizadas y desacreditadas ante el pueblo, hasta el punto de que en varios países únicamente se sostenía en el poder gracias al apoyo del Ejército anglo-norteamericano.

Las conferencias de Teherán (1943), Yalta (1945) y Potsdam (1945) demostraban que los imperialistas, que lo habían intentado todo para acabar con los soviets, se veían forzados, por primera vez, a sentarse en la misma mesa de negociaciones con los comunistas. En aquellas cumbres los países capitalistas más importantes no tuvieron más remedio que reconocer el papel decisivo que la Unión Soviética estaba desempeñando en la derrota de las fuerzas del Eje, y el puesto clave que había conquistado en la arena internacional. Ya no tenían las manos libres para dirigir el mundo a su antojo.

Pero aunque los imperialistas insistían en su idea del expansionismo soviético, la Unión Soviética no era la causante única de esa situación; eso también había cambiado porque era toda la correlación de fuerzas la que se había modificado sustancialmente en la posguerra en contra de los intereses imperialistas. Ese desequilibrio fue propiciado por dos factores que concurrían en la misma dirección:

— la bancarrota de la burguesía en gran parte del mundo (especialmente en Europa) que conduciría a la creación de todo un bloque de países socialistas y a la presencia de partidos comunistas en los gobiernos de otros

— la revolución china en 1949, en Indochina, en Corea y la apertura de un proceso de descolonización en todo el mundo que atacaba directamente las antiguas áreas de influencia del imperialismo.

La guerra había terminado con un fuerte golpe contra el capitalismo, incluso en potencias que antes habían sido de primera fila. Alemania y Japón habían sido derrotadas; Gran Bretaña no estaba en condiciones ni de hacer frente a la nueva situación y ni siquiera de mantener sus viejas posiciones coloniales; la situación de Francia era aún mucho mucho peor. Todo conducía a que los destinos del imperialismo debían ser asumidos en las manos de Estados Unidos, el gran beneficiado económica y estratégicamente por la guerra. Para ellos la guerra había sido el mejor de los negocios, del que salía como cabeza del campo imperialista.

Pero a su vez, en Estados Unidos se pusieron se manifiesto dos líneas diferentes para confrontar la nueva situación:

— una línea de adaptación a la nueva situación, de aceptación de la Unión Soviética como fuerza internacional y, en consecuencia, de mantenimiento del diálogo internacional como se había venido practicando en las últimas fases de la guerra. Esta posición puede identificarse con Roosvelt, Wallace, Hopkins, Stimson y Stettinius.

— una segunda línea de confrontación, de hostilidad, que pretendía cambiar la nueva correlación de fuerzas atacando a lo que consideraban su núcleo esencial, la Unión Soviética. Es la tesis de personajes como Truman o Kennan que, finalmente, acabará imponiéndose bajo el calificativo de guerra fría.

Roosvelt murió en 1945 y todo su equipo de gobierno fue purgado. De los diez miembros de su gabinete, seis dimitieron o fueron sustituidos ya antes de la Conferencia de Postdam. De los cuatro que quedaron, dos abandonaron el gobierno a finales de 1945 y los otros dos a finales de 1946. Fueron ellos los que reconociero la nueva correlación de fuerzas surgida en el curso mismo de la guerra y se mostraron partidarios de proseguir la política de colaboración con la Unión Soviética. De aquel grupo destacaban Stimson, Secretario de Guerra, y Wallace, Secretario de Comercio, quien elaboró un memorándum criticando el giro dado por Truman a la política exterior norteamericana y proponiendo proseguir el entendimiento y la colaboración con Moscú en pro de la paz internacional. También Harry Hopkins se distanció de Truman afirmando que los soviéticos no sólo no experimentan deseo alguno de pelear con nosotros, sino que están dispuestos a ocupar su puesto en los asuntos mundiales mediante una organización internacional y que, sobre todo, desean mantener con nosotros relaciones amistosas. Si el Kremlin no era el verdadero enemigo de la paz mundial ¿dónde se escondían los enemigos de la distensión? La respuesta de Hopkins fue terriblemente sincera: se hallan ni más ni menos que en el mismo interior de Estados Unidos, dentro de los círculos reaccionarios y militaristas que durante la guerra no habían ocultado sus simpatías por Hitler y el nazismo. Y escribió: A lo que el pueblo norteamericano ha de consagrar su atención es al hecho de que hay en Norteamérica una minoría que, por diversidad de razones, desearía haber visto a Rusia derrotada en la guerra y que, antes de que nosotros entrásemos en la lucha, decía que lo mismo daba que venciesen Alemania o Rusia. Esa minoría, pequeña pero vociferante, aprovechará todas las diferencias entre nosotros y Rusia para perturbar nuestras mutuas relaciones. Hay en Norteamérica multitud de gente que vería con agrado que nuestros Ejércitos atravesasen Alemania, después de que ésta fuera derrotada, para pelear contra Rusia. Esa gente no representa a nadie más que a sí misma, y ningún gobierno digno de tal nombre que funcione en nuestro país debe permitir que ese grupo influya en nuestras relaciones oficiales. Hopkins finalizaba así sus advertencias: Nuestra política rusa no ha de ser dictada por personas que tienen el prejuicio de que es imposible entenderse con Rusia y que nuestros mutuos intereses forzosamente habrán de chocar y al fin de conducirnos a la guerra. Desde mi punto de vista esta actitud es inadmisible y sólo puede llevarnos al desastre (1).

Sin embargo, fue esa minoría pequeña pero influyente dentro de los círculos de la gran industria y el Ejército, la que tomó las riendas de la política norteamericana desde la muerte de Roosvelt en abril de 1945. Un balance del escritor norteamericano Horowitz le lleva a concluir que el 23 de abril de 1945 los rusos se enfrentan con una nueva y hostil dirección política americana, dispuesta a abandonar la coalición de guerra realizar abiertas presiones contra sus antiguos aliados. Además se dieron cuenta enseguida de que esta nueva dirección americana no tenía intención de ofrecer ayuda a la Unión Soviética para su programa de reconstrucción [...] Es más, durante este periodo y el inmediatamente anterior los rusos fueron testigos de una expansión en escala prodigiosa del poder americano (2).

