El último Congreso

La guerra mundial había sido una batalla exterior que, aunque muy dura, concernía exclusivamente a un enemigo ajeno a la misma Unión Soviética. Quedaban aún muchas gueras internas, éstas aún peores que la anterior, aunque aparentemente menos sangrientas. En el interior también había enemigos a los que combatir, por más que se vistieran con ropajes marxistas y simularan una coincidencia casi plena con los objetivos socialistas. Por lo invisible, este enemigo era el peor de todos, así que la lucha ideológica continuaba.

Desarrollando esa lucha ideológica, Stalin, en esta etapa última de su vida, realizó tres aportaciones teóricas trascendentales al marxismo-leninismo, demostrando que además de un dirigente capaz, dominaba los aspectos fundamentales del materialismo dialéctico. Esas tres cuestiones eran la lingüística, la economía política y la revolución cultural.

Por lo demás esas batallas ideológicas demuestran, una vez más, que no existió nunca ese país y ese Partido bolchevique de pensamiento monolítico, sometido a la férula de una sola persona. Más bien al contrario, se advierte que no eran precisamente los criterios de Stalin los que prevalecían y que las discusiones eran realmente largas y dilatadas, alcanzando tanto al Partido, como a los cooperativistas, a las juventudes, a los estudiantes, al ejército, a las organizaciones de masas y a las facultades de ciencias. En su exposición sobre la lingüística, Stalin apunta algo obvio, generalmente reconocido en la investigación científica, pero que conviene recordar aquí para refutar su leyenda negra: No existe ciencia que pueda desarrollarse y expandirse sin una lucha de opiniones, sin la libertad de crítica.

Pero no era esa la situación que se estaba dando en la Unión Soviética en el campo de la lingüística, y no porque Stalin lo hubiera propiciado, sino todo lo contrario. Se habían difundido tesis que impedían el desarrollo de la lingüística: El debate ha demostrado, ante todo, que en las instituciones de la lingüística, tanto en el centro como en las Repúblicas, reinaba un régimen incompatible con la ciencia y la cualidad de los hombres de ciencia. La menor crítica de la situación en la lingüística soviética, incluso las tentativas más tímidas de criticar, la ‘nueva doctrina’ en lingüística, eran perseguidas y ahogadas por los medios dirigentes de la lingüística. Por una actitud respecto a la herencia de N.Marr, por la menor desaparobación de la doctrina de N.Marr, valiosos trabajadores e investigadores de la lingüística eran relavados de sus puestos o destituidos. Los lingüistas eran convocados a cargos dirigentes no por sus méritos sino por porque aceptaban incondicionalmente la doctrina de N.Marr.

Impulsor de la teoría jafética del lenguaje, Marr ya era un lingüista reconocido antes de la Revolución de 1917. En torno a su teoría, creó una escuela que fue ganando influencia en muchos ámbitos académicos dentro de la Unión Soviética cuando asimiló sus ideas a las del materialismo dialéctico. Pero su aproximación al marxismo era tan falsa como su propia teoría, que no era muy diferente tampoco de las del relativismo lingüístico que apareció en los países capitalistas a mediados de los años 20 a raíz de los escritos de Sapir y Worf. Si éstos postulaban que cada lengua nacional era radicalmente diferente de otra e intraducible en última instancia, lo que engendraba una conciencia propia, algo parecido defendía Marr pero referido a las clases sociales.

El debate sobre lingüística se desarrolló a raíz de un artículo publicado por Stalin en Pravda el 20 de junio de 1950, seguido de una serie de preguntas que con dicho motivo le plantearon los estudiantes. En este dominio se habían impuesto las tesis de N.Marr, que las lanzó envueltas en una fraseología marxista, especialmente:

— la lengua, como las ideas en general, forma parte de la superestructura y cambia cuando cambia su fundamento económico
— por tanto, es un producto de la lucha de clases.