Las elecciones de 1948 resultaron dramáticas para las fuerzas progresistas norteamericanas que habían cifrado sus esperanzas en Wallace, el antiguo colaborador de Roosvelt. Wallace tuvo que formar un tercer partido para presentarse a las elecciones, pero fracasó.

Después de eliminar a los colaboradores de Roosvelt, Truman formó un nuevo gabinete para llevar adelante los planes de confrontación, cuyos ejes de actuación fueron los siguientes:

— en el terreno económico, el plan Marshall, la reconstrucción económica de todos los países de Europa, la creación de un nuevo sistema monetario en Bretton Woods que favorecía al dólar y el despliegue de toda una serie de instituciones financieras, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, bajo control de los imperialistas

— en el terreno diplomático, la eliminación de las consultas mutuas, la reanudación del bloqueo y las presiones así como la construcción de toda una serie de bases militares rodeando las fronteras externas de la Unión Soviética

— en el terreno militar, la creación de bloques agresivos como la OTAN, el despliegue de la intimidación atómica y el rearme, especialmente estratégico que los imperialistas siempre consideraron como el factor esencial y determinante de su fuerza

— la fuga y posterior incorporación de nazis y criminales de guerra al espionaje y los aparatos de seguridad, tanto en Estados Unidos como en Alemania y otros países, creando la red Gladio y fomentando los atentados de la extrema derecha

— en el terreno ideológico, una campaña sin precedentes de intoxicación propagandística para acabar con el enorme prestigio que gozaba la Unión Soviética en general y Stalin en particular, que desembocó en el maccarthysmo y la caza de brujas, tanto en Estados Unidos como en Alemania.

Además, Truman apruebas dos leyes represivas. Una, la ley Taft-Hartley impedía el acceso de los comunistas a los sindicatos, favorecía los cierres patronales como instrumento capitalista de presión contra los obreros y, en definitiva, frenaba las luchas obreras, que se habían disparado en la posguerra. La ley McCarran autorizaba el establecimiento de campos de concentración por todo el país para internar masivamente en ellos a los opositores, por decisión del Presidente cuando considere que ponen en peligro la seguridad o conspiran contra Estados Unidos.

Estas medidas, generalizadas en todos los países capitalistas, demuestran que la guerra fría no iban sólo enfiladas contra la Unión Soviética y demás países socialistas, sino contra el comunismo en general.

Los imperialistas no iban a dar ni un minuto de tregua a la Unión Soviética. Querían acabar con su prestigio y frenar el desplome capitalista. Pusieron en juego una feroz campaña anticomunista por todo el mundo, lanzaron dos bombas atómicas, iniciaron grandes persecuciones así como una campaña de intoxicación contra los países socialistas y, muy particularmente, contra Stalin. El Partido Comunista alemán fue prohibido y en Francia e Italia fueron desalojados del gobierno.

En 1945 Yalta había marcado el tope que en cuanto a colaboración con la Unión Soviética estaban dispuestas a alcanzar las potencias occidentales. Con el debilitamiento del nazi-fascismo y la bancarrota de los imperios tradicionales de Gran Bretaña y Francia, unido al poder y la confianza que los nuevos dirigentes de Washington depositaron en el armamento nuclear, hizo que Estados Unidos creyeran que podían dictar por sí mismos los destinos del mundo. De Gaulle les estorbaba muy poco, y el laborista Attle (que ocupaba el puesto de Churchill desde las elecciones de julio de 1945) no podía mantener el Imperio Británico en pie más que acatando las instrucciones de su socio mayor de la otra orilla de Atlántico. Sólo quedaba por saber si la Unión Soviética cedería ante el chantaje nuclear.

Los norteamericanos acusaban a Moscú de no respetar los acuerdos de Yalta. Pero ya con el nuevo arma atómica en sus manos, fueron ellos mismos quienes empezaron a cuestionar la validez de estos acuerdos. Comenzaron a decir que tanto lo convenido en Yalta, como la creación de las Naciones Unidas en San Francisco, no habían sido más que concesiones vergonzosas al comunismo. Sin embargo, el Secretario de Estado norteamericano E. Stettinius, que estuvo con Roosvelt en Yalta, reconoció que la Unión Soviética hizo más concesiones a Estados Unidos y a Gran Bretaña de las que le hicieron a ella, añadiendo Horowitz que todos los acuerdos alcanzados eran, en cierto modo, concesiones soviéticas (3). Por su parte, el asesor de Roosvelt en la Conferencia de Yalta le pasó una nota en el curso mismo de las conversaciones en la que se podía leer: Los rusos han concedido tanto en esta Conferencia que no creo que debamos abandonarles (4). Por lo que se refiere a la de San Francisco, el conocido periodista norteamericano del New York Times, James Reston, comentó en su columna del 12 de junio: El balance de la Conferencia arroja, según han comentado los delegados, diez concesiones de Rusia que han contribuido en gran medida a la liberación de las propuestas de Dumbarton Oaks (5).

A pesar de todo ello, una vasta campaña de prensa fue puesta en funcionamiento con objeto de desprestigiar a la Unión Soviética y apaciguar las simpatías que se había ganado entre las masas norteamericanas por su contribución decisiva a la derrota del nazi-fascismo. Según esta campaña propagandística, Roosvelt había cedido ante lo que llamaban con su habitual demagogia las pretensiones expansionistas de Moscú. Roosvelt había legalizado ese expansionismo soviético en Yalta y San Francisco y además, se decía, la Unión Soviética incumplía esos acuerdos en aquellos aspectos que frenaban su expansionismo.