Stalin criticó ambas tesis: una lengua no está sujeta a la lucha de clases sino que tiene un carácter nacional, es común para las clases sociales de una misma nación y no cambia sustancialmente aunque cambie el sistema económico de esa nación. La lengua está influida por las clases sociales sólo en determinados aspectos muy limitados, como el vocabulario; pero nada más. La fraseología marxista no debía haber confundido a los investigadores sobre el verdadero contenido que se escondía en las erróneas tesis de Marr: Marr quería ser marxista y se esforzó en ello, pero no lo logró. No hizo más que simplificar y banalizar el marxismo, en la línea de los miembros de Proletkult o de la RAPP, aludiendo al debate de los años veinte sobre la cultura.

Según Stalin, la lengua registra y fija en las palabras y las combinaciones de palabras que forman proposiciones, los resultados del trabajo del pensamiento, los progresos del trabajo del hombre para extender sus conocimientos y promueve de esa manera el intercambio de ideas en la sociedad humana. Por el contrario, Marr separó la lengua del pensamiento y afirmó que los hombres podían comunicarse sin el empleo de la lengua, con la ayuda únicamente del pensamiento, liberado de su materia natural que es el lenguaje. Por tanto, sus tesis son idealistas.

A su vez, Marr acusaba de formalismo a las tesis que Stalin defendía, pero éste manifestó que el formalismo fue inventado por los autores de la ‘nueva doctrina’ para facilitar su lucha contra sus adversarios en lingüística. En defensa de su criterio Marr aducía la existencia de un lenguaje no fonético, no hablado, por ejemplo, el lenguaje expresivo de los sordomudos. Pero Stalin sostuvo que no había más lenguaje que el lenguaje hablado porque es el único que permitía la comunicación humana. Sólo el lenguaje fonético había permitió desarrollar el pensamiento humano, ya que el lenguaje gestual era extremadamente pobre. Por atrasada que fuera una sociedad humana, el lenguaje fonético es imprescindible.

Mucho más trascendente fue la segunda polémica, relativa a la Economía Política socialista, que venía de atrás y merece una atención más pormenorizada, dada la trascendencia que luego tuvo. Se trata de su última obra, Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética, publicada en 1952, en el que Stalin debatió con varios economistas acerca de la construcción del socialismo en la Unión Soviética.

La gestación de los Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética se prolongó durante más de veinte años de amplias y profundas discusiones dentro del Partido bolchevique, que resultan de un extraordinario interés para comprender la restauración del capitalismo en la Unión Soviética.

En el seno del Partido bolchevique no existía un estudio acabado de la teoría económica socialista. La formación de los militantes y el trabajo práctico se fundamentaban en las discusiones previas, dispersas y muy ceñidas a los aspectos más práctico de la construcción del socialismo. Faltaba un análisis de conjunto, algo más acabado.

Ya en abril de 1931 el Comité Central encargó a I.Lapidus y K.V.Otrovitianov la elaboración de un Manual sobre la Economía Política del socialismo, especie de apéndice o continuación del texto general sobre economía que ya tenían publicado. En 1936 el Comité Central constituye una comisión para llevar a cabo ese trabajo, pero al año siguiente se aprueban otras dos resoluciones que tratan del mismo problema, indicativo de que no se había llevado a cabo a consecuencia de las fuertes divergencias existentes al respecto.

Entre tanto, en los cursos y escuelas se utilizaba un Manual de A.A. Bogdanov escrito en 1897 que Lenin había alabado. No es ocioso, sin embargo, recordar quién era Bogdanov, cómo había sido expulsado del Partido bolchevique en 1905, sus tesis positivistas y antidialécticas, así como su influencia en muchos militantes, como Bujarin y Yarochenko, de quien volveremos a hablar luego.