Pero ante el problema que se planteó de quién había hecho las concesiones y de quién había de hacerlas en el futuro, los alumnos de West Point pensaban, con su lógica propia, que no deberían ser ellos, los fuertes, sino los débiles, los que no tenían la fuerza de las nuevas armas atómicas, los que debían ceder. Otros iban mucho más lejos y mantenían que ni siquiera había que sentarse a discutir con la Unión Soviética: bastaba que Estados Unidos dictaran sus condiciones y lanzaran un ultimátum con la amenaza de llevar sus bombarderos atómicos a quienes no las aceptaran. Había que obligar a los soviéticos a ceder y capitular frente a las pretensiones del imperialismo norteamericano: Dada la hipótesis de que el poder soviético era débil e inestable -escribe Horowitz- la necesidad de llegar a un acuerdo con él pasaba a un segundo plano. La Unión Soviética no podía ya ser tomada en cuenta como una potencia de primera fila. Había que aprovechar su gran debilidad de posguerra para hacerla retroceder en todos los campos, revisar los acuerdos adoptados durante la guerra, acabar con las negociaciones e imponer unilateralmente los intereses del imperialismo norteamericano.

Pero el mencionarlo aquí no está de más para poner de relieve que no fue la Unión Soviética quien violó los acuerdos de Yalta, sino precisamente las potencias capitalistas, y Estados Unidos en primer lugar. En contraste con la campaña que posteriormente desataría por su cuenta, Churchill manifestó poco después de la cumbre de Yalta, en su discurso a la Cámara de los Comunes: La impresión que he recogido en Crimea y en todos los demás contactos que he llevado a cabo es que el mariscal Stalin y los líderes soviéticos desean vivir en paz con las democracias occidentales. Creo también que cumplirán su palabra. No conozco ningún gobierno que cumpla sus obligaciones, incluso en perjuicio propio, hasta el extremo que lo hace la Rusia Soviética [...] Muy sombrío sería desde luego el futuro de la humanidad si se produjese una terrible escisión entre las democracias occidentales y la Unión Soviética, si todas las futuras organizaciones mundiales quedasen partidas por la mitad y si nuevos cataclismos de inconcebible violencia destruyesen todo lo que queda de tesoros y libertades de la humanidad.

Mientras en Estados Unidos se acusaba a la Unión Soviética de violar los acuerdos de Yalta, A.H.Vandenberg escribía ya el 7 de marzo, pocos días después de la cumbre, que aquellos acuerdos debían ser revisados. Y esto fue lo que la delegación norteamericana en la Conferencia de San Francisco (de la que Vandenberg formaba parte como Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado) trató de llevar a cabo por medio de ocho enmiendas a la Carta de la ONU en las que se solicitaba que el Consejo de Seguridad tuviese facultades para revisar los Tratados vigentes, incluyendo el de Yalta, por supuesto. De nuevo se olvidaba la experiencia de la Primera Guerra Mundial, cuyos tratados de paz habían intentado derogar los revanchistas nazis, consigna que sirvió a Hitler para auparse al poder y cuyo incumplimiento había favorecido el rearme de Alemania.

La política imperialista de romper el clima de colaboración imperante durante la guerra se manifestó en un principio y con mayor intensidad en las posiciones de Churchill de no transigir jamás con los dirigentes del Kremlin. Cuando en Yalta se discutía el derecho de las colonias a la autodeterminación y a la independencia, Churchill estalló diciendo que él no consentiría, en circunstancia alguna, que las Naciones Unidas se entrometieran en lo que constituía la mismísima vida del Imperio Británico. Habló con cierta prolijidad y con determinado vigor respecto a su histórica aserción en la que garantizaba que, mientras el fuese primer ministro, jamás cedería el menor jirón de patrimonio inglés (6). Pero pronto él, como su sucesor en Downing Street, tuvieron que reconocer la realidad de los hechos y ceder el sitio para que Estados Unidos ocuparan su lugar con una forma renovada de colonialismo -el neocolonialismo- más acorde con los tiempos que se avecinaban. Así, ya antes de la guerra J.McCormack pudo escribir que en tanto que los dominios británicos se encogen, los dominios americanos deben expandirse y donde la dominación inglesa termina, la coerción americana debe empezar (7).

Si a todo esto añadimos el monopolio que Estados Unidos tenía sobre el arma nuclear y la confianza y seguridad que este hecho les proporcionaba tendremos una visión mucho más aproximada del Estado de ánimo de esa pequeña camarilla vociferante de que hablaba Hopkins. En sus Memorias Zhukov narra una anécdota que observó en la conferencia de Postdam: Truman trató de intimidar a Stalin informándole de que Estados Unidos acababa de experimentar con una bomba potentísima, sin decirle de qué tipo. Él y Churchill se le quedaron mirando, tratando de comprobar la reacción de Stalin, de verificar si la noticia le había impresionado. Pero Stalin no pestañeó; ni dijo nada, ni se inmutó, ni siquiera hizo ningún gesto. En sus Memorias Churchill concluye que lo que ocurrió fue que Stalin no se había enterado de lo que Truman acababa de decirle. La versión de Zhukov es bien distinta: al regresar de la reunión, Stalin le comentó a Molotov lo que Truman acababa de decirle; Molotov le comenta que los imperialistas querían ‘subir el precio’, y Stalin le respondió: ‘Que lo suban. Hay que hablar con Kurtchatov para que acelere nuestro propio trabajo’. Miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, Kurtchatov ultimaba los preparativos para que el Ejército Rojo dispusiera de su propia bomba atómica.

A diferencia de Jruschov y los revisionistas, Stalin consideraba que ni la bomba ni ningún nuevo medio técnico de ninguna especie cambiaría la naturaleza del imperialismo. La bomba atómica era un acontecimiento importante pero en ningún caso decisivo.

El abuso diplomático del monopolio atómico fue uno de los que propiciaron la dimisión de Stimson quien insistía sobre la necesidad de proponer a los rusos una asociación sobre la base de la cooperación. Sugería que los tres grandes detuvieran la producción de bombas comprometiéndose a no emplearlas sin común acuerdo y sellando las que pudieran existir. Preconizaba además el intercambio de información sobre el desarrollo de la utilización pacífica de la energía atómica. Naturalmente Washington no podía aceptar esto: ellos iban muy por delante de los soviéticos en el campo nuclear, tenían una gran ventaja en el dominio de esta tecnología y sólo británicos y canadienses tenían conocimientos exactos de alguno de los misterios del armamento nuclear. Fue por ello que estos tres países se lanzaron frenéticamente a desarrollar esta tecnología con el fin de ganar tiempo y obtener una ventaja sustancial sobre la Unión Soviética. No podían desaprovechar la oportunidad de manera que boicotearon todos los planes destinados por la ONU a frenar la carrera de armamento nuclear. Es más, emitieron una declaración conjunta que eliminaba toda posibilidad de cooperación entre los tres grandes que, nueve meses antes, en Yalta, habían reafirmado su voluntad común de mantener y reforzar en la paz futura la unidad de fines y de acción que había permitido en la guerra la victoria de la Naciones Unidas no eliminaba toda posibilidad de una solución negociada en la marco de la joven ONU (8). Pero igualmente, no pasaría mucho tiempo antes de que las conversaciones de desarme quedaran totalmente bloqueadas también en las Naciones Unidas.

Las conversaciones de desarme no interesaban a los imperialistas. Pero no les interesarton entonces, cuando ellos tenían el monopolio sobre el arma mortífera. Comenzó a interesarles después, cuando la Unión Soviética dispuso de idénticas posibilidades atómicas. Entonces empezaron a hablar de desarme, bien entendido que cuando hablaban de desarme querían decirme que era la Unión Soviética quien debía desarmarse.

El enfrentamiento con la Unión Soviética se mantuvo secreto en un principio; llevarlo a la calle de buenas a primeras hubiera supuesto ganarse la enemistad del pueblo norteamericano, así como desenmascararse abiertamente ante todo el mundo como una potencia belicosa y agresiva, similar a las que habían sido derrotadas en la guerra. Formalmente proseguían los encuentros a alto nivel, las negociaciones y los intercambios de mensajes. La propaganda antisoviética se reservaba a ciertas cadenas de prensa, como la de Hearst, que lanzaban todo tipo de bulos acerca de la inminencia de una invasión del Ejército Rojo hacia el oeste de Europa, y criticaban la blandengue política exterior de Truman. La inestabilidad de algunos Estados europeos y el miedo de la burguesía a la revolución daba crédito y aireaba todos los bulos acerca de la inminente invasión del Ejército Rojo. Favorecían y se aprovechaban del clima de guerra fría con el fin de obtener apoyo más decidido -generalmente de tipo militar y económico- del imperialismo estadounidense.

Fue Churchill quien en su famoso discurso de Fulton (Estados Unidos) en marzo de 1946 levantó a los cuatro vientos toda la demagógica propaganda que se estaba organizando. Es así como se dio crédito a los más fantásticos planes agresivos del Ejército Rojo y se inventaron hasta la saciedad las más fantásticas aventuras de espionaje con el fin de depurar los gobiernos y la administración de los sospechosos de simpatizar con el comunismo y apretar filas en torno a Truman y sus planes agresivos y militaristas.

Stalin respondió al discurso de Chuchill con una entrevista en Pravda publicada el 14 de marzo que -naturalmente- no tuvo tanta acogida en la prensa occidental como el discurso de Fulton. En la entrevista Stalin comparaba a Churchill con Hitler, le acusaba de racismo y le reprochaba su incitación a una nueva guerra. Le acusaba también de proponer compartir la hegemonía mundial con Estados Unidos bajo la tesis de que sólo los países angloparlantes estaban capacitados para ello. Pero si las naciones han vertido su sangre en el curso de cinco años de terrible guerra -decía Stalin- ha sido por la libertad y la independencia de sus países y no para remplazar la dominación de los Hitler por la de los Churchill.

Continuaba Stalin desvelando la hipócrita política del imperialismo británico, que había propuesto prorrogar por otros cincuenta años el tratado de alianza existente con la Unión Soviética: eso sólo es posible -decía- porque para ellos los tratados internacionales son papel mojado, porque no piensan cumplir sus compromisos.

Pero Churchill, aunque en aquel momento era jefe de la oposición en el Parlamento británico, no representaba el pensamiento oficial de ningún país, por lo que no podía comprometer a nadie que no fuese su propio partido. A pesar de ello, estalló una violenta oleada de protestas en la opinión pública mundial contra sus declaraciones y contra el clima artificial de enfrentamiento que estaba gestando el bloque imperialista. El propio Truman, que se hallaba presente en el mitin de Fulton, tuvo que reconocer que desconocía el contenido de la declaración de Churchill y que no representaba la política oficial de su gobierno.

Por tanto, se decidió mantener aún en secreto la política de guerra fría y de enfrentamiento con la Unión Soviética, hasta que en marzo de 1947, un año más tarde, Truman expuso abiertamente las mismas ideas de Churchill ante el Congreso norteamericano. La excusa era la guerra civil de Grecia y la situación política en Turquía. Aquel discurso se conoció más tarde como la doctrina Truman y hacía referencia al relevo que los estadounidenses iban a hacer de los británicos en aquellos dos países, incapaces de sostener en Grecia a la camarilla de reaccionarios griegos, monárquicos y ex-nazis, que estaba a punto de ser derrocada por el EAM (Frente Nacional) que representaba a todas las fuerzas populares que habían liberado a su país de la ocupación hitleriana y contaban con el respaldo unánime del pueblo griego. Según Truman y la propaganda imperialista, el EAM estaba sostenido por Moscú, extremo éste que todos los historiadores han reputado completamente falso. De la misma manera se achacaba la inestabilidad del gobierno reaccionario turco a la agitación de los comunistas y a las presiones de la Unión Soviética sobre el gobierno.

Los británicos se habían visto totalmente incapaces de mantener a ambos Estados dentro de su órbita de influencia y Truman manifestó oficialmente que tomaba el relevo de los británicos para sostener ambas dictaduras enviando apoyo económico y militar que declaró estar dispuesto a ampliar a todos aquellos gobiernos que luchasen contra las minorías armadas y contra la infiltración comunista procedente del exterior. Es así como Estados Unidos inició su política de sostener a las más sanguinarias y corruptas camarillas gobernantes repartidas por todo el mundo, aún a costa de acabar con los pocos gobiernos democráticos que aún quedaban en el bloque capitalista.