En 1938 A.Leontiev y A.Stetski publican un primer compendio de Economía Política del socialismo que fue aprobado por la Comisión del Comité Central para servir de base en los estudios de economía de las escuelas del Partido y de las Juventudes. Los cuatro primeros capítulos no eran más que un resumen del Manual de Bogdanov. Luego, el Manual de Leontiev se fue ampliando en ediciones sucesivas. Stalin hizo algunos comentarios y anotaciones a las ediciones de 1940 y sostuvo una polémica al año siguiente en torno a dos tesis erróneas del Manual de Leontiev:

— bajo el socialismo no hay lugar para una ciencia como la Economía Política
— la ley del valor no desempeña ninguna función en una economía socialista

La primera era una tesis que ya habían avanzado Hilferding y Rosa Luxemburgo, es decir, la socialdemocracia alemana, y se trata de formulaciones revisionistas que en la Unión Soviética introdujo Bujarin, estrechamente influido por Bogdanov. Según Bujarin, el intercambio de dinero por mercancías no podía tener cabida en una economía socialista. Para él, como para Leontiev, la planificación anulaba la ley del valor porque es el Estado el que fija los precios. Aseguraba que la industria socialista produce productos y no mercancías, para lo que se apoyaba en una frase de Lenin de mayo de 1921.

Según Stalin, la ley económica fundamental del socialismo consistía en asegurar el máximo de satisfacción de las necesidades, progresivamente crecientes, de toda la sociedad, desarrollando sin cesar la producción socialista sobre la base de una técnica superior.

Junto a esta ley, aunque no tan decisiva, opera otra ley, la del desarrollo armonioso y proporcional de la economía.

Estas leyes económicas son objetivas, no dependen de la voluntad de nadie. Embriagados por los éxitos ininterrumpidos de los planes quinquenales, los economistas que negaban la existencia de leyes económicas bajo el socialismo, caían en el idealismo y pretendían dictar ellos mismos las leyes por medio de una planificación que, necesariamente, debía caer en el voluntarismo y en el aventurerismo económico.

Por tanto Stalin sostuvo desde un comienzo que bajo el socialismo también era necesaria la Economía Política, que ésta también era aplicable a las sociedades no capitalistas y que, además, la ley del valor continúa vigente bajo el socialismo, si bien debía ser circunscrita y reducida lo más posible, hasta acabar con ella definitivamente.

Pero, por falta de acuerdo, seguía sin aparecer un texto definitivo que expresara las experiencias acumuladas en la construcción del socialismo en la Unión Soviética. Las cuestiones debatidas versaban sobre los intercambios de dinero por mercancías y el funcionamiento de la ley del valor bajo el socialismo. Las discusiones eran muy fuertes, según se aprecia en la carta de G.Alexandrov y A.Leontiev a Stalin el 15 de marzo de 1941.

En medio de la guerra mundial A.Leontiev publicó un artículo Algunas cuestiones sobre de la enseñanza de la Economía Política, publicado como editorial en el número 78 de la revista Bajo la Bandera del Marxismo en 1943. No obstante, la guerra impidió una discusión más a fondo de la cuestión. También aparecieron hasta cuatro proyectos diferentes de Manual, algunos de ellos elaborados por Molotov y Voznesenski.

Después de la guerra se reanudó el proyecto de Manual y se prepararon dos borradores diferentes en 1946 y 1948 que fueron los que sirvieron de base a las discusiones de febrero, abril y mayo de 1950. Sobre la base de esas discusiones se preparó un nuevo borrador en 1951 que debía servir de base para las intervenciones a un gran número de economistas soviéticos sobre las distintas cuestiones debatidas. Como consecuencia de ello se elaboraron varias enmiendas: una sobre las posibles mejoras a introducir en el Manual, otra sobre la eliminación de sus errores e inexactitudes y otra con los debates mantenidos entre todos los participantes. Entre ellas hay unas Observaciones de Stalin que luego se incluyeron dentro de la obra Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética.