Kennan, diplomático estadounidense destacado en la Unión Soviética desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países en 1933, expuso la teoría oficial de la guerra fría, calificada como doctrina de la contención. Inicialmente esta doctrina la elaboró en un informe reservado para el secretario de la Armada (Ministro de la Marina de Guerra) a finales de 1946, aunque después de aparecer la doctrina Truman se publicó sin firma en la revista Foreign Affairs en julio de 1947 bajo el título Los orígenes de la conducta soviética.

Es cierto que la doctrina de la contención de Kennan no se ha entendido nunca -tampoco entonces- en su extraordinaria sutileza. Siempre se ha considerado como una estrategia militar de freno de esa supuesta expansión comunista emprendida por la fuerza militar. Pero, como insiste Kennan, no me refería a la contención por medios militares de una amenaza militar, sino a la contención política de una amenaza política, por lo que no tiene nada que ver con el cerco de la Unión Soviética con bases militares, cohetes estratégicos y armas nucleares. Los rusos no aspiraban a invadir ningún país, reconoce Kennan, y, por tanto, la guerra no era inevitable. El desafío que la Unión Soviética planteaba en la posguerra era político y, por tanto, había un terreno medio de resistencia política en el cual podíamos batirnos con buenas posibilidades de éxito. Era un error responder a un reto político con medidas militares, dice Kennan, porque el verdadero núcleo del problema radica en los partidos comunistas locales y en que esos partidos eran los vehículos de la voluntad de Stalin.

¿Cómo responder a ese desafío? ¿Qué medidas tomar? Desde luego nada de concesiones, propone Kennan, sino todo lo contrario; que no se deba recurrir a las armas (y menos a las armas nucleares) no significa para Kennan preconizar algún tipo de relajación; lo que se debe hacer es tensar la cuerda sin llegar a romperla: El antagonismo soviético-norteamericano podía ser grave sin que hubiese que recurrir forzosamente a la guerra para resolverlo. Ahí está definida la esencia de la guerra fría, ese es el terreno medio de resistencia política frente al comunismo.

Pero Kennan no se queda ahí porque, desde el observatorio privilegiado de la embajada estadounidense en Moscú conoce al primer país socialista y a su máximo dirigente, Stalin. A Kennan no le cabe ninguna duda de que el verdadero problema es Stalin, es decir, el comunismo. Cuando él temía la implantación de los partidos comunistas locales, lo que en realidad le preocupaba no era su voluminosa afiliación, ni su presencia pública, ni sus votos; era su misma naturaleza comunista, su ideología revolucionaria, lo que había que destruir. El objetivo era que esos partidos comunistas locales dejaran de ser vehículos de la voluntad de Stalin, lo cual comenzó a cumplirse, añade Kennan, primero con Tito y luego con la propia muerte de Stalin, momento en el que surgen las discrepancias con China: la doctrina de la contención perdió en gran parte su razón de ser con la muerte de Stalin y el desarrollo del conflicto chino-soviético.

El artículo desató una gran discusión porque la opinión pública simpatizaba con la Unión Soviética. Fue necesaria una gran campaña propagandística para cambiar esa corriente de admiración hacia el socialismo y su gesta durante la guerra. La guerra fría jamás hubiera podido continuar sin cambiar en profundidad ese sentimiento espontáneo y volverlo del revés. Al más puro estilo nazi se inició una gigantesca campaña publicitaria que trataba de alertar sobre unos peligros de subversión comunista y llamaba a defender la seguridad del mundo libre donde la democracia se extinguía paulatinamente (o a golpe de cuartelazo) y en su lugar se imponían regímenes que todo el mundo confiaba enterrados definitivamente. Con la excusa de contener la expansión comunista y de su propia seguridad, Estados Unidos pretendió erigirse en árbitro de todos los conflictos mundiales. Llevaron sus fronteras desde el Atlántico 10.000 kilómetros más allá de sus orillas, hasta la puerta misma de la Unión Soviética con el fin de instalar allí una red de bases militares agresivas y plataformas de injerencia y espionaje. La frontera norteamericana estaba en el Rhin, en el Elba, en Grecia, en Turquía, en Irán, en Filipinas, en China, en Corea; su frontera marítima en el Mar del Norte, en el Báltico, en el Mediterráneo, en el Mar Rojo, en el Océano Índico.

Uno de los caballos de batalla que utilizaba asiduamente Churchill en esta campaña antisoviética era la no retirada de las zonas de ocupación militar efectiva que se habían alcanzado en el campo de batalla hacia las previstas en Yalta. El rápido avance de los Ejércitos aliados a finales de la guerra en Europa a causa de la rendición sistemática de la Wehrmacht en el frente occidental, hizo que los límites previstos en Yalta fueran sobrepasados por los aliados. Esa ocupación militar de hecho era la que Churchill quería retener, violando una vez más los acuerdos adoptados. Por otro lado, esto equivalía a detener el funcionamiento del sistema de control tripartito de Alemania, también previsto en Yalta. Además, Churchill presionaba a Truman continuamente para que las tropas norteamericanas que ocupaban Europa no fueran trasladadas al Pacífico, donde la guerra con Japón no había concluido aún. De manera que por todos los medios trataba de poner frente a frente en Europa al Ejercito Rojo con el norteamericano. Esto, unido al ultimátum unilateral impuesto a Japón, a la admisión de Argentina en las Naciones Unidas, a la separación de Formosa de China continental tras la revolución de 1949, a las propuestas de Vandenberg en la Conferencia de San Francisco y a un largo etcétera de acciones del imperialismo en la posguerra, es suficiente para mostrar claramente cuáles fueron las violaciones de los acuerdos firmados en Yalta y quiénes son los responsables de las mismas.

La política de romper el clima de colaboración con la Unión Soviética se consolidó a fines de 1945 cuando prácticamente se celebraron las últimas conversaciones y consultas mutuas. Comenzaba así un periodo de diez años en el que no tuvo lugar ninguna entrevista entre los Jefes de Estado soviético y norteamericano. Y lo que es peor, se comenzó ya en todos los medios de comunicación una furibunda campaña de propaganda negra destinada a convencer a todo el mundo de que, efectivamente, la Unión Soviética era un peligro para la paz mundial, de que pretendía invadir Europa para imponer regímenes comunistas en los países occidentales, de que numerosos agentes subversivos se estaban infiltrando desde Moscú por todas partes y de que esto era origen de todos los males y desgracias que asolaban al mundo. Según esto, las democracias occidentales se veían obligadas a defenderse, a prohibir las actividades de los partidos comunistas, a intensificar las depuraciones y la caza de brujas y a tomar todo tipo de medidas represivas contra las reivindicaciones populares teledirigidas desde Moscú. Los siniestros personajes que habitaban el Kremlin eran los culpables de todos los padecimientos de los pueblos en la posguerra. Ellos eran también los responsables de los infinitos crímenes cometidos contra sus pueblos; en la Unión Soviética y en Estados de democracia popular la gente vivía en la más completa miseria, presa del hambre, las enfermedades y la tiranía más brutal jamás conocida por la Historia.

Sin embargo fueron muchos quienes dentro de esta furiosa embestida propagadística supieron ver la realidad con sus propios ojos. Así, E.Roosvelt, hijo del antiguo Presidente, reconocía en 1946 que fueron Estados Unidos y Gran Bretaña los que primero blandieron el puño de hierro, los que primero anularon las decisiones colectivas. Por su parte, T.Alsons escribía el 12 de diciembre de 1949 en el New York Herald Tribune: Uno de los objetivos constantes de la política del Kremlin ha sido sostener conversaciones bipartitas con Estados Unidos; nosotros en cambio hemos procurado evitarlas siempre. Y ya en 1966 J.P.Taylor defendía también la verdad cuando concluyó: Numerosos estudios... destruyen la leyenda de manera completa. Demuestran claramente que la guerra fría fue iniciada deliberadamente por Truman y sus consejeros (9).

Pero estas voces clamaban, y claman aún hoy, más de medio siglo después, en el más silencioso de los desiertos. Lo que se impuso, y lo que continúa hoy en boga gracias a los medios de comunicación controlados por el imperialismo, es precisamente esa leyenda a la que se refiere Taylor. Incluso hoy, cuando la Unión Soviética ha desaparecido, las acusaciones de expansionismo, agresividad e intenciones belicosas no hacen sino tratar de encubrir el propio expansionismo, agresividad y belicosidad del imperialismo.

Pero no es con propaganda difamatoria como se puede variar el rumbo de los acontecimientos: estos casi 50 años transcurridos han mostrado una y otra vez a los pueblos de toda la tierra el camino para conquistar la felicidad y la paz del mundo, y han dejado bien sentado repetidas veces que todo esto no se halla precisamente en lo que los imperialistas llaman el mundo libre, sino precisamente luchando contra él, contra el sistema que representa de explotación económica, represión política y opresión de las justas aspiraciones de todos los pueblos a la paz, la libertad, la justicia y la felicidad, que sólo son posibles bajo un régimen socialista que nos conduzca a la sociedad sin clases.

Esa belicosidad imperialista es la que le animó a financiar la reconstrucción de Alemania occidental, en colaboración con buena parte de quienes había actuado a las órdenes de Hitler, mientras negaban cualquier clase de ayuda a la Unión Soviética.

Aún sin ninguna clase de apoyo exterior, la superioridad del socialismo se demostró en 1949 cuando la Unión Soviética probó la primera bomba atómica. Pocos años después lanzaba el primer satélite no tripulado al espacio.

La posguerra no fue esa era de paz que todos los pueblos del mundo esperaban después de tan espantosa matanza. Por todas partes los Estados imperialistas provocaron tensiones, e incluso guerras como la de Corea en 1950.

Una de las última batallas ideológica que Stalin enfrentó al final de su vida fue contra el revisionismo yugoeslavo.

La denuncia de los manejos de Tito en los Balcanes no es fácil de exponer en el contexto en el que se desenvolvieron, pues hay varias cuestiones conexas de distinta naturaleza, entre las cuales tres de las más importantes que provocaron la ruptura fueron las siguientes:

— la disolución del partido comunista dentro del Frente Popular, perdiendo su condición de vanguardia
— la Federación Balcánica
— la colectivización de la tierra en Yugoeslavia.

Además, la cuestión yugoeslava coincide en el tiempo con la revolución en Grecia y ambos acontecimientos no se pueden separar.

Como en Grecia, en Polonia y, en general, en todos los países europeos, en Yugoslavia existían también dos movimientos de resistencia antifascista. Uno dependía del gobierno reaccionario en el exilio (chetniks) y otro, más fuerte, estaba dirigido por los comunistas. A diferencia de todos los demás países en que se produjo esa dualidad, en el caso de Yugoslavia, Churchill decidió apoyar, no al gobierno reaccionario en el exilio, sino a los comunistas. El 10 de diciembre de 1943 se lo comunicó oficialmente al rey Pedro II e incluso argumentó las razones para esa opción: el presidente del gobierno exiliado Mijailovitch colaboraba en realidad con los ocupantes hitlerianos. En junio de aquel año Churchill ya había enviado a Tito una misión militar encabezada por el general Fitzroy MacLean y su propio hijo Randolph. Para evitar su bancarrota, el rey destituyó a Mijailovitch y los imperialistas británicos, verdaderos dueños de toda la región de los Balcanes, alentaron una entrevista entre Tito y Chubachitch, un delegado del nuevo gobierno exiliado, que se celebró el 16 de junio de 1944. Se acordó la unificación de la guerrilla, la formación de un gobierno único y Tito introdujo a dos antifascistas en el gobierno exiliado. Dos meses después, se produjo otra entrevista entre Churchill y Tito en Nápoles y ambos llegaron a una serie de acuerdos, entre los que cabe destacar:

— Tito se opondría al retorno del monarca
— abandonaría sus pretensiones sobre Triestre e Istria a Italia, Carintia a Austria y una parte de Macedonia a Grecia
— pretendía integrar a los países de los Balcanes en una única Federación
— se comprometía a no construir el socialismo en Yugoslavia.