Esta obra, que tiene un carácter polémico, recoge las discusiones con los economistas soviéticos y fue publicada poco antes del XIX Congreso, celebrado en octubre de 1952. Stalin sostenía que la persistencia de la ley del valor en una economía socialista se debía a que no se estaba en condiciones todavía de retribuir al trabajador según sus necesidades, sino según su trabajo. Sólo en una sociedad comunista -dotada de una plétora de riquezas, será posible retribuir al trabajador según sus necesidades. En su opinión, el Estado soviético debía mantener la propiedad de las denominadas Estaciones de Máquinas y Tractores y no vendérselas a los koljoses, ya que, de las dos formas de propiedad socialista, la estatal es superior a la koljosiana.

La obra de Stalin dio lugar a nueva redacción del Manual de Economía Política pero suscitó una viva discusión en el Congreso, poniendo al descubierto lo que ya se tramaba.

En 1952 Stalin llamó a D.T. Shepilov y mantuvo con él una larga discusión sobre la cuestión del Manual y sobre los errores que existían en el de Leontiev. Le pidió que se consagrara a la terminación del Manual, ya que era imprescindible tanto para el Partido como para las Facultades de Economía Política. Para ello le aconsejó formar un equipo de trabajo junto con K.V. Ostrovitianov, L.A. Leontiev, L.M. Gatovsky, A.I. Pashkov y el filósofo P.F. Iudin, que debía acabar la redacción en el plazo de un año.

Finalmente el Manual no se publicó hasta agosto de 1954, pero para entonces Stalin ya había muerto y muchas de las exigencias sobre las que había venido insistiendo, desaparecieron. A este respecto, las ideas de Stalin, si bien manifiestan coherencia a lo largo de un debate tan prolongado, se desarrollaron y ampliaron desde 1941 hasta 1952. Aunque siempre sostuvo la operatividad de la ley del valor bajo el socialismo, no acabó de explicar las causas de este fenómeno más que al final. Para ello partió de la existencia de dos formas de propiedad en la Unión Soviética: la propiedad estatal y la propiedad cooperativa. En las cooperativas, aunque la tierra y la maquinaria fuesen de propiedad estatal, la producción era privada en definitiva y, por tanto, daba lugar al funcionamineto de la ley del valor con el intercambio de mercancías entre la industria socialista y la granjas colectivas.

Pero la ley del valor era temporal y debía circunscribirse estrechamente dentro del socialismo, todo lo contrario de lo que repetían los partidarios del mercado socialista. Lo que restringía la operatividad de la ley del valor era la planificación.

Por el contrario, en el Manual se observa ya una cierta aquiescencia hacia el mercado socialista, es decir, hacia la difusión de la ley del valor bajo el socialismo. Las alteraciones groseras comenzaron en 1957 y a partir de la tercera edición al año siguiente, donde las tesis sobre el mercado socialista se generalizan.

Por eso otra novedad introducida en 1955 fue la planificación coordinada en lugar de la planificación centralizada que había existió con anterioridad. Dos años después se introdujo un sistema organizado de ventas centralizadas de productos industriales.

Por eso la tercera edición del Manual apunta que los medios de producción que se transfieren de una empresa a otra por compraventa, le dan una apariencia de mercancías. Finalmente el sistema de ventas de maquinaria agrícola a las cooperativas se eliminó y se creó otra agencia especial de ventas en 1957 para la venta a las Estaciones de Máquinas y Tractores que, finalmente, fueron disueltas al año siguiente, autorizando la venta de maquinaria agrícola a las granjas colectivas. Consecuencia de ello es que los medios de producción comenzaron a circular como mercancías tanto en la industria como en la agricultura.

El punto de llegada de todas esas reformas capitalistas fue el XX Congreso, en el que, además de Jruschov, Mikoyan lanzó un ataque a los Problemas económicos del socialismo en la Unión Soviética.