De aquellos acuerdos, tan extraños para la época y tan diferentes -aparentemente- de la política británica hacia otros países, se desprendían, sin embargo, dos conclusiones claras: que Tito no era comunista y que, por el contrario, era una nacionalista que pretendía someter a todos los países de la región a través de la Federación Balcánica. La familiaridad de Churchill con un comunista como Tito era harto exótica. En sus Memorias el británico dice que aunque Tito se comprometió con él a no adoptar medidas socialistas en privado, se negó a hacer público ese compromiso. Según Dedidjer, el biógrafo de Tito, lo que éste dijo fue lo siguiente: La experiencia rusa será útil para nosotros, pero no nos impedirá tener en cuenta las condiciones particulares de nuestro país. La cosa no cambia en nada. En aquel tiempo ruso era sinónimo de comunista y, a la inversa, bastaba cualquier declaración de independencia hacia Moscú para indicar el alejamiento del comunismo. El eurocomunismo fue luego un buen ejemplo de ésto.

La paradoja era máxima en el caso de Yugoslavia porque, como en los demás países y a pesar de la demagogia imperialista, Stalin no tenía ningún interés específico en que Yugoslavia fuera una país socialista e incluso le recomendó a Tito que admitiera el regreso del rey. Su interés era preservar entre los Estados vecinos unos vínculos que garantizaran su seguridad, con los que pudiera mantener buenas relaciones y que no se prestaran a ningún tipo de provocaciones. Por el contrario, era Tito quien manifestaba pretender hacer de Yugoslavia un país socialista, si bien con un socialismo diferente. Por tanto, la denuncia de Stalin no radicaba en esa supuesta independencia de criterio por parte de Tito sino en su doble juego, en su enmascaramiento y en la confusión que sembraban sus teorías.

El nacionalismo de Tito no consistía sólo en esa independencia respecto a Moscú, sino que era de tipo expansionista y eso podía provocar graves disturbios en una región ya de por sí muy conflictiva históricamente. La federación balcánica era una vieja consigna del movimiento comunista internacional. Ya había sido aprobada en 1925 por el V Congreso de la Internacional Comunista cuando los revisionistas yugoeslavos se convirtieron en sus máximos defensores. Durante la guerra mundial, Tito llegó a entablar negociaciones con Bulgaria a este respecto. En diciembre de 1944 se entrevistó con Petar Todorov, enviado especial del gobierno búlgaro. Los comunistas búlgaros propusieron la formación de un Consejo Unificado de Gobierno, con Tito como primer ministro de la federación búlgaro-yugoeslava. Pero dos horas antes de la salida de la delegación búlgara para Belgrado, los soviéticos pidieron que permaneciera en Sofia. Primero de una forma velada y más tarde abiertamente, la Unión Soviética comenzó a oponerse al proyecto federal. En un momento en el que las fronteras en Europa aún no se habían delimitado, no era ni el momento ni la forma de llevarla a cabo.

Cuando terminó la guerra, el 27 de julio de 1947, Dimitrov y el ministro búlgaro de Asuntos Exteriores, Gueorguiev, se entrevistaron con Tito en Belgrado. El 2 de agosto se firmó en Bled un tratado que incluía a Albania, y, en contra de la práctica habitual, su texto fue inmediatamente difundido con gran despliegue publicitario. El artículo 2 del tratado regulaba la cooperación económica de ambos países, estableciendo incluso un tipo de cambio, así como la preparación de una unión aduanera, y la coordinación de medidas económicas, que alcanzaban a la energía eléctrica, las minas, la agricultura, los transportes y el comercio exterior. El artículo 3 abolía los visados y en virtud del artículo 7, Yugoslavia renunciaba a los 215 millones de dólares que aún quedaban por hacer efectivos de sus reparaciones.

También se concluyó un acuerdo secreto entre ambos países que sentaba las bases de un Estado búlgaro-yugoslavo, con el nombre de Unión de Repúblicas Populares Sur-eslavas. Esta parte secreta del acuerdo entre Yugoeslavia y Bulgaria dejó de serlo cuando Tito lo hizo público tras anunciarse su ruptura con la Kominform.

Pero Dimitrov fue aún más lejos. El 17 de enero de 1948 dijo: Con la condición y en el momento en que este problema esté maduro para su discusión, los países democráticos -Bulgaria, Yugoslavia, Albania, Rumania, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, y tal vez, Grecia- decidirán cómo y cuándo tal federación tendrá lugar. Lo que ahora está haciendo el pueblo es preparar tal federación para el futuro. Como medida inmediata propuso la unión aduanera: Estamos convencidos de que sólo una unión aduanera puede realmente contribuir al desarrollo de nuestros pueblos, y por eso, concienzuda y animosamente, nos proponemos seguir adelante, en la elaboración de esta unión aduanera, abierta a todos los países que quieran integrarla. Con ello se perseguía una unión aduanera, no sólo de Bulgaria y Yugoslavia, sino una federación de todos los países balcánicos y danubianos. Tito pretendía territorios de todos sus vecinos y en su Federación Balcánica tenía intención de integrar, entre otros países, a Albania, que reaccionó valientemente contra estas pretensiones hegemonistas. Las sutiles pretensiones de Tito eran incorporar a aquel país no en pie de igualdad con Yugoslavia sino en las mismas condiciones que Serbia, Croacia, Montenegro o Eslovenia.

El asunto fue demasiado rápido y demasiado lejos. El 28 de enero de 1948 Pravda lanzó un ataque abierto contra Dimitrov, en el que se alegaba que estos países no necesitaban una federación problemática y artificial, ni una confederación o unión aduanera. Inmediatamente después de la crítica de Pravda, los dirigentes del Partido Comunista búlgaro, incluyendo al propio Dimitrov, rectificaron y dieron marcha atrás (discurso al II Congreso del Frente Patriótico, 2 de febrero de 1948).

La retirada de los comunistas búlgaros de la federación balcánica fue otra causa de descontento hacia la Unión Soviética para los revisionistas yugoslavos. Uno de éstos, Moshe Pijade, les responsabilizó del naufragio, tanto del proyecto de la federación eslava del sur como de todos los tratados de alianza concertados entre Yugoslavia y Bulgaria. Comenzaron a acusar a la Unión Soviética de imperialismo hacia los pequeños estados de los Balcanes, que es lo que ellos estaban tratando de imponer en Albania.