El XIX Congreso del Partido bolchevique, celebrado en octubre de 1952, tuvo una extraordinaria importancia. Por primera vez, dado su delicado estado de salud, Stalin no pudo presentar el informe político, que fue leido por Malenkov, mientras Jruschov presentó al informe sobre los Estatutos y Stalin intervino con un breve discurso sobre la situación internacional. A partir de entonces el Partido bolchevique se denominó Partido Comunista de la Unión Soviética.

Debió encontrarse muy mal de salud. Después de 50 años dejó de fumar su pipa, de lo cual se enorgullecía mucho. Tras el Congreso, por dos veces declaró al Comité Central que deseaba retirarse. Cuatro meses después del Congreso, el 5 de marzo de 1953 murió este gran dirigente comunista y de todos los pueblos oprimidos del mundo. Una multitud inmensa, calculada en tres millones de personas, desfiló ante su féretro.

Stalin llevó siempre una vida ordenada, metódica y austera, tanto en la clandestinidad como a la cabeza del Partido bolchevique. Jamás aceptó ningún regalo. Los innumerables y lujosos obsequios los entregó a un museo, donde podían ser contemplados por toda la población. Vivía con su mujer y sus dos hijos en una casita en las afueras de Moscú. Pudiendo vivir de una manera suntuosa, en el Kremlin apenas ocupaba tres modestas habitaciones de la primera planta, precisamente las que antes de la Revolución habitaba la servidumbre del zar. Las fotos que de él se tomaron muestran también una extraordinaria modestia, siempre cubierto con el mismo capote gris de los soldados del Ejército Rojo.

Los revisionistas le acusaron falsamente en el XX Congreso del PCUS, celebrado en 1956, de imponer el culto a la personalidad y de vanagloriarse a sí mismo. En todos sus escritos siempre rechazó tajantemente cualquier tipo de alabanza personal. En una carta de 1930 respondiendo a Schatunovski, le dice: Usted habla de ‘devoción’ hacía mí. Quizá esas palabras se le hayan escapado por casualidad. Puede ser... Si esas palabras no se le han escapado por casualidad, entonces le aconsejaría arrojar por la borda el ‘principio’ de la devoción respecto a las personas. Ese no es el estilo bolchevique. En 1938 dirigió otra carta a las Ediciones para niños del Komsomol oponiéndose al culto a la personalidad que pretendían hacer en un libro sobre su infancia:

Soy contrario a la publicación de las ‘Historias de la infancia de Stalin’. El libro está plagado de una masa de contra-verdades fácticas, de alteraciones, de elegios inmerecidos. Los aficionados a los cuentos, los narradores de bobadas (quizá narradores de bobadas de buena fe), los aduladores, han inducido al autor a error. Es una lástima para el autor, pero así son los hechos.

Pero eso no es lo esencial. Lo esencial es que el libro tiene tendencia a sembrar en la conciencia de los jóvenes soviéticos y de la gente en general, el culto a la personalidad, del jefe, del héroe infalible. Es peligroso y nocivo. La teoría del héroe y de la muchedumbre no es una teoría bolchevique sino eserista. Los héroes hacen al pueblo, transforman la muchedumbre en pueblo, dicen los eseristas. El pueblo hace a los héroes, responden los bolcheviques a los eseristas. El libro lleva agua al molino de los eseristas. Todo libro de este tipo llevará agua al molino de los eseristas, perjudicará nuestra causa bolchevique común.

Aconsejo quemar ese libro

Muchos años después, en 1946, volvía a rechazar esa adulación desmedida en una carta el 23 de febrero de respuesta al coronel Razin, que alababa con exaltación sus éxitos en la II Guerra Mundial: Los ditirambos en honor de Stalin hieren los oídos: al leerlos, uno se siente muy a disgusto, le dice el propio Stalin con extraordinaria modestia.