Todo esto introdujo una enorme confusión en el movimiento comunista internacional y dio lugar a un cúmulo de paradojas. La confusión sólo fue posible porque Tito y los suyos se hicieron pasar por comunistas y actuar como si tuvieran algo que ver con el comunismo. Por lo tanto, Stalin tenía, una vez más, absoluta razón cuando los desenmascaró como revisionistas y agentes del imperialismo. No hay punto intermedio entre el capitalismo y el socialismo, no hay ningún modelo distinto de socialismo, no hay vías ni atajos para construir una sociedad socialista, el socialismo no cambia en absoluto de un país a otro.

El revisionismo de Tito, como era corriente en la posguerra, adoptaba la forma de nacionalismo. La posición geoestratégica de Yugoslavia le concedía una baza muy importante, la supuesta pretensión de equidistar del capitalismo y el socialismo, la de encontrar una tercera vía, la de inventar un nuevo modelo de socialismo. Buscaba disponer de un amplio margen de maniobra en el terreno diplomático. Por eso Yugoslavia encontró pronto su lugar a la cabeza del movimiento de países no alineados. Pero no se puede ser comunista y nacionalista al mismo tiempo; los comunistas somos internacionalistas, que es todo lo opuesto al nacionalismo, una ideología esencialmente burguesa. El 28 de junio de 1948 el Kominform denunció públicamente al Partido Comunista de Yugoslavia como una organización revisionista y nacionalista. Las declaraciones contra el revisionismo yugoslavo se repetirían luego en otros foros comunistas, como en la declaración de Moscú de 81 partidos comunistas, celebrada en 1960.

Desenmascarado Tito y su Liga Comunista de Yugoslavia, las potencias imperialistas se volcaron en apoyar y financiar la reconstrucción del modelo de socialismo en Yugoslavia con millones de divisas, firmando inmediatamente tratados de colaboración económica con todas las grandes potencias. Posteriormente la rehabilitación de los revisionistas yugoslavos por su colega Jruschov, permitió que también pudieran a obtener financiación de la Unión Soviética y convirtió a Yugoslavia en un país privilegiado. El desarrollo capitalista en aquel país, como denunciara Stalin, se fundamentó en los mismos patrones que todos los demás países capitalistas: inversiones extranjeras, emigración, desempleo y turismo.

Para terminar de complacer a sus jefes imperialistas, Tito llevó a cabo su último acto de traición, cerrando la frontera con Grecia y permitiendo que la guerrilla griega fuera aplastada. Luego suscribió un pacto balcánico tanto con la Grecia reaccionaria como con Turquía, países ambos que formaban parte del dispositivo de la OTAN.

A la muerte de Stalin, otro revisionista, Jruschov, rehabilitó a Tito y a la Liga Comunista de Yugoslavia como organización integrante del movimiento comunista internacional, poniéndose de su lado sin que Tito hubiera variado lo más mínimo sus postulados. A través de Jruschov, las posiciones revisionistas de Tito se abrieron camino y, con ellas, el nacionalismo y la demagogia acerca de las vías nacionales diversas para construir el socialismo.

Una de las consecuencia de esa rehabilitación, fue la reacción contraria del Partido del Trabajo de Albania a las nuevas tesis revisionistas que se imponían en Moscú y, en cosecuencia, la definitiva división del movimiento comunista internacional.

Notas:

(1) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pgs.406 y 467.
(2) D. Horowitz: Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pgs.59 y 93.
(3) D. Horowitz: Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pg.38.
(4) W.W.Rostow: Estados Unidos en la palestra mundial, Tecnos, Madrid, 1962, pg.141.
(5) D. Horowitz: Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pg.43.
(6) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pg.406.
(7) H. Ramírez Necochea: Estados Unidos y América Latina, Ed. Palestra, Buenos Aires, 1966, pg.50.
(8) André Fontaine: Historia de la guerra fría, Luis de Caralt, Barcelona, 1970, tomo I, pgs.264 y 267.
(9) D. Horowitz: Estados Unidos frente a la revolución mundial, Ed. de Cultura Popular, Barcelona, 1968, pg.23.

  McCarran era senador por el Estado de Nevada. En 1950 propició la concesión de un empréstito en favor del régimen franquista y tres años después fue uno de los que negoció la reanudación de relaciones diplomáticas con nuestro país. La población indígena de Estados Unidos ya había sido recluida en campos de concentración (camufladas como reservas indias) y también se utilizaron durante la II Guerra Mundial para encerrar a los ciudadanos de origen japonés. En el de Tule Lake, California, internaron a unos 20.000 de aquellos detenidos. Pero a partir de entonces, con la ley McCarran, se reconstruyeron antiguos campos ya utilizados y se abrieron otros nuevos, destacando Wickenburg y Florence (Arizona), Reno (Oklahoma), Allenwood (Pennsylvania), Avon Park (Florida) y Tule Lake (California). Allenwood, en Pennsylvania, parece destinado fundamentalmente a los detenidos de la costa occidental, Nueva York, Filadelfia y Baltimore. Su capacidad aproximada es de unos 7.000 reclusos, aunque no cabe duda de que, en caso de declararse un estado de emergencia, podrían internar a muchos más. Los situados en Arizona (Wickenburg y Florence) son quizás los más impresionantes, ya que se encuentran en medio de un desierto que impide la fuga, pues carecen de agua, las temperaturas llegan a los 50 grados durante el día y corren fortísimos vientos en invierno. Actualmente se utilizan para los mexicanos que cruzan ilegalmente la frontera. El de Tule Lake en California parece estar destinado a los subversivos de la costa oriental. Aparte de estos campos, se sabe que el gobierno dispone de otros: Mill Point (Virginia occidental), Greenville (Carolina del sur), Montgomery (Alabama), Tucson (Arizona), Sefford (Arizona), McNeil Island (Washington), Elmendorf (Alaska), y se sabe de la existencia de varios en regiones desérticas o prácticamente inaccesibles, camuflados como aeródromos, bases militares, para ocultar su auténtica finalidad. El reciente caso de Guantánamo ha destapado un episodio que los imperialistas estadounidenses siempre quisieron ocultar.

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