Al respecto hay otro detalle interesante que el mariscal Zhukov narra en sus Memorias, y que desmienten a Jruschov, quien en su informe secreto reprocha a Stalin apuntarse todos los triunfos de la guerra. Según el mariscal, Stalin le llamó a su despacho a mediados de junio de 1945 y le preguntó si se le había olvidado montar a caballo. «Lo vas a necesitar para pasar revista a las tropas en el desfile de la Victoria», añadió Stalin. Zhukov le responde: «Agradezco el honor, pero ¿no sería preferible que Usted mismo pasara revista a las tropas? Usted es el Comandante en Jefe y en virtud de ese cargo, le incumbe pasar revista a las tropas». Stalin -cuenta Zhukov- le dijo que él estaba demasiado viejo para eso y que él era más joven.

La salud de Stalin había quedado seriamente afectada por la guerra. Zhukov le encontró pálido, físicamente agotado en las últimas semanas de la guerra: Todo su aspecto exterior, sus movimientos y su conversación denotaban una inmensa fatiga física. Durante los cuatro años de guerra J.Stalin había trabajado excesivamente. Había trabajado soportando una fuerte tensión, apenas dormía y había padecido los reveses militares hasta el punto de caer enfermo.

El desfile de la Victoria el 24 de junio fue uno de los actos más grandiosos y emocionantes de la historia revolucionaria mundial. Los prisioneros de guerra alemanes postraron sus estandartes fascistas ante los cientos de miles de soviéticos que tanto habían padecido a lo largo de la contienda. Se rindió un cálido homenaje a los 30 millones de soldados del Ejército Rojo caídos en combate; se recordaron algunas de sus hazañas. También desfilaron los heridos y toda una legión de soldados, de los más variados rangos militares, que habían combatido bravamente. Nada menos que siete millones de combatientes habían sido condecorados como héroes de guerra. Stalin no estaba allí, en el momento gozoso de los honores; trabajaba en silencio en un pequeño despacho del Kremlin.

Aunque los imperialistas se empeñen en otra cosa, él era así de sencillo y de humilde, exactamente igual que como había vivido a lo largo de toda su vida de revolucionario. Sin embargo, es cierto que los obreros, los campsinos y las masas soviéticas tenían verdadera admiración por él, una admiración que el tiempo no ha podido borrar y que se prolonga hasta la actualidad. Su hija, que no le hace un buen retrato, lo reconoce así en sus memorias:

En general, no soportaba el espectáculo de la muchedumbre aplaudiéndole frenéticamente y lanzando alaridos de ¡hurra!: se le contraía el rostro de irritación. En la estación de Kutaisi, sus coterráneos georgianos le organizaron tal recibimiento, que durante largo rato no hubo manera de bajar del tren ni de subir al coche y partir... La gente se precipitaba poco menos que bajo las ruedas, empujaba, gritaba, arrojaba flores, levantaba a los niños por encima de la cabezas. Aquello, allí, no era ficticio, era sincero, era un impulso que brotaba del corazón, pero a mi padre le irritaba. Él estaba ya acostumbrado a que la estación estuviera vacía a su llegada, a que la carretera permaneciera despejada cuando circulaba por ella, estaba acostumbrado a que la gente no se precipitara sobre su coche aclamándole a gritos, se olvidaba de la autenticidad de aquel sentimiento... (1)

Stalin puso al primer país socialista en lo más alto, un país que cuando él nació aún conocía la esclavitud. En 1953, al fallecer, la Unión Soviética ya fabricaba energía atómica y muy poco después, el 4 de octubre de 1957, enviaba un satélite alrededor de la tierra. Los obreros y campesinos ya no tenían que caminar descalzos, la jornada de trabajo era de siete horas, y sólo seis en las tareas más fatigosas, como en la minería.

No es de extrañar que el imperialismo no se lo perdone y haya lanzado la campaña de mentiras más grande jamás inventada por la propaganda: el movimiento comunista internacional nunca había sido tan fuerte.

Notas:

(1) Svetlana Stalin: Rusia, mi padre y yo, Planeta, Barcelona, 1967, pg.280.

